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y Caímos sobre un niño de pecho, y despertamos no sólo las iras paternales, sino las de todos los admiradores de la maternidad, mejor dicho, de la madre, una moza de rompe y rasga que en aquel momento proveía de jugo lácteo á la criatura. Pero vamos, la tormenta pasó, y después de enredarnos en los flecos de varios mantones de Manila, nos acomodamos en nuestros asientos. No acabaron, sin embargo, nuestros apuros. Pedimos dos almohadillas, con tan mala fortuna, que vinieron á dar en las propias narices de un señor inferior á nosotros, esto es, sentado en la fila anterior á la nuestra, y en poco estuvo que viniéramos á las manos, que ya nos azuzaban los del tendido. I Uego, por si una estocada estaba ó no en su sitio, se armó una regular pelea entre dos vecinos nuestros, que dieron suelta á la lengua y después á los bastones, y efectivamente, la estocada no estaba en su sitio; pero, en cambio, s i l o estuvo un garrotazo que recibí sobre mi cabeza al intentar separarlos. A todo esto ya nos habían obsequiado con palmas de tango ¡y faltaban tres toros! -Al menos- -le dije á mi italiano- -veremos el cuarto toro á gusto. Pero salió manso, y volviendo la cara como si cada caballo fuera un acreedor. rugió el tendido, y enronquecía aquella gente con ardores dignos de mejor causa. Cayeron sobre el redondel mil objetos, almohadillas, naranjas. Una de ellas descendió sobre el ojo más infeliz del italiano, que puso el grito... en el Ouirinal. Varias y accidentadas peripecias se sucedieron toda la tarde. Entusiasmado por una faena de no sé quién, el italiano tiró su sombrero á la arena, con tan mala fortuna, que, cayendo un picador encima, se lo dejó hecho un soplillo. ¡Su sombrero nuevo! ¡Su recuerdo de España! como me decía contristado. Salimos á la calle, mi huésped con la cabeza al aire libre y yo con un dolor de cabeza espantoso; tomamos un coche, porque a l italiano ya no le inspiraba confianza ninguna jardinera, y en poco estuvo que no nos atrepellara un tranvía. Cuando llegamos á la Puerta del Sol el italiano quiso poner su reloj de acuerdo con el de Gobernación; pero, ¡ay! se lo habían robado, sin siquiera dejarle las señas. ¡Santa Madonna! -exclamó. ¡Non dimeniicheró questa corsa di tori! ¿No quería usted- -le dije- -un espectáculo muy típico? ¡Pues tome usted típico! Luis GABALDON DIBUJOS DE XAUDARÓ