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por él preferida, en ia que de ordinario estaba, que era una sala amplia, clara y de elevado techo, cuyas paredes recubrían armarios, en donde se alineaban centenares de volúmenes. Sentóse en un cómodo sillón, dio orden de que le trajeran el té, y una vez que lo hubo sorbido, quedóse solo, reclinada la cabeza en el muelle respaldo del sillón, los ojos fijos en un punto del t oho, mient -as que la luz del día iba cediendo y la biblioteca se llenaba de misterio y de sombras. ¿En qué pensaba? Veía allá lejos, en el fondo de su memoria, un rapaz sucio, desgreñado, mal cubiv; ii; cts las morenas carnes por prendas que se hicieron para cuerpos mayores que el suyo, desmedrado y canijo; seguía sus juegos en la playa, siempre cubierta de algas parduzcas que adquieren movimiento como si fuesen seres animados cuando el agua las baña y envuelve; recordaba que, ya mayorcito, le admitieron en una barca pescadora y comenzó para el rapaz la lucha por la vida, terrible lucha en que el dormir poco, el trabajar rudo y los malos Xr? r: K, Wí 1 tratos tenían como premio la mísera escudilla de pescado y la escasa i ación de pan, que se iba á comer en cualquier rincón de la barca. Luego la emigración, la llegada a l a Habana, el deseinbarco en aquella tierra que para el rapaz tenía todos los prestigios de la leyenda, tanto era lo que había oído hablar de ella allá en la aldea. Venían después los años pasados en el almacén de drogas que fué su primer refugio. Allí aprendió el oficio dé tendero, le enseñaron á leer y escribir y comenzó á penetrar en los tenebrosos misterios de la teneduría de libros. Ya con algunos conocimientos, pretendió y obtuvo una plaza, á la sazón vacante, en la casa de don Pedro José Ginesanz, uno de los banqueros más fuertes y respetables de la Isla de Cuba, á cuyo lado, por espacio de veinte años, adquirió la práctica de los negocios que tanto le había de servir más adelante. Ginesanz, viendo en él un hombre serio, de firme voluntad y clara inteligencia, pronto le distinguió entre los demás empleados, y le fué poco á. poco ascendiendo hasta nombrarle apoderado suyo. El negocio marchó viento en popa; al sueldo ya elevado con que el banquero premiaba sus servicios, hubo que sumar una participación en los beneficios y, con orden y economía, llegó el que ya era todo un señor bien trajeado y limpio, á reunir un capitalito que empezó á manejar en toda clase de asuntos, entre los que se contaban las especulaciones bursátiles en Madrid, París y Nueva York, para las que había sacado una maña especial. Y la suerte le favoreció. Ginesanz le elevó al rango de asociado, y más tarde, al retirarse aquél de los negocios cansado de trabajar y lleno de achaques y de talegas, se quedó con la casa de banca que desde entonces llevó su solo nombre, Juan González Martiño, famoso y respetado entre propios y extraños, Claro está que el trato con tantas y tan diversas gentes; los viajes á los Estados Unidos por razón de los asuntos; aquellos otros que hizo á Europa, parte por necesidad y parte por gusto, le desbastaron y pulieron, y ya no quedaba del píllete desarrapado y hambrón más que un lejano recuerdo. D. Juan González Martiño, por su posición y riquezas, metió bien pronto el cuezo en la política, siendo en Cuba uno de los más firmes sostenes de su partido que, en premio á sus servicios, le hizo marqués de Casa. Martiño, le trajo al Congreso primero, y años después al Senado, en donde obtuvo un puesto vitalicio. Su acendrado patriotismo, bien demostrado en la guerra con los Estados Unidos, le obligó á liquidar su casa y vender ingetiios y haciendas. Una vez realizada con alguna pérdida su cuantiosa fortuna, se trasladó á España, y compró en Madrid el. hotel de la Castellana en donde el automóvil ruidoso y mal oliente le acaba d e dejar, de regreso del habitual paseo al Retiro.