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á L r Sv 5 EL S E C R E T O DE LA F E L I C I D A D 1 perro se paso á dormir, tendido al sol sobre la arena; pero pasado un. breve rato, este admirable p a r r ó s e cansó de dormir y creyó prudente desperezarse. Se estiró, pues, sobre sus patas, abrió la boca, bostezó, miró al cielo, y confortado con la vista de aquel hermoso iirmamento azul, salió trotando á pasito corto. ¡Fi, fi, fi... -le silbé yo desde lejos. Y el bueno del can, considerando que el hallazgo de un amigo no es cosa que se deba despreciar, cambió de rumbo al oír mi silbido y se irié a. cercó, coa la cola de punta y los ojos alegres. Fuimos paseando, como dos perfectos camaradas, camino adelante, hacia un campo de hierba matizado de inocentes margaritas. Y nos comunicábamos los dos nuestras impresiones de la manera que usan los hombres y los perros para entenderse: j o, pronunciando palabras, haciendo gestos ó lanzando imprecaciones, y él, saltando, meneando la cola ó rompiendo á correr entre delirantes alaridos de entusiasmo. Y tan completa, tan absoluta y firme era la alegría del perro, que repentinamente me detuve y le dirigí á mi imprevisto amigo estas candidas palabras: -Pero tú, humilde ser canino, ¿cómo te arreglas para estar dichoso, y tan dichoso; tan terminantemente dichoso? ¿Cuál es tu secreto, si es que tienes algún secreto- panacea... Entonces el perro me miró recta y profundamente, dio un salto brusco, salió corriendo y pegó un ladrido, tal como si me dijera: Ahora vas á ver la entraña de mi secreto. Efectivamente, el perro se llegó hasta un guarda de campo, que le amenazaba con la escopeta, é ipso faclo mi buen perro le enseñó los dientes al guarda y le ladró con fuerte. Con estentóreo ladrido: después se marchó á la puerta de una casa, donde había un niño mofletudo que lloraba á lágrima viva ó grito pelado, y acercándose al niño le lamió la mano, le lamió la mejilla, hizo una pirueta grotesca, hasta conseguir que el niño cambiase su llanto por una sonrisa; finalmente el perro saltó un cercado, vio la pradera esmaltada de margaritas, y en aquella blancura é inocencia de las flores silvestres, el admirable can, inocente como l a s mismas margaritas, se revolcó y se gozó hasta cansarse. Y desde allá lejcs, el perro se puso erguido sobre sus cuatro patas, me miró y me lanzó Un brusco, un j u venil ladrido, tal como si me dijera: Mira aquí explicado, con las tres cosas que acabo de hacer, el secreto de la felicidad. El secreto consiste en ser Jibre, en ser bueno y en ser inocente... J. M. a SALAVERRIA DIBUJO DE REGlDOrt