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Ti V K f 1 -ñi í. LM EL G R A C I O S O I os naturalistas que han estudiado la fauna y la flora primaverales se olvidaron siempre de un ejemplar curiosísimo que yo no sé si debe ser clasificado en la flora ó en la fauna. Seg- uro estoy de que, eólo con nombrarle, todo el mundo caerá en la cuenta de ese olvido injustificado. Y es fácil que algún profesional d é l a ciencia se apresure á estudiarle con el detenimiento que merece. Ese ejemplar es el gracioso. ¿Quién no gozó de su presencia, se regocijó con sus l a z a ñ a s ó admiró las múltiples aptitudes de su simpática personalidad? Campeón de todos los juegos, Proteo de las ino ccntes diversiones, director general de todos los ramos, él es la musa alegre y retozona de esas dulces mañanas domingueras que llenan el Retiro madrileño de risas frescas y de saltos locos. ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Adonde va... Nadie lo sabe, nadie lo pregunta, á nadie le importa. I lega de pronto, cumple su misión y desaparece... ¡Es un producto de la primavera, como e l l a pasajero y agradable! Un par de mamas, amigas y vecinas, deciden ir al Retiro el domingo, de mañanita, para que sus hijas se diviertan. Las niñas son cinco, de diferentes clases y tamaños, aunque ninguna pasa de los veinte añitos. Dos de ellas avisan álos novios, que en una plazoleta se hacen los encontradizos, no sm cierto disgusto de la futura suegra. Mientras las mamas charlan en un banco, que sirve de asiento, de mesa y de guardarro- pa, la juventud se lanza á las tonterías propias de la edad. Pero pronto se agota el repertorio, los enamorados se dedican al dúo y las chicas c ue están de non empiezan á aburrirse... De pronto aparece en la plazoleta el gracioso, generalmente acompañado de un amigo, que es, al mismo tiempo, el primero de sus admiradores... H a y en el concurso un movimiento de curiosidad y un instintivo regocijo. Las muchachas miran sonrientes á los recién llegados como á salvadores. Eos novios les miran también, no sin cierto receló. El gracioso se dirige, sombrero en mano, al grupo de las niñas, y dice con finos modales: -Señoritas, ¿nos permiten jugar con ustedes? -El caso es- -contesta la más atrevida- -que no sabemos si las mamas querrán marcharse. ¿Cómo? ¿Tan pronto... ¡Yolas convenceré! Y con la misma finura el gracioso pide á las señoras el oportuno permiso, diciéndolas un par de chistes que las hacen reír de buena gana.