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que cieuto ochenta páginas en 8.0 á referir Les Mystificaíions di Foinsineí. t o s bromistas lo habían tomado por su cuenta, y á pesar de los chascos y zumbas que constantemente sufría no lograba el escarmiento hacerle más avispado ó menos incauto. Ya le hacían creer que distinguidas y aristocráticas damas se habían enamorado de él, y le daban citas ó le escribían papeles, que le originaban grotescas y á veces peligrosas aventuras; ya le enviaban pliegos con pomposas alabanzas ó con honoríficas distinciones de soberanos extranjeros ó de ilustres Academias que él mostraba ufano por todas partes, y á que se apresuraba á contestar con demostraciones de su gratitud, en que solía revelar su pedantería, recibiendo en más de una ocasión crueles desengaños. Una vez le persuadieron á abjurar del catolicismo como condición impuesta por el rey de Prusia para confiarle la educación del príncipe real, y fingieron que un alto personaje de la corte y un pastor protestante habían llegado á París secretamente con aquel objeto. Poinsinet se prestó á la ridicula ceremonia, á presencia de algunos íntimos á quienes luego quiso llevar á los tribunales cuando se enteró del engaño. Por fortuna suya, hubo quien lo hizo desistir de un propósito que le habría ocasionado nuevas burlas, y acaso algunas veras bastante más sen. -sibles, si era conocida su voluntaria abjtiración. ni I a broma más pesada que dieron á Poinsinet sus cariñosos amigos fué motivada por una acalorada polémica que, estando en el teatro, sostuvo el poeta con un hidalgo que se prestó á la farsa imaginada- pur aquellos. Poinsinet recibió una carta de desafío, como consecuencia de las frases que al hidalgo había dirigido públicamente en el calor del altercado. Aceptó caballerescamente el lance y salió al campo con dos d e s ú s amigos, aunque la hora señalada no fuera la más á propósito por estar ya obscureciendo. Todavía perdieron los padrinos de unojy otro bastante tiempo, aparentando desees de lleg ár á una reconciliación, á que no se avenían los adversarios, de modo que cuando éstos se colocaron frente á frente apenas se veía. Al primer encuentro el hidalgo dio un grito, y cayó pesadamente en tierra, exclamando: ¡Confesión! ¡Me ha muerto! eleváronse los amigos apresuradamente á Poinsinet dejándolo encerrado ea su casa, y encargándole que por nada ni por nadie saliera hasta que ellos averiguaran el estado de su contendiente y si la justicia había tomado cartas en el asunto. IvOS amigos no volvieron en todo el día siguiente y Poinsinet, que había pasado dos noches sin dormir y muchas horas de inquietud y de temores y se hallaba al amanecer del otro cerca de una ventana, esperando que aquellos llegaran, oyó con espanto la voz de un vendedor de impresos que voceaba el papel nuevo con la sentencia de muerte del poeta Poinsinet por haber matado á un hidalgo en desafío Poinsinet compró el papel, cuya lectura lo dejó todavía más aterrado. Poco después llegaron sus amigos, que confirmaron la fatal noticia; iiicieron en seguida que lo afeitaran y tonsuraran, disfrazándolo luego de abate, y lo condujeron á un pueblecillo inmediato á París, donde había de permanecer oculto. Después de muchas peripecias, cambios dé disfraces y de escondrijos, que divirtieron grandemente á los burlones y á cuantos de ello tenían noticias, Poinsinet recibió la gratísima de que el rey lo había perdonado, concediéndole su gracia por tratarse de un tan gran poeta, gloria de la nación, orgullo del Parná. so, etc. etc. Poinsinet escribió al rey una larga epístola en verso agradeciéndole su merced y sus elogios, y el rey, enterado de la burla, se incomodó mucho porque para ella hubieran hecho uso de su nombre... aunque luego se rió mucho más, porque así conoció para sii regocijo á aquel estrafalario personaje. Relatando el duelo de Poinsinet circularon por París unas coplas satíricas, cuyo pensamiento podría expresarse en castellano, recordando estos dos antiguos y conocidísimos versos: 1,03 muertos que vos matáis gozan de buena salud. FELIPE P É R E Z Y G O N Z Á L E Z DIEUJOS DE J. lEDl A YSIÍA p f, W