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LAS GOLONDRINAS DEL TURISMO ARTICULO PRIMAVERAI, ON la reprise de la primavera desenfundan sus liras ios vates; impresionan los pájaros nuevos gorjeos en el gramófono de la Naturaleza; se toman medida los árboles de ropa flamante; Carabaña y I,o eches combaten el obstruccionismo; tornan las golondrinas á sus nidos desalquilados; aparecen los primeros granos; se ponen en escena dos ó tres crímenes pasionales, y asoman sus caras curiosas é interrogantes los turistas, preguntando apenas se instalan en Madrid por la plaza de toros primer monumento naeional que desean ver. No somos nosotros, son ellos los que quieren presenciar una corrida de toros. Hacv I ocos días me llovió un italiano que me facturaba Ü i omigo de Roma, y para demostrarme su afición 1 lo que aún no conocía, me mostró un sombrero ancho que le sentaba tan mal como un cólico. Pero yo, para no derrumbarle sus ilusiones, le dije que era una alegoría de Sevilla, Quedamos citados para ir á los toros al día siguiente. Por la mañana, como todo buen aficionado, apenas me levanté, salí al balcón á encararme con el amigo Fébo y aecirle c; atro cosas omo no híibiera estado dispuesto á complacernos. El italiano ya me aguardaba con impacieucia. Subimos á una jardinera verdaderamente terrorista, tirada por dos jamelgos escuálidos que se man- tenían de pie, ya que no de pienso. Mi amigo hizo un gesto de tíniida protesta, pero yo le manifesté que cuantas más probabilidades de vuelco tuviéramos, mejor. Era lo castizo. Arrancó la jardinera con una especié de estertor alarmante, y gracias á lo bien que jaleamos á las caballerías, anduvimos un buen trayecto, pero cuándo habíamos remontado felizmente el cabo de la Puerta de Alcalá, una de las ruedas se declaró solidaria de la, derecha, y se separó de las demás. La caja del coche cayó de latiguillo, y loi3 pencos vinieron al suelo, revolcándose alegremente, y agradeciendo mucho aquel reposo reparador. Con mal disimulada contrariedad, viendo lo inútil de nuestras súplicas cerca de aquellos proyectos de caballos, decidimos seguir á pie hasta la plaza. Provistos de nuestros billetes, dos tabloncillos del tendido 9, entramos cuándo ya todas las localidades estaban ocupadas. Nuestra presencia fué acogida con verdadera indignación. Y entre frases más ó menos cariñosas, subimos flemáticamente nueve interminables filas, causando en el trayecto varias averías.