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La aldea en masa, congregada en la plaza pública, en torno á enorme hoguera, celebraba la fiesta de un día señalado; y aquellas detonantes expansiones dei regocijo aldeano, llegadas á ella en momentos en que Su hijo se despedía de la mujer codiciosa por quien se expatriaba, y ella, allí, sola, ¡como había de quedar siempre en su vejez desvalida! lo esperaba, para despedirlo también, vinieron á evocar en ella memorias placenteras de días, constantemente suspirados, en que fué muy dichosa con el amor y el bienestar de los suyos. ¡Por eso aquellos rumores de la aldea en fiesta, llevados á ella por un vientesillo juguetón, avivaron su dolor... como el viento mismo aviva la hoguera, aunque sople en ráfagas suaves y embalsamadas. La anciana, ante aquel abandono supremo, indiferente á todos, se sintió transida de aquel frío pavoroso de soledad, ingratitud y desamor que paralizaba su sangre, crispaba sus huesos y llenaba su mente de ideas siniestras; y su amor de madre, como un grito de pasión sin esperanza, se desbordó en sus heladas entrañas... Al modo que el viento mismo, cuando sopla en ráfagas, acrecienta las llamas al punto de extinguirlas... II Ya caminan por las afueras de la aldea madre éhijo; él mustio, cabizbajo, inclinado bajo el peso de su morral provisto; ella, entera, resuelta, resignada. ¿Quién ha temido por la anciana? La anciana es un roble. H a dado á la vida muchos frutos de su carne, se h a dado entera al amor de ellos, ha trabajado sin descanso y sin fatiga sesenta años por amor á todos y ha enterrado á todos los que amó. ¡La anciana es un roble que ni el rayo ha podido abatir! H a dicho animosa: -Viviré para esperarte, trabajando siempre, hijo. Vete tvi tranquilo á América ¡al otro mundo... Y no ha temblado al decir estas palabras, puerilmente equívocas: aterradoras para ella, como una predicción siniestra. El camino que siguen en la montaña da acceso á una planicie, que ilumina el frío fulgor de la luna, ya. alta en el horizonte. Descúbrense desde allí la ancha franja del mar fronterizo, plateada y ondulante, como la escama de un enorme reptil convulso; las heladas cúspides de la montaña, cabellera de gigantes encanecidos en la empresa vana de escalar el cielo, y el valle y la aldea sumidos en la sombra. Fulgura en la aldea la enorme hoguera, como el ojo irritado de un cíclope, y densas nubes de humo, al salir del foco de sombra, se ciernen en el espacio iluminado. Diríase elvalle entero un monstruo apocalíptico, que mirara desde la aldea, mugiera en el cavernoso rumor del torrente, despidiera espesas bocanadas de humo, agitara su cola en el mar y abriera sus negras fauces, amenazando tragarse los gigantes de la montaña... Y en torno, á la hoguera se columbran agitadas sombras fantásticas, como de brujas en aquelarre. Al llegar madre é hijo á la planicie, un cambio caprichoso del viento trae á sus oídos rumores de fiesta, primero agudos y distintos como insolente carcajada de burla, luego trémulos y desnrayados como un lamento. Eí hijo se detiene mirando hacia allá. -Hasta que yo vuelva, no volverá á cantar ella, madre. ¡Ella, que canta como los angélicos del cielo! La madre se detiene también. Parece indecisa un instante y luego pregunta, temblándole la voz por primera vez aquella noche: ¿Te quiere ella mucho, hijo? El tiene un ímpetu. ¡Sin ella no puedo vivir, madre! Entonces la madre le abraza, se abrazan. ¡Vete, vete, pues, con tal que vivas... Y luego lentamente: ¿Por qué no te has ido antes... Siente el hijo de súbito como una oleada que le hincha el pecho y le sube á la garganta estrangulándole, y desprendiéndose bruscamente de los brazos de su madre, echa á correr, como si huyera de sí mismo... Y ella, nada, no dice nada: ahoga con un sollozo un alarido, uno de esos gritos que, á no ahogar, sólo los profieren los locos y las madres, y cae de rodillas, al mismo tiempo que el hijo desaparece en un recodo del camino, inclinando sobre el pecho la cabeza, fuerte y paciente como la de Job, y allí permanece, trémula, sollozante, sin desperdiciar una lágrima ni irna queja, con el egoísta saboreo suicida de los dolores que matan ó enloquecen. Así transcurre algún tiempo. De repente, la anciana alza vivamente la cabeza, atenta á una voz incierta que llega á sus oídos. Es la voz de su hijo que canta muy lejos; es la voz del hijo á no dudarlo: es la única voz capaz de despertar á la madre... Oye con el alma puesta en los oídos, hasta que el último eco de aquella voz quejumbrosa se extingue como un suspiro... Entonces, por una reacción misteriosa, cuyo secreto sólo puede hallarse en las entrañas de las madres, la anciana se incorpora. -Con tal que él viva y sea feliz... ¡Quiero vivir para esperarlo! Y levanta la cabeza, valiente, resuelta; sola bajo la enorme majestad del cielo impasible, ante el resplandor magnífico de la Naturaleza implacable y el regocijo indiferente de los hombres... Pero en aqnel instante, otra voz llega á sus oídos, confundida con los rumores de la fiesta, y la anciana vuelve el rostro hacia la aldea, como si aquella voz la hubiera mordido. ¡Increíble! Es la voz de ella, distinta, clara, inconfundible, que el eco repite con resonancias insolentes y luego burlonas: ¡es la voz amella, que canta como los angélicos del cielo... La anciana escucha con glacial estupor aquella voz que el vientecillo- -una ráfaga suave y juguetona- -lleva á sus oídos; mira luego al cielo con asombro ingenuo al ver que del cielo no cae nada... y luego le acomete ¡un temblor... ¡y un frío... ¡y un espanto... y al fin se desploma, de cara al suelo, helada, yerta, muda, entre gemidos, desmayos y ateridas convulsiones... Y á poco, nada; no se oye nada. Bajo la enorme majestad del cielo impasible y ante el esplendor magnífico de la Naturaleza indiferente, el sosiego de aquella noche de luna, encalmada en frío reposo, sólo es turbado de vez en vez por alegres rumores de fiesta, que nadie oye en la montaña... HÁMLET- GÓMEZ BIBUJOS DE J 1 É? DEZ BTJNGA