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m UNA ESCENA RIDICULA ASEÁBAME la Otra tarde por el Retiro, disfrutando de las delicias primaverales, con esa inconsciente solemnidad que ponemos en todas las cosas insignificantes de la vida. Más que cansado, curioso, me senté un momento en el banco de una plazoleta bañada por el sol, frente á un corro de niñas que alegraban el ambiente con sus risas y con sus canciones. Aún no he llegado á la edad en que el hombre sólo se alimenta de recuerdos; pero cualquiera es buena para divertirse ó para entristecerse con una fecha ya perdida en la pasada lejanía... Yo en aquel instante, viendo á las niñas dar vueltas y más vueltas, echaba de menos los infantiles tiempos... ¡cuando me acercaba á los corros con algunos alegres camaradas á decir cuatro tonterías, en el más dulce de los aprendizajes... Y he aquí que de pronto, espantándome el sueño, sentí una manotada en un hombro que me trajo de nuevo á la realidad... Y volví, un poco asustado, la cabeza... El propinante era un señor ni alto ni bajo, ni vulgar ni distinguido, ni joven ni viejo... Su cara era bastante inexpresiva á pesar de la risa que en el aquel momento la animaba... Pero lo más curioso era que yo no le conocía... ¡No, no le conocía... Esforzaba mi imaginación para filiarle, buscando en mi memoria todos los legajos de personal en ella archivados... ¡y nada... ¡No le conocía... ¿Cómo, á pesar de ello, pudo permitirse aquella confianza... Todo este examen fué rápido, naturalmente, y no impidió que aquei hombre apoyara su manotada y su risa con algunas palabras amistosas: ¡Cuánto tiempo sin verle! ¿Y la familia? ¿Tomando el sol, eli. ¿Viendo jugar á las chicas... ¿De espera, verdad... ¡Ah picarón... ¡Siempre será usted el mismo. Me lanzó de sopetón tantas preguntas, que no hubiese podido, aunque quisiera, contestarle á ninguna... Yo le miraba con asombro, y llegué á creer que efectivamente me conocía, y estuve á punto de preguntarle quién era, para reanudar en aquel momento el hilo de una amistad sabe Dios por qué causa interrumpida. Pero una nueva apelación á mi memoria me afirmó en mi primera idea. No, no... Yo no le conocía... ¡Aquel hombre me había confundido con otro... ¡Estaba equivocado... Puse en práctica, pues, uno de los principios más venerables de la escuela filosófica á que rindo culto... Contesté á s u s preguntas generales con otras tantas respuestas del mismo orden, de esas que á nada compromenten, y no quise sacarle de su error... ¿Por qué matar una pequeña ilusión... Aquel hombre se regocijó al encontrarme, recordó alguna época feliz de su existencia á la que estaba sin duda unido el amigo con quien me confundía... ¿No hubiera sido cruel decirle que estaba equivocado... Sin embargo, él debió notar algo en mis respuestas puesto que empezó á desconcertarse... Mas también temeroso de un desencanto, siguió en su puesto sin atreverse á decirme que por su equivocación le perdonara... Me dio la mano, que estreché entre las mías, y nos despedimos muy afectuosamente, como si fuésemos amigos de veras... Al poco rato volví la cabeza y mis ojos tropezaron con los suyos... El también, desde lejos, se volvió para mirarme... ¿Se iría convencido de su error... ¿Creería, por el contrario, que su antiguo amigo no quiso tratarle con la confianza de otras veces... De todos modos, yo hice lo único que debe hacerse en este mundo: procurar que el prójimo disponga de alguna duda que le peiinita una nueva preocupación, un rato de reflexiones y de meditaciones, ANTONIO PALOMERO DIBUJO DE HUERTAS P