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El general Leopoldo Sigisberto Hugo, que formaba parte del Ejército invasor en España, á principios de 1811, establecida ya en Madrid la corte de José I, hizo venir á su esposa y á sus tres hijos: Abel, que á la sazón contaba trece años; Eugenio, que tenía once, y Víctor, que acababa de cumplir nueve, para que éstos entraran en Palacio como pajes del Rey. La generala Hugo se instaló con sus hijos en la casa núm. 8 de la calle de la Reina, que había sido vivienda del general príncipe de Masserano, desde uno de cuyos balcones, según las expresadas notas, se pasaban las noches mirando un cometa que por entonces apareció y en el que decían los frailes que se veía la Virgen llevando á Fernando VII Poco después los tres niños ingresaron en el Seminario de 1 ohl s, pepiniere des pages, y allí ocurrió el suceso, que en las notas está consignado en los siguientes términos: Casi todos los niños eran de familias aristocráticas; pocos no lo eran. Entre éstos había un cadete del Ejército de Fernando VII, llamado Lino. J J trS Ya se había batido como un demonio en Badajoz; había matado á un granadero. Enviado al colegio, estaba rabioso: tenía una habitación aparte. Casi un hombre, de espíritu melancólico y altivo, se doblegaba á duras penas á la disciplina del colegio. En su cualidad de español, soldado de Fernando VII, execraba á los franceses y nos miraba á los tres como tres lobeznos. Hostilidad sorda y constante. Un día llamó á Napoleón Napo- ladrón. Eugenio le dijo que era demasiado atrevimiento hablar así del Emperador, y menos él, á quien habían cogido en Badajoz entre las piernas de los granaderos. Furioso, tomó un compás y lo lanzó al rostro de Eugenio, haciéndole una herida en la mejilla de lo alto á lo bajo de la oreja. Eugenio quería batirse en duelo con él; lo separaron por completo y no se le vio más. T E K Í A EAZÓN, DEEENDÍA Á SU PAÍS; los niños no sabían esto. III Ea noble frase de Víctor Hugo, refiriéndose á una agresión por la que vio á su hermano herido y ensangrentado, es la mejor respr. esta á ciertas suspicacias y á ciertos recelos. Eos que hoy procuran ensalzar á sus heroicos antepasados, á nadie pueden ofender ni molestar. T I E N E N RAZÓN, HONRAN Á SU PAÍS; los espíritus excesivamente meticulosos ó exageradamente circuns- pectos son como aquellos niños: no saben esto. FELIPE PÉREZ Y GONZÁLEZ DIBUKS DE MEDINA VERA