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4 í LA MANO BLANCA La noclie está riendo... En el espacio, la eterna enamorada, que nos cuenta, entre besos y suspiros, sus penas y nostalgias de mujer que al amado que busca jamás halla; su luz amable, dulce, á torrentes derrama... La ciudad hace rato que duerme, que descansa de su ruda labor; ahora sus fuerzas cuidadosa repara, confiando á la luna, de su sueño la guarda... ¡La ciudad ahora duerme! Sus calles solitarias, las cruces de sus torres, la cal de sus fachadas blancas como sudarios, lasilores de balcones y ventanas, su pesado silencio y su plomiza calma, danle el aspecto triste de un cementerio... Canta la siniestra lechuza sus canciones agoreras, metida en una raja que. en la piedra hizo el tiempo en el remate de la torre más alta... El gigante de bronce, el cruel verdugo que al suplicio nos lleva, en su campana, que es de la humanidad reina y señora, da doce campanadas sonoras, lentas, graves, que en él eco se rompen y se apagan. En una estrecha calle y de una vieja casa, con femenil sigilo, ábrese una ventana... Posándose en- sus hierros se ve una mano blanca, una mano de seda, de alabastro ó de nácar... Después, algo muy bello se asoma... ¡es una dalia! formada con la nieve más pura, que encontróse en la montaña, en el pasado invierno, por el artista de más talento y fama. ¿Qué espera á tales horas aquella linda flor en la ventana? ¿Por qué, por c ué suspira. ¿Por qué y á quién aguarda, hablando con la luna de aínores y esperanzas, en el mudo lenguaje de los suspiros y de las lágrimas? ¡Ah... Porque tuvo un novio que en su oído vertió suaves palabras, y le dejó en los labios di- lces mieles y muchas ilusiones en el alma... Porque una triste noche, al escuchar las doce campanadas sonoras, lentas, graves, que el gigante de bronce en su campana hizo sonar, mostrando que es el dueño de espacios, mundos y almas, antes de que en el eco se rompieran, antes de que en el eco se apagaran aquellas vibraciones perezosas y tristes y metálicas, él- ¡para siempre acaso! -dejó aquella ventana, en laique ya no hay flores desde que ella dejara... mas la que siempre se abre, con femenil constancia, todas las noches, al sonar las doce, del reloj en la áspera campana por la mano de seda, de alabastro ó de nácar, que, posada en sus hierros, I acientemente aguarda que unos labios amantes acudan presurosos á besarla. CARLOS FERNANDEZ ORTUÑO DIBUJO DE CÉSAR ALVAIÍEZ