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MESA REVUELTA URín 5 íbAhL 5 AHE. XbüTA CARI ATURA 5 %2 D JOC ANÉCDOTAS p N EL SITIO DE GERONA Durante el terrible ase dio que sufrió Gerona heroicamente en 1809, la escasez de los alimentos llegó á ser tal y su carestía tan grande, que á los quebrantos de la guerra vinieron á unirse la peste y el hambre. Damos á continuación el precio que alcanzaron algunos artículos, según testimonio librado por el comisario D. Epifanio Ignacio de Ruiz, capitán de la tercera compañía de la Cruzada gerundense. Una gallina llegó á costar 320 reales; una perdiz, 80; un gorrión, cuatro; un pichón, 40; un ratón, cinco; un gato, 30; un lechón, 200; una libra de bacalao, 32; la medida de aceite, 24; la docena de huevos, 96; la libra de arroz, 32; libra de café, 24; ía de chocolate, 64; de queso, 40; la de pan, 8; azúcar, la libra, 24; la de velas de sebo, 10; la arroba de carbón, 40; la libra de tabaco, 100! El tocino y las carnes de vaca, caballo y mulo, mientras duraron, se conservaron á un precio regular, que el Gobierno no permitió que traspasaran. Los animales, deinacrados, y no menos hambrientos que las personas, se arrojaban, á comerse unos á otros, ¿a epidemia tuvo un aumento espantoso; sólo de la clase desoldados hubo durante el mes de- Noviembre 1.378 fallecidos. Eos niños de pecho morían de inanición en el regazo de sus madres. Cuando la angustiosa situación de la ciudad llegó á este extremo, algunos comenzaron á flaquear, y oyendo el impertérrito gobernador Alvarez que uno hablaba de capitulación, se volvió á él y le dijo con imponente acento: ¡Cómo! ¿Solamente usted es aquí cobarde? ¿Pero qué vamos á hacer cuando se acaben los víveres? -Cuando y a no haya víveres- -le respondió- -nos comeremos á usted y á los de su ralea, y después resolveré lo que más convenga. El Rey intruso, tan odiado pueblo español, que en el J O S E B O N A P A R T E concepto popular era tenido por ¿uerío, y por tan aficionado á la bebida, que se le conocía con el nombre ridículo de Pepe Botellas, era un príncipe instruido, de afabilísimo trato, versado en negocios, no escaso de talento, que hubiera sido sumamente simpático de tío venir impuesto de la manera indigna y alevosa que lo trajo el emperador Napoleón. Como prueba de lo claramente que se hizo cargo de la situación, están las cartas que dirigía á su hermano, en las que demuestra que veía claro el error cometido por el Emperador. De una de ellas, de 24 de Julio de 1808, tomamos literalmente unos interesantes párrafos, en comprobación auténtica de lo que queda dicho: El estado de Madrid continúa siendo el mismo; prosigue la emigración en todas las clases... Enrique IV tenía un partido; Felipe V no tenía sino un competidor que combatir, y yo tengo por enemiga una Nación de 12 millones de habitantes bravos y exasperados hasta el extremo. Se habla públicamente de mi asesinato, pero no es éste mi temor. Todo lo que se hizo aguí el 2 de Mayo es odioso; no se ha tenido ninguna de las consideraciones que se detener para con este pueblo- Ea pasión era el odio hacia el príncipe de la Paz; aquellosá quienes esta pasión acusa de ser sus protectores, le han heredado y. me han transmitido este odio. La conduela de las tropas es propia para mantenerle- -Debo repetir lo que tantas veces he dicho ya y escrito á V. M. pero no tenéis confianza en mi manera de ver... Si Francia puso sobré las: armas un millón de hombres en los primeros años de su revolución, ¿por qué España, aún más unánime en su furor y en su odio no podrá poner 500.000, que serán aguerridos y ttiuy aguerridos en tres meses? Necesito, pues, antes de tres meses 50.000 hombres y 50 millones. Eos hombres honrados no me son más afectos que los picaros. No, señor; estáis en un error: vuEstRA GLORIA S E HUNDIRÁ BN ESPAÑA. Estas cosas, dichas confidencialmente y en correspondencia privada de hermano á hermano, dice un notable historiador, revelan el carácter, los sentimientos y la claridad de juicio dé José Bonaparte. C U E N T O S BATURROS D En dUNA oCsAaRDTáA TDE i P R i r w K UN VIVA INOCENTE Dominado un pueblecillo de Aragón por las tropas francesas, complacíanse los soldados en obligar á los paisanos á vitorear al Emperador. Resistíanse generalmente á obedecer hasta que no tenían otro remedio; pero el tío Miterío siempre se prestaba gustoso, y gritaba; ¡En cal viva Napoleón!