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-Es muy sencillo- -contestó tranquilamente el alcalde, que, como buen meridional, era oportuno é ingenioso. -Fijaos en que el barco, en cuanto prueba el vino, se lanza al agua, que no abandona va nnnca. En la capilla del infortunado rey de Francia I, uis XVI se cantaba un día de Semana Santa el Miserere del maestro Lully, que era bastante largo. El Rey permaneció de rodillas durante toda la ceremonia religiosa, y todos los cortesanos, como es consiguiente, estuvieron también arrodillados. El Monarca, á quien la música de Lully le había gustado muchísimo, así que terminó la función, religiosa preguntó al conde de Grammont que se hallaba muy próximo: ¿Qué os ha parecido la música, conde? -Señor- -respondió éste, -para los oídos, excelente; pero para las rodilla. s, detestable. E NCANTOS DE LA MÚSICA RENGLONES CORTOS HOMBRE PRECAVIDO- -I e han avisado á usted con la bocina; me he cansado de dar voces. -No se apure usted, hombre; la cuestión es que se vaya acostumbrando la burra. I f N FAVOR Caminaba por una carretera un licen ciado del Ejército que se dirigía á su aldea, y llevaba en el cinto 1.200 reales de sus alcances. Al penetrar en una cañada le sale al encuentro un ladrón que, apuntándole con un trabuco, le exige la entrega del dinero. Bl licencia: do, que no lleva armas, no tiene más remedio que aflojar la mosca, y cuando el bandido, satisfecho, le ordena que Siga s u camino, dice el licenciado: -Ya ve que le he dado los dineros sin inconveniente alguno; pero considere que acabo de licenciarme con bueña nota, que tengo dos cruces pensionadas, y que al saberse en el pueblo que me he dejado robar sin hacer resistencia, se van á reir de mí hasta los chicos. Hágame un favor... ¿Qué quieres? -Que dispare el trabuco en mi manta, y así podré decir que me he defendido hasta lo último. -Si no es más que eso, ahí va. Dispara el ladrón el trabuco en la manta del licenciado, y apenas ve éste desarmado al bandido, se arroja sobre él, le da una soberana paliza, recobra su dinero y lleva al caco al primer puesto de la Guardia civil. El. EGOÍSMO ENCUBIERTO Con la mejor intención, pasando muchas fatigas, quisieron unas hormigas hacer una exposición á la que todas llevaran aquellos granos mejores que por los alrededores del hormiguero encontraian. -Eso- -decían- -será causa de que trabajemos todas y de que llenemos nuestro almacén, pues no habrá ni una hormiga, ni una sola, que á esta excitación no acuda y que no preste su ayuda, y se tumbe á la bartola. ¡Á trabajar- -exclamaron- -sin que tengamos rivales! y apenas entre zarzales y pedruscos se internaron cuando dos ó tres hormigas dijeron: -Nosotras no trabajamos, ¡se acabó! ¿Para qué pasar fatigas? La idea es descabellada y debemos desistir, pues no se va á conseguir absolutamente nada. ¿Andar entre la maleza fatigosas y en desorden para que algunas engorden después? ¡Vaya una simpleza! Nuestro propio bien, señoras, á decirlo nos obliga... -No es eso- -exclamó una hormiga de las más trabajadoras. Usad lenguaje más llano, pero no os salgáis del tiesto. Es, que buscáis un pretexto para no traer ni un grano... Eso digo yo, lector, cuando tras de un pesimista veo siempre un egoísta de los de marca mayor. J. RODAO ANÉCDOTAS N EJEMPLO DE Es sabida la costumbre que en la TEMPLANZA botadura de un barco se practica de romper sobre la proa una botella de champagne por vía de bautismo. Al efectuarse en Ciotatuáa de estas botaduras, M. Podor, miembro militante de la I iga contra el abuso del alcohol, que había sido invitado á la ceremonia, manifestó al alcalde su desaprobación de esta costumbre, después de todo bien inocente, porque la consideraba un incentivo indirecto á la intemperancia. -Disto tanto de compartir esa manera de ver- -replicó el alcalde, -que considero, por el contrario, una exhortación directa á la templanza. ¡Cómo! -exclamó el solemne personaje. -Sería curiosísimo conocer el argumento en que se apoya esa paradoja. u