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r. f y i 1 K ajk BANCOS EN LOS JARDINES UANDO nos vemos sanos y jóvenes, los bancos que hay en los jardines debajo de los grandes árboles no nos merecen ni siquiera una mirada de curiosidad. Pero si alguna vez nos sentimos enfermos, y cuando nu- 2 stras piernas flaquean lo mismo que las de los ancianos y las de los niños, entonces sí, irj gg- N entonces es cuando reconocemos la infinita amabilidad de esos bancos que se abren ante nosotros con Í M la blandura y la solicitud de un regazo materno. ¡Bancos solícitos y maternales de los jardines... n Suavemente ondulados para que el cuerpo se asiente bien, cómodamente espaciosos, tácitos y amigables, ellos son los más nobles amparadores de la vejez. Son los modestos y silenciosos protectores de la debilidad, que abrazan y recogen á los ancianos, á los niños, á los enfermos, á los vagabundos fatigados, á losvencidos. H e aquí: me ha entrado una imprevista ternura por los bancos de los jardines... Voy de un banco á otro, viendo cómo el sol cabrillea á través de las ramas, sintiendo el gemir de las hojas, asistiendo al paso de la vida. Y es una historia tan íntima, tan llena de menudos é interesantes episodios la vida que se mueve en torno de los bancos, que bien quisiera, ya que no un poema, escribir acerca de esto un libro entero. De este mismo banco, donde hace un momento me sentaba, ¿por qué he tenido que levantarme? ¡Hacía tan buena sombra, había unos gorriones tan juguetones en aquel árbol! Pero vinieron unos niños y se quedaron dueños del banco. I a infancia es muy egoísta, y la infancia, además, como está formada de naciente fuerza, es sobremanera conquistadora: toda fuerza significa conquista, lucha, violencia. Vinieron los niños, numerosos como una banda de pájaros, y vieron que el banco era bueno. Se sentaron uno junto á otro y llenaron el banco. Pero los niños eran muchos, y algunos se quedaron sin poderse sentar: yo era, entonces, el que sobraba allí... ¡Con qué ojos tan terribles me miraban los niños que no participaban del banco! Gruñían y alborotaban, llamaban á sus ayas, hurgaban por ver si conseguían puesto, y rondaban, entretanto, alrededor mío, coino increpándome: ¿Qué hace aquí este hombre? ¿Por qué no se marcha? Pero yo no quería marcharme: yo me sentía tan egoísta como ellos. ¡Aquella amable sombra, aquel lindo gorjeó de los pájaros! Hasta que por último los chicos armaron una gran trapatiesta de chillidos, berrinches y lloriqueos: se pegaban, lloraban, se arrojaban piedrecitas, se empujaban, me empujaban á mí... Ellos eran más fuertes. No tuve otro remedio que ceder. Me marché y les dejé el banco libre. Ya en este otro banco donde me he sentado, no tengo que temer á los chicos. 1,0 ocupan en parte dos ancianos, y aunque al principio me han mirado con desconfianza, luego se tranquihzan y me dejan participar del cómodo banco. Son dos viejos aseados y rugosos, que hablan reposadamente de sus cosas pasadas. C u a n d o en Enero del 54 subió Narváez al Poder... -No- -ar- uye el otro, -no fué en Enero, sino en Marzo... J. M. a SALAVERR 3 A DÍDlIjO DE MEDINA VEHA 0