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I ICE un refrán castellano que las mañanitas de Abril son muy dukes de dormir. I Pero no se fíen ustedes de refranes. Y no porque sea falsa la filosofía que encierran, sino porque sucede que muchas veces tan sólo á atedias aciertan. Y éste de que nos ocupamos, ni á medias. El abrileño modismo únicamente es verdadero en una dozava parte. De dormirson sabrosas todas las mañanitas del año Y el año tiene doce meses. El hombre de las ciudades modernas no mira al calendario para saber si ha de quedarse en la cama más ó menos tiempo. Eo mismo le da que sea Abril ó Diciembre el mes corriente. El amor á pasar la mañanita en el lecho parece en nosotros cosa natural. Y, sin embargo, no lo es. ¡Buenos se pondrían los partidarios del régimen naturalista si yo dijese que es natural levantarse tarde... ISTo y mil veces no. Ya sé yo que el mismo sol nos indica lo que debemos hacer. El hombre, como los animales, debe acostarse cuando la luz falta, y levantarse cuando el astro del día asoma. En este punto la sabiduría está de parte dp las gallinas, y la Verdad, tan amiga de ocultarse jicmpre, se esconde en este caso en cualquier corral. Quedamos, pues, en que la pereza matutina no es natural; lo que no evita que se halle muy extendida. Levantarse á las once de la mañana podrá no serlo, pero á mí me parece lo más natural del mundo. Y como á mí, á mucha gente. Por eso los madrileños, tienen una idea muy equivocada de lo que la mañana es. O suponen que la primera hora del día es un conjunto desagradable de niebla, frío, trasnochadores y burras de leche, ó, apoyándose en lo que ellos conocen, juzgan que la mañana se reduce á tomar un aperitivo á las doce y ver á las señoras ¡Dios las bendiga! pasear de doce á una por las calles céntricas. Suposiciones ambas no muy ajustadas á la realidad. Ea mañana (y sobre todo la mañana de Abril) es mucho más interesante. Por lo mismo que no somos madrugadores, el espectáculo de una mañana entera tiene para nosotros desconocidos atractivos. Nos parece una cosa nueva, y la observamos con tan atento deleite, que la impresión que nos produce se nos fija con gran intensidad. Yo he madrugado en Abril y no me he arrepentido. Desde la cama he llegado corriendo al balcón, he abierto sus cristales, y una fina y olorosa ráfaga de aire templado me ha sacudido la cara. El sol ha calentado mi observatorio, y desde él he visto pasar los interesantes tipos que dan carácter á la mañana. No todas las horas de ella tienen igual fisonomía. Hay, -por decirlo así, tres mañanas distintas. En nada se parecen las horas del amanecer á las comprendidas entre ocho y once, y mucho menos seméjanse éstas á las siguientes, hasta la una, hora en que la mañana puede darse por concluida. Aun á riesgo de parecer algo cursi la comparación, puede decii se que existen, bien determinadas, la mañana del pueblo, la de la clase media y la aristocrática. D El trabajo es siempre madrugador, y las clases populares y obreras imprimen carácter á la primera mañana. Más perezosa la clase media, empieza á las ocao á desarrollar su actividad Eas gentes acomodadas pueden darse el lujo de empezar á vivir al mediodía; tienen también su mañana, pero tan sólo la tienen como un lapso de tiempo higiénico y preciso para no ir a l a mesa desde el recién abandonado lecho. En Abril son agradables é interesantes las tres mañanas. Y quizá más que ninguna de ellas la segunda, por ser la más desconocida. Tratemos de las tres por separado, y que cada cual atienda á la suya según sus gustos y la hora á que tenga por costumbre levantarse. Nada tan bonito como ver amanecer. Esto lo dice todo el mundo, pero lo cierto es que muy pocas personas se dan por gusto, esa satisfacción. Ha 5 quien no ha visto salir el sol más que con ocasión de un viaje en ferrocarril. En las poblaciones, y para sus habitantes, esta primera mañana es un misterio. Para observarla es preciso un caso de fuerza mayor. Cuando se vela á un enfermo, cuando hay que acudir á la estación á recibir á un pariente c ue llega en los primeros trenes, y en otros casos semejantes es cuando únicamente se presenta ocasión de contemplar estas horas matinales, que no tienen el carácter que se las atribuye. Ni existe el tipo del libertino transnochador que con el sombrero torcido y la pechera arrugada vuelve á su casa después de la orgia, ni se ven esas burras de leche tan unidas á todos los relatos de madrugada, y que hoy han disminuido mucho en número. Sin duda los catarrosos han tomado otros métodos curativos y la quina ha perjudicado á esas