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Salmerón, como Maura, como Dato, como García Prieto siquiera, nada me importaría. Hasta es posible que estas flores- ¡y cómo asoman las condenadas! -me trajesen pleitos al bufete, porque cuando uno figura ya entre los de cartel, todo se le vuelven pleitos, hasta las rosas, ó todo se le vuelven rosas, hasta los pleitos; pero á los que empezamos... Amparo. -No te quejes, que otros han empezado peor que tú. Y sobre todo, ¿ves qué alegría? ¿no oyes qué repiqueteo de campanas? Ayer resucitó el Señor. Y hoy... Eugenio. -Naturalmente, Pascua florida. No hay más que mirarme las manos. ¡Vaya, ya se soltó el alfile- r! Amparo. -Hasta la gente parece tan alegre... Esta tarde empieza la temporada de toros. Eugenio. -Hazme el favor de clavarlo bien. Van saliéndose todas. OT flTO, -Y anoche se abrió el circo. ¿Iremos algún día á los toros? ¿Iremos alguna noche al circo? Euge? iio. o quieres clavar el alfiler? Amparo. i. ¿No he de quersr, después de haberme prometido tú que iremos á los toros y al circo? Sostén el ramo. ¿Pero no se habían de salir las flores, si llevas el ramo boca abajo, de cualquier modo? Eugenio. ¿Cómo quieres que lo lleve, en alto y diciendo á lá gente: fíjense ustedes bien en que hoy es Pascua florida? Sólo faltaba que se supiera en el Supremo; ¡adiós recurso! Oye, ¿qué te parecería un paseíto matinal por el Retiro? ¡listará tan hermoso! Amparo. -Muy bien, muy bien; andando, al Retiro. En- genio. -Allí no irán á estas horas los magistrados del Supremo. ¿Y si tomáramos un simón que nos dejase en la mismísima puerta? Amparo. -Magnífica idea; tomemos un simón. Eugenio. ¡Eh, para! A la puerta del Retiro. Sube, Amparito. Amparo. -Hoy tenemos suerte en todo; el caballo corre y el coche es de gomas. Vaya, dame el ramo; no quiero que te canses. Eugenio. ¡Si ahora es cuando no me cansa! Amparo. A- AO lo dices por galantería; trae, vamos, trae; ¡luego decís que nosotras somos tercas! ¡Qué delicia de flores! A ver si nos duran mucho. Cuando volvamos á casa las pondré en el jarrón azul, que es grande, y les mudaré el agua dos veces todos los días. ¡Las voy á cuidar más! ¡Como que me las has comprado tú! Eugenio. ¡Qué buena eres, Amparito! Amparo. -No, es que hago la tontería de quererte. Muy mal hecha, porque nosotras no deberíamos querer á nuestros maridos. Ya ves tú lo que pasa en las comedias. En cuanto veas una actriz muy bien vestida, puedes decir: esa engaña á su marido. ÍHablo de lo Que sucede en la represíntación. Á iaenio. -Ya lo he comprendido. Amparo. -Y según dicen, en el mundo también; pero yo no lo creo. Eugenio- -Haces bien; ya hemos llegado. Bajaré primero. Amparo. -Ayúdame; toma el ramo un poquito. Eugenio. -Trae. Amparo. ¡Qué hermoso está esto! ¿Cuánto le has dado de propina al cochero? Eugenio. -Un real. Amparo. -Has hecho bien; hoy debe estar contento todo el mundo. Eugenio. -Naturalmente, mujer. Pascua florida. ¿Quieres que nos metamos por aquel bosquecillo? Amparo. -Sí, vamos á meternos por el bosquecillo. ¿Te incomoda el ramo? Eugenio. ¡Qué me ha de incomodar, si aquí nadie sabe que ejerzo la abogacía! (Eugenio y Amparo caminan por el Retiro durante tres cuartos de hora hablando mucho y recorriendo lentamente los paseos más extraviados. Por fin salen al de las Estatuas V se sientan en un banco. Eu f enio deja el ramo en la piedra y se enjuga con el pañuelo el sudor. Amjmro. (Palmoteando. De modo que está decidido, ¿eh? Eugenio. -Sí, señora, decidido. Si gano el recurso y el pleito de D. Sebastián y cobro aquellas dos cuentas atrasadas, magnífico verano. Amparo. ¡Magnífico verano! Primero, una playa modesta; no quiero que gastes mucho. Además, allí ensayo los trajes que me íaaga; siempre tendrán que arreglar algo. Luego tus aguas, no sé para qué, porque estás muy bueno; pero en fin, unos cuantos días en Cestona, hasta es posible que nos parezcan divertidos y nos prueben bien á los dos. Después á San Sebastián; la gran semana, y la otra semana, y la otra, hasta que nos cansemos con expediciones á Iliarritz, á Pau, á todas partes. Y á mediados de Septiembre á París. ¡Oh, París! Me sé de memoria dónde viven todos los modistos y todas las sombrereras famosas. Faquín ya tiene sucesor. No, pero no te asustes; á ver, nada más que á ver. Bueno, si se presentara alguna ganga... No sabes cuánto te quiero, Eugenio; no sabes cuánto te quiero. ¡Qué día más feliz, qué día más alegrísiino! Eugenio. -Naturalmente, mujer; Pascua florida. Amparo. -Si no nos viese nadie, te abrazaba. Eugenio. -Así como si fueras á sacarme una pajita de un ojo... Atrévete. Amparo. ¡Eugenio de mi vida! ¡Jesús, qué locos! ¡Anda, aquel señor nos ha visto! Vamonos á casa; es muy tarde. í o- OTW. -Vamonos si quieres. Amparo. -De prisa, de prisa. Aquel señor que leía el periódico, no leía el periódico. Eugenio. -Bueno, peor para él; ¡que leyera el periódico! Amparo. -Corre, corre; le servía de biombo para vernos mejor. Eugenio. ¡Para qué cosas sirve la Prensa! Tiene razón iVlaura. (Amparo y Eugenio salen muy de p risa del Retiro. En la plaza de la Independencia suben al tranvía, y al llegar cerca de la Puerta del Sol, Amparo mira aterrada á Eíígenio, y dice: Amparo. ¿Y el ramo: Eugenio. (Contemplándose instintivamente las manos. Allí se quedó. Amparo. -j) Án el banco? Eugenio. -En el banco. ¡El señor que leía el periódico ha tenido la culpa! Y ya... (Siguen un tanto entristecidos) Pues bien, lector ó lectora de este sencillo diálogo, cuando pasen cuarenta años y Amparo y Eugenio tengan canas y arrugas, acaso vayan á tomar el sol los dos viejecitos una mañana de Pascua. Acaso se sienten eu un banco del paseo, acaso se acuerden del ramo perdido y lo vean resurgir con sus rosas de té. sus jacintos y sus claveles blancos, y hasta se les aparezca el señor que leía el periódico. Todas estas visiones producirán en su alma el temblor momentáneo de lo que fué, vuelve, vibra y desaparece. ¡Mañana de Pascua! exclamarán con voces dulces, timbradas de melancolía. Con los ramosde la juventud, Pascuaflorida; con los recuerdosdela vejez, Pascua deResurrección. ¡Hermoso día, representativo de esta pobrecita vida nuestra! JOSÉDEROURE DIBUJOS DE MÉNDEZ