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de íiores me entró una alegría... Ks la primavera, ¿verdad? Eugenio. -Naturalmente, mujer. Pascua Florida. Amparo. -Sí, pero no sabemos cómo arreglarnos la pascua. Ea, j- o compro las flores y luego se verá. (A la vendedora. Póngame usted claveles blancos, rosas de té y unos jacintos. La ve 7i dedora. ¿Morados? Amparo. -No, morados no; son tristes. Parecen flores de viuda. Eugenio. -Y tendrás necesariamente que cargar tú con ellas... Amparo. -No digas tonterías. Ponga usted unas tosas. ¡Qué perfume más delicioso! Huele. La vendedora. -Como que están recién cogidas. V. eso que no crean ustedes, hoy las rosas van arísimas. Llegan tnuy pocas de Valencia. Eugenio. -Vero si esas son recién cogidas, las habrán cogido en Madrid. La vendedora. -Cs, en Madrid no se encuentra una rosa, señotito. l os últimos frías éstroDeáron tcdos los rosales Eu c? iio. ¿Entonces cómo dijo usted... Amparo. ¿Y qué mas da qi. ie sean de donde quieran, si son preciosas y están lo mismo que si acabaran de alírirse? La vendedora. -Eso digo yo. luenga usted. Dosipesetas. (o í? 22 b. -Caramb a ¿d o s pesetas este ramo? La vendedora ¿Pero no ve el seño 4 rito que le he puesto muchas rosas? Eugenio. -Entendámonos: usted dijo... Amparo. -T o seas terco, y paga. ¿Alio ra vas á discutir dónde han nacido estas flores? ¿Qué más da que sean de Valentía ó de Madrid? Son hijas de la primavera. La vendedora. Dice bien la señor i t a h i j a s d e la primavera. Eugenio. -Y por consiguiente, p a rientes mías muy cercanas. Ahí van lasdos pesetas, mujer, y que no se le estropeen á usted otra vez los rosales. La vendedora. M u c h a s gracias, señorito. Crea usted que no gano ni veinte céntimos. Er- enio. -i Pero es q u e decididamente Amparito, v o y á l l e v a r el ramo yo? Amparo. -Hombre, yo con la falda, con el portam o n e d a s con el l i b r o d e misa... Cuando té canses, lo llevaré ua poco. Eugenio. í no es porque me canse, sino por lo que diga la gente. á? w. ¡Bastante os importa á vosotros eso! Si se lo llevases á una... cualquiera, irías tan satisfecho y hasta ensefi- adolp para que se enterase todo el mundo. Pero, claro, como es para tu mujer... -Jíueno, bueno. Prenda usteo cou un antier estas puntas del papel para que no se vean tanto las rosas. ¡Pensar que tengo que defender un recurso ante el Supremo dentro de tres días, y que hoy cruzo las calles de Madrid con un ramo de flores en la mano! ¡Qué dirá de mí el Tribunal si lo sabe! Esta sí que es infracción d e ley. Amparo. -A vosotros, tratándose de complacer á vuestrasmujeres, todas os parecen infracciones de ley. Eugenio. -No; pero desengáñate, un abogado con rosas, no está bien, y menos un abogado como yo, que todavía no tiene hecha su reputación. Si fuese como