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infelices burras protagonistas délos célebres carteles de Se reciben avisos que todos habréis contemplado. No es, pues, la madrugada lo que generalmente se cree. I a mañanita es en Abril muy fresca, casi fría. Por las calles solitarias apenas si se ven unos cuantos barrenderos, un empleado de tranvías que engrasa las curvas de la línea, una pareja de guardias, una trapera que, á medias con su perro, rebusca en un montón de basura, y dos ó tres albañiles que no interrumpen el silencio matinal con el apagadc pisar de sus alpargatas... lya segunda mañana es mucho más rica en carácter. Un mayor movimiento hace pensar en que la vida empieza. El vendedor de periódicos interrumpe con su vocear el silencio matutino. L, as campanas de las iglesias con atiplado repique contribuyen á esa serie de pequeños rumores, que nos hace pensar en que todos los ruidos matinales resuenan en una ciudad acolchonada. El ambiente es puro y tónico... Uno de esos mocetones que tuestan cacao y café á las puertas de las tiendas de ultramarinos perfuma las calles con el olor acre de las semillas tostadas. Los chicos acuden á sus colegios con las carteras llenas afectación comienza por los vestidos que se llaman de mañana, y en los que ponen más interés y cuidado los que con ellos se visten, que en los llamados de paseo ó de soirée. Los pollos elegantes dan una vuelta rápida por los sitios de moda (si puede ser acompañados de perros de raza, mejor) Después toman un aperitivo. El aperitivo es otra vanidad. Se toma porque se llama vcrniouth ó bilter. Si se llamase ruibarbo ó gciicianc, nadie lo tomaría y el efecto sería el mismo. Un rato amargo. Después de este rato amargo, viene el dulce. Que es el de ver á las mujeres, que á estas horas dan su paseito. Este paseo es la nota más simpá. tica de esta tercera mañana. Sin embargo, hay en ello tambiéa sus vanidades y distingos. No es lo mismo el paseo de la Cibeles á Colón, c ue el de Colón al Hipódromo. Este úitinio es más chic. En ese trozo. d e libros, colgadas en bandolera. Al ver pasar á estos muchachos, se piensa con pena en que van á encerrarse en un cuarto mal oliente de la escuela durante las horas mejores del día. En Abril debían estar vacías las aulasy llenos los jardines... Trastos chiquillos, van á la compra, con su cesta al brazo, las cocineras. Un dependiente de tienda de comestibles, vestido de larga blusa blanca, lleva al hombro y en elegante cesto de mimbres el píí í o de la gran casa... I as churreras y vendedoras de café económico se retiran, llevando en la cabeza el desarmado tinglado de su industria. Un soldado en traje de mecánica conduce de la brida un caballo, sobre cuya silla crúzanse las correas de los e. stribos... Un coche de domar pasa guiado por dos cocheros ataviados de hongo y de americana... En medio de estas tranquilas notas, la (327 é? fe burocrática de un empleado que acud; á su oficina ó la chistera y la levita de un señor que va á una boda desentonan el cuadro... Sobre los hierros de los balcones cabalgan las mantas y las sábanas de los que ha poco se levantaron... Un trapero retrasado da sus últimos gritos... Una criada sacude una alfombra... Los tranvías circulan... En los mercados y en las calles estrechas, las verduleras desgreñadas ofrecen en. sus manos puñados de alcachofas... De once á una la vida madrileña se elegantiza, y todo el interés para el observador está en las calles céntricas y en los paseos de Recoletos y de la Castellana, En esas dos horas la vanidad se desborda. La y minutos antes de la una, está la verdadera crema, el gran mundo femenino, los niños de coche infantil con engomadas llantas, las niñas con institutriz yanqui, el delirio de lo smart... ¡Y las pobres cursis sin pasar de la estatua d j Colón. ¿Por qué al llegar allí vuelven humildemente hacia abajo... Quizá esta resignación consciente sea la única nota triste de las claras y alegres mañanitas de Abril... Luis DE TAPIA r- w í- pí; Dn SANCHA.