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CON MOTIVO DEL CENTENARIO UN RECUERDO DE VÍCTOR HUGO h solo anuncio de la próxima celebración del primer centenario de la guerra de la Independencia española bastó para engendrar en ciertos espíritus, excesivamente meticulosos ó exageradamente circunspectos, escrúpulos singulares que en muclios de ellos no se lian desvanecido todavía. I, a celebración del centenario se les figura, en los recelos de inquietas y pesimistas imaginaciones, si no un peligro inminente de tremendas complicaciones internacionales; un riesgo casi seguro de lamentable enfriamiento en las cordiales relaciones que hoy mantiene nuestra nación con la República vecina. Al cabo de los cien años, España y Francia, que en 1808 se odiaron y lucharon ciega, tenaos y encarnizadamente, al romperse una aparente y deleznable alianza por la ambición y la perfidia napoleónicas, son ahora, en 1908, dos naciones que se estiman y se consideran como leales amigas y sinceras aliadas. I,o s odios feroces de aquellos días de lucha se fueron aplacando, y acabaron por extinguirse con el tiempo por la demostración de mutuos afectos y aun por la solicitación de comunes intereses, y sería hoy pensamiento absurdo, proceder impolítico y empeño temerario dar ocasión á que, por lo menos, se encendieran nuevamente apagados rencores con recuerdos y demostraciones en que han de revivir la pasión y el encono de la lucha con la memoria de afrentas y de agravios afortunadamente ya olvidados. Los españoles excesivamente meticulosos ó exageradamente circunspectos que así discurren, pretendiendo justificar sus escrúpulos singulares y procurando entibiar patrióticos entusiasmos, bien merecen que se intente aliviar su abrumado espíritu, descargándolo del peso de esas inquietudes y temores. Para ello nada más eficaz y oportuno que el recuerdo de las alabanzas que los mismos franceses han tributado al heroísmo y a l a dignidad del pueblo que en aquella guerra fueron asombro y admiración de sus. propios enemigos. En varios partes y documentos oficiales franceses de aquella época, en algunas correspondencias y relaciones particulares de los mismos invasores, en libros y trabajos históricos de esclarecidos escritores de F r a n cia hállanse nobles y repetidos testimonios del respeto y de la admiración de que se hicieron dignos los que supieron pelear fiera y temerariamente y supieron morir con abnegación heroica en defensa del honor, de la libertad, y de la independencia de su patria. Aun en nuestros tiempos, cuando la guerra franco- prusiana hizo sufrir á aquella nación el dolor y la afrenta de ver su territorio invadido, sus ejércitos desbaratados y sus, ciudades ocupadas por tropas extranjeras, en la tribuna y en la Prensa surgió el recuerdo de nuestros g u e rrilleros indomables, antes muertos que rendidos, y de nuestras ciudades invictas, antes destruidas que tomadas, para que los franceses imitaran ejemplos tan hermosos, así en lo épico de la lucha como en lo sublime del sacrificio. Una sencilla anécdota, referida y comentada con frase que respira honradez y nobleza por uno de los más ilustres genios modernos, gloria y orgullo de Francia, acude con e. ete motivo á mi memoria, y acaso olla baste para calmar los nimios escrúpulos de aquellos españoles excesivamente meticulosos ó exageradamente circunspectos. II En 1833, Víctor Hugo y Alejandro Dumas (padre) tuvieron una violenta querella á consecuencia de un artículo periodístico que molestó á Dumas y éste creyó inspirado por Víctor Hugo. Tres años después, amigos de uno y otro procuraron y consiguieron una franca y completa reconciliación, y el gran novelista quiso dar entonces al gran poeta una prueba de afecto escribiendo su biografía, para lo que, en diferentes conversacioiies, éste le hizo rápido pero interesantísimo relato de su vida, de que aquél iba tomando algunas notas. JSTO realizó Dumas su propósito; pero estas notas se conservaron, y entre ellas se encuentra la lacónica relación de la anécdota á que antes se ha hecho referencia.