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El marqués de Casa- Martiño. vivé solo. Iví trabajo y los afanes no le han dejado nunca el vagar bastante para buscarse una compañera y fundar una familia. Ouizá se haya debido esto á que como nadie se ocupó en cultivar en su corazón el amor y la ternura, y solo, sin otro valimiento ni más arrimo que su energía y su tenacidad llegó á las cumbres de ¡a fortuna, se le atrofiaron esas fibras por falta de uso y de ejercicio. ¡y bien lo sentía aliora, sumido en las sombras que invadieron la lujosa biblioteca y entre el silencio y la soledad de su palacio, demasiado grande para él! ¿Para qué trabajó tanto? Se comprende que un liombre luche y se afane por conseguir para la familia que con su amor ha formado, holgura, comodidades y lujo; es natural y lógico que con el fin de darle bienestar emplee todos sus sentidos y potencias. ¿No le hubiera valido más seguir la pauta comiin y corriente, y en vez de dedicar su actividad entera á la conquista déla riqueza, liaber creado un hogar en donde seres amantes, que todo se lo debieran, le rodearan de cariño, de atenciones y de cuidados? Pero no pensó en eso; la fiebre del traba 0 y de los negocios le absorbió por entero y á ellos se entregó en cuerpo- y. -alma; -sin cuidarse del porvenir ni de los últimos años de la vida. Y- ahora, en plena vejez, sin energías físicas ni consuelos de los que el afecto familiar presta, veíase condenado á pasar solo el escaso tiempo que le quedaba de permanecer en este mundo. Estando en éstas poco gratas imaginaciones, un criado entró en la biblioteca v dio luz á la enorme lámpara que, pendiente del techo, iluminaba la. estancia. -Este caballero- -dijo enseñando una tarjeta que traía en una bandeja de plata- -insiste en ver al señor marqués. Cogió éste la tarjeta, miró el nombre en ella estampado, y después de meditar un rato, dijo: José Jiménez... No recuerdo quién puede ser. Dígale usted Cjue vuelva mañana, cuando esté el señor administrador, á quien puede enterar de lo que desea. -Ya se lo he dicho, señor; pero no se quiere marchar; asegura que es interesante lo que tieneqUe comunicar al señor marqués. -Bueno; pues dígale usted que pase. Así como así, quizá me distraiga... A los pocos instantes penetraba en la biblioteca un hombre alto, delgado, modestamente vestido, que se quedó respetuoso junto á la puerta. ¿Da vuecencia su permiso? -preguntó. -Pase- usted- ordenó el marqués. ¿Quería usted hablarme? -Sí, señor; aspiraba á tener esa honra. -Toíue usted, pues, asiento. Ya le escucho. Sentóse el recién venido, y luego de carraspear un poco con objeto de aclararse la voz, comenzó: -Si vuecencia me lo permite... -iSTo me dé usted tratamiento- -interrumpió el marqués. -Si me lo, permite usted- -prosiguió después de inclinarse en señal de agradecimiento y de obediencia, -empezaré enterándole de mis circunstancias. Tengo sesenta años, estoy casado y no tenemos hijos. Siempre lie sido trabajador y laborioso; en mi ya dilatada vida he ensayado los más diversos oficios y quehaceres, intentado mil negocios, imaginado innumerables empresas sin que la suerte me haya favorecido nunca con su protección, levantándome hoy y cayendo mañana, alternándose las épocas de estrechez c o h o t r a s m á s favorables como para permitirme restaurar fuerzas con que seguir la lucha, he llegado á la vejez desamparado de medios y, he resuelto, aun á riesgo de ser importuno, dirigirme á usted y decirle; Señor marqués, íio. le pido dinero como un sablisla vulgar; aspiro á que me ayude á obtener una ocupación que nae. períuita ganar mi sustento; hágalo, señor marqués, que es tan merecedor de lástima como la vejez con su cortejo de achaques que debilitan el cuerpo y de desilusiones que privan de energías al espíritu porque hacen nacer en el alma la desconfianza en sí propio, que es la mitad del fracaso. Así como en los jó. ve nes hay resistencia física para soportar todos los disgustos y todas las tribulaciones, en esta edad mía no se puede liacei; más que entregarse. sin lucha al impulso de la corriente. Esto es lo que tenía que decirle, señor marqués, y le suplico mé perdone el atrevimiento con que he forzado la consigna para entrar hasta aquí. Hizo plinto el pedigüeño y quedóse mirando al procer, que, atento, había escuchado su discurso; Tras t: na pausa bastante larga, empezó éste á hablar con lentitud: -I reviala información que juzgue conveniente, trataré de buscarle á usted un acomodo, segvin desea. ¡Oh, señor marqués, mil gracias por su generosidad! -No me las dé usted todavía. Debo advertirle, sin embargo, que no estoy conforme con la teoría que usted ha expuesto. Dice usted que páralos jóvenes tiene menor importancia el no poseerla riqueza, y el bienestar y las comodidades que son su consecuencia inmediata, y yo sostengo, por el contrario, que cuando la fortuna es inútil y superfina es en, la vejez. Yo soy un ejemplo- de ello. Gracias á mi constante trabajar desde los veinte á los cincuenta años, logré adquirir cuantiosos bienes. ¿De qué me han servido? No puedo disfrutar de ellos porque mis achaques y mi falta de salud, me lo impiden. Que vivo en un palacio, me dirá usted. ¿Y c ué, si de él no ocupo más que tres habitaciones á lo sumo? Que tengo en la mesa los manjares más exquisitos y delicados y los vinos de más precio. ¿Para qué me sirven si no los puedo probar, y. mi alimento se reduce á unos cuantos huevos, unas verduras y un poco de leche? Las diversiones me están vedadas, los placeres de todo género no existen para mí. ¿De qué me ha servido trabajar tanto? ¿No habría gozado más de mi fortuna si la hubiese tenido á tiempo, allá en mi juventud, cuando contaba con salud, buen humor y apetito? No. Créame usted, con el dinero se triunfa y se disfruta cuando se es joven, al llegar á la vejez huelgan las riquezas, y al más exigente le basta con poseer aquello que es estrictamente necesario para satisfacer unas necesidades- que, por otra parte, la edad reduce al mínimo. Se lo dice á wsted mi experiencia, y puedo establecer la. comparación porque cuando había apetito y, dientes, faltaba comida que llevar á la boca, y luego que han sobrado las trufas y el foics- gras, el estómago ya no los puede digerir. Eo de siempre: Dios da pañuelo al que no tiene narices. ENRIQUE M A U V A R S D 1 BU 0 S D E MÉNDEZ BIÍINGA