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enamorado de Inés, dio en acosarla con ahinco. Y nuestra Inés, esposa Honesta, no quiere ceder; pero tarapoco encuentra motivo para desairar á un guapo mozo, prudente y favorecido de las damas. Hay, pues, que motivar el desahucio para que no padezca el sentido estético. Inés trazó su plan, preparando hábilmente su comedia, y la representó con la falsísima ingenuidad de un arte consumado. I, ugar de la acción, un gabinete de casa aristocrática; hora, las dos de la mañana. Inés y Juan están sentados en un precioso gabinete de estilo de larris XV, y si no solos, poco acompañados, porque la mayor parte de la concurrencia se ha reconcenti ado en la gran sala donde se baila el cotillón. Inés sufre el quinto ó sexto asalto de Juan, y lo recibe en pésimas condiciones de defensa. Conjúranse en su contra el calor de la atmósfera, el perfume de las flores que embriaga, la música que suena lejos con cadencia incitadora, los vapores del champagne que adormecen el espíritu y lo inclinan á dulces ensueños, la hartura de la cena que vigoriza la sangre, y hasta el ejemplo provocador de las parejas amorosas que pasan, y entran y salen, encendidos los ojos y rosadas las mejillas. Comienza, ó más bien continúa el diálogo: -Pero una esperanza, siquiera una esperanza. ¡Ay! En casos tales dar esperanzas es dar amor. O se siente ó no se siente. t, a mujer que promete rendirse, está ya rendida. -Si no se arrepiente. Y casi son más las arrepentidas antes de cumplir que las arrepentidas después d e cumplir. -Yo soy de las formales, y creería desmerecer si me arrepintiera. -Pero yo soy de los contentadizos; viviría por lo menos hasta que usted se arrepintiera. -Viviría engañado. ¿Y qué es la felicidad sino el engaño de nuestros propios pensamientos? Quien se juzga feliz, ya lo es. -íyC quiero demasiado bien para engañarle. ¡Y prefiere usted matarme! -Prefiero callar por no disgustarle sin razón. Cada vez que sin ella me niego á un pretendiente, padezco más que él. ¡No he nacido para esto! Pero las mujeres no somos señoras de nuestra voluntad. Mandan en ellas y las obligan las bocas ajenas; las bocas que nos censuran, que nos difaman. ¡Ah, la reputación, la reputación! Esa es la cadena... Juan se animó, pensando que Inés no temía el pecado, siuo la publicidad. -Cierto, cierto, ouando una dama cae en brazos villanos. Mereceré el desdén, mas no la injuria. Mi sigilo es mi fuerza- -murmuró Juan al oído de Inés, con voz casi imperceptible, como para remachar así su discreción. -Todo se sabe luego. Desde aquí estoy mirando un ejemplo: el de esa hermosa marquesa que ha pasado cinco veces por este saloncito (las llevo contadas) y ahora se sienta enfrente de nosotros. Pues todo el. imndo sabe que ha favorecido á tistecl. -Pues todo el mundo sabe más que yo. Puede ser que ella lo haya referido. H a j personas que quieren llamarla atención Iiasta por sus manchas. P a t r a ñ a s de sus envidiosas, calumnias despechadas de sus desdeñados. -Ahora creo más qué usted ño es de los desdeñados, cuando, la defiende. -Ni desdeñado ni solicitante. ¡Me lo niega usted á mí! ¡Vaya una confianza! ¡Y pretende que yo le otorgue la mayor, que otorgan las mujeres! ¡Qué lejos estamos! -Insisto en... -lín el secreto. Pero ella lo publica. No, hay más que verla. Habla con su pareja. Pero ni sabe lo que le dice. Su intención y su mirada están en nosotros, en usted. -Curiosidad, pura curiosidad. -Celos, puros celos. Inés hace una larga pausa, y desoués dice: ¿Y si yo los tuviera de ella: ¡Ojalá! Sería porque me amaba usted. ¿Y si yo pusiese en tormento el amor de usted, exigiéndole esa confesión? -Sería tormento cruel. ¿Cómo decir lo que no existe? -lyO repito: no merece mi confianza quien me niega la suya. Juan dio por vencida á Inés. ¿Quién n o la daría oyéndola hablar de celos? Y se escurrió para que. ella acabase de escurrirse. ¿De verdad son celos? -Celos. ¿Pero va á sentirlos también por lo pasado? J u a n hace, como antes Inés, una larga pausa, y después dice: -Cierto que la marquesa y yo... ¿I o ve usted? -Lo vi, lo vi; no lo veo, porque ahora no hay nada. -Pero lo hubo. -Y acabó en cuanto conocí á usted, hermosa Inés. J u a n había caído en el lazo que la honestidad tendía al atrevimiento. ¡A. h! -exclamó Inés, fingiendo la tristeza de un desengaño. -Mire como todo se sabe; mire como tengo razón para resistir. ¿Conque así confiesa y publica favores de la mujer que le amó? ¿Y quiere usted que yo le ame para contarlo mañana á otra nueva amante? Arrepentido de su ligereza, Juan quiso enmendarla. -Perdóneiue este exceso, que es sólo de amor á usted. Para conseguir el suyo, me h a obligado usted á mentir. -Peor todavía. ¿Conque es usted capaz hasta de calumniar á las mujeres? Aun siendo verdad, debería callarlo per caballerosidad. El misterio es el mejor compañero del amor. Recuerde usted la fábula de Psiquis y Cupido. Quiso la hermosa conocer á su amante incógnito. Trajo luz, y, despertado, el amor huyó para siempre. Confuso y avergonzado, D. Juan huyó, también para siempre, de su amada. EUGENIO SELLES DIBUJOS DE MÉNDEZ DniíNO