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propios y alfombra también especial, hay un sin fin de troupes, parejas y artistas individuales, bien conocidos por todos vosotros. ¿Quién no recuerda al hombre- lagarto con su traje de seda verde y sus lentejuelas plateadas... ¿Quién no ha visto al elegante (j o- fo desesperado porque aquel a noche está de malas y todo se le cae al suelo? ¿No recordáis los inútiles esfuerzos que los excén- ¿Y estas enormes bolas de hierro dónde las lleva usted cuando viaja... ¡Oh, muy sencillo! -me respondió. -Las llevo siempre en el baúl y ni una sola vez h e tenido que pagar exceso de equipaje. Iva ingenuidad de aquel coloso y la contemplación de algunas grandes condecoraciones de aluminio que he tenido en mis manos, me han convencido de que en el circo no es oro todo lo que reluce. Pero ¿á qué ser eseéptico... Lo más sano es acudir á la función con el mismo ardoroso entusiasmo y la misma inocencia con que acudíamos en nuestra infancia. Lo mejor es creer que son aiertas las sonoras bofetadas, que son graciosos todos los paj asos y que son hermanos todos los que trabajan juntos. Con estas sencillas precauciones podréis pasar noches agradables en 1 circo. Allí contemplaréis los grandes saltos de agilidad; allí oiréis los cadenciosos valses alemanes; allí veréis á los gimnastas caer en la red de cuerda y á los señoritos aristócratas caer en las redes amorosas que las abonadas les tienden. Y si no podéis asistir á estas reuniones. de la hig- life, no os apuréis. Así como Fígaro decía: Todo el año es Carnaval, asios digo yo: Todo el mtutdo está lleno de títeres. Y no es preciso para ver volatines tomar una localidad en la taquilla de un circo. La vida misma nos ricos musicales haceii para ir á compás con la orquesta? Pues ¿y esas grandes familias acrobáticas que por los numerosos individuos que las componen parecen las fam. ilias de nuestros personajes políticos, no os o- a. familiares... Yo recuerdo perfectamente todos los tipos que todas las temporadas y unos tras otros, van saliendo á la pista. Yo me he reido con. los hasta con los tontos. Yo he visto partir la losa de piedra sobre el piecho del Hércules. Yo he visto á un famoso tirador disparar sobre una bola de cristal lanzada al, aire, y he visto caer la bola hecha pedazos á pesar de haber fallado el tiro. X, a credulidad es la mejor compañera para asistir á las funciones de los circos. Sin buena fe, adiós espectáculo. H a y que dejarse ofuscar por las luces, por la música, por los colorines y hasta por las pequeñas trampas. Cierta noche, deepués de extasiarme ante un atleta que había levantado consecutivamenle seis grandes pesas de cien kilos cada iwia, entré en el cuarto del artista j- pregúntele con inocente curiosidad: ofrece idéntico programa, con idéntica variedad de mtmeros sensacionales. ¿Qué mejor prestidigitador que el que estafa un puñado de pesetas y da luego un salto mortal hasta el extrafljero? ¿Qué mejor Hércules que el que sostiene k quince de familia... ¿Dónde hallar un tan famoso- domador de fieras como lo es cierto amigo mío, que vive con su mujer, con la mamá de su mujer y con siete hermanitas de su mujer... Un albañil conozco yo que, después de pasarse todo el día haciendo equilibrios sobre el andamio, tiene que alimentar con dos pesetas á la parienta y á cuatro criaturas. Si éste no es un equilibrista- que venga el mismo Blondín y lo diga. No es, por tanto, la primavera la única estación de los títeres. Los títeres y los muñecos abundan en todas las épocas del año, y una de las más divertidas pantomimas s z pantomima humana. Porque en ella todos nos vemos obligados á dallos más incomprensibles saltos y á dibujar las más grotescas piruetas. Hasta que desafina la orquesta y sé acaba la función. Luis DE TAPIA DE SANCHA