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úJnica del marqués del Resolar y sola heredera de la condesa de Entensa. abuela materna de la joven, puesta en el fiero trance de decidir, con un sí ó un no de cosa tan importante como es la de admitir amores de un honi- re, lo cual compromete á compartirlos y á casarse luego con él. íí jte es el liecho. Repito que lo esperaba, pero debo añadirte, hija mía, que esperaba también que ocurriese de un modo bien distinto á como me lo presentas tú. Me dices, en resumen: Jaime Escalante, el primogénito del duque del mismo título, de veintisiete años, guapo, rico, fonnal por el momento, y, al parecer, muy enamorado, aspira á tener relaciones contigo, y á que, pasados unos meses, contraigáis justas nupcias ante Dios y los hombres. Añades que entre todos los que hasta ahora te han cortejado, es Jaime el que encuentras 772 ffí rjerosímil son ÍVLS palabras) que no sientes por él el amor tal cual lo pintan en las novelas y en el teatro, de lo que estás bien segura, porque no hay aquello de llorar su ausencia, de alegrarse cuando está presente, de padecer si uiira á otra ó baila con ella, experimentos que has tenido muy buen cuidado de hacer, con objeto de asegurarte de la clase de afecto que te inspira, y que, sin vacilar, clasificas en el género de simpatía indiferente. Continúas diciendo que, no obstante, estás inclinada á acceder á lo que pide, por una porción de buenas razones que no enumeras, pero que imagino serán aquellas de que el fin de la mujer es el matrimonio; que ya cuentas veintitrés años y hay que ir pensando en no quedarse para vestir imágenes; que tienes gana de cambiar de vida porque ya no te divierte la que haces, y, por último, que todas tus más íntimas amigas se han casado. ó están al caer. ¿Me equivoco? Y todo ello me sugiere una porción de consideraciones que no debo guardar para mí, aunque te parezcan chocheces pi opias de una vieja, muy por fuera de la corriente y tan atrasada en ideas como en modas. Así, pues, hija de mi alma, aguanta con paciencia el sermoncico en gracia á la buena intención con que lo enjaretoy al cariño tan grande que te profeso, y lee hasta el final, aunque la carta te parezca larga, que aun cuando no logre convencerte hasta el punto de que adoptes mis ideas, quizá loque te digo sirva para hacerte reflexionar antes de decidir en cosa tan grave como es el matrimonio. No sabes, hija mía, la pena tan grande que me causa ver cómo piensas respecto á lo más serio que h a y en la vida. Sea porque tu sensibilidad afectiva no se haya conmovido aún, sea porque esté algo atrofiada merced á la vida de lujo, placeres y bienestar perpetuo que la fortuna te h a deparado, débase á escepticismo y frialdad hijos de la moda, ó quizá á que no teniendo madre en quien confiarte, cuyos consejos y experiencia te sirvieran de guía en la vida, hayas adoptado un sistema preventivo contra toda emoción, de cualquier clase que sea, defendiéndote así de las peligrosas, aun á riesgo de no ceder ante las que no lo son, es lo cierto que siento frío en el alma al ver que estás á dos dedos de decidir tu boda, es decir, á encadenarte para siempre á un hombre por el que no sientes más que simpatía, y á pretexto de que á ello te inclinan una porción de razones cuya fuerza de convicción deduzco del hecho de que no me las hayas querido referir. ¿Tan escasa importancia concedes al amor, hijí) mía querida? ¿Crees, por desventura, que no existe más cjiUe en las ficciones de la novela y del teatro? ¿Tal desconocimiento haces de él, que no supones, ni siquiera en hipótesis, que un día venga á visitarte, tomando una envoltura corporal que no sea la de tu marido? Aun á riesgo de parecerte ridicula y de que dejes de sentir respeto hacia mis cabellos blancos, te diré que el amor es lo único que poetiza y hace bello el vivir; que á todos, nobles y plebeyos, ricos y menesterosos, tontos é inteligentes, les subyuga alguna vez, y que las emociones que el amor produce son las que se recuerdan con más ternura en el ocaso de la existencia. El amor es todopoderoso; da la visión de la felicidad aun al ser más miserable y desvalido. Es capaz de los mayores milagros, incluso el de dar la vida á quien está al borde del sepulcro. Eso me ocurrió á mí. Recién salida de la niñez, se prendó de la que más tarde sería tu abuelita un hombre que la, duplicaba la edad cuando menos, y cuya posición brillante influyó mucho en que mis padres acogieran sus proyectos de inmediato casorio con algo más que benevolencia. Tenía j- o dieciocho años, ninguna experiencia del mundo, y me sedujo la idea de convertirnre en señora formal, de ordenar mi casa y de lucir joyas, vestidos y trenes que envidiarían mis amigas. Me casé sin amor, como tú quieres hacerlo. Mi marido no pudo encontrar en mí más que tina esposa sumisa, á quién en los primeros tiempos inspiraba más miedo que cariño; en vista de mi frialdad, pronto me dio de lado- -con gran contento por mi parte- -y reanudó la vida de disipación que siempre había hecho y que, á la postre, dio con él en la sepultura. Quedé viuda á los veintiún años, y, si te he de decir verdad, tan poca pena me causó su muerte, como me había producido la noticia de sus infidelidades. Todo me era indiferente; tenía una hija, mi Eaurita, en quien puse todas las adoraciones de mi alma. Pero la pobrecita me abandonó á su vez, me dejó sola, enferma, y creí que con ella habían partido mi juventud, mi alegría y mis ilusiones todas. La tristeza me consumía, una tristeza incurable, que nada ni nadie podía vencer, y, apoderándose de mi espíritu, me puso al borde de la tumba, coa ayuda de una tisis que minaba mi organismo abatido. No había esperanza... Eos médicos me visitaban por lástima de que, si notara su falta, me percatase de mi precario estado; pasaba los días tendida, sin fuerzas para moverme y poniendo todas nris energías en fingir que ignoraba la inminencia de mi muerte, para que mis padres no sufriesen más al ver que de ella estaba yo convencida y segura. Entonces conocí á tu abuelo. Vino á casa; desde el primer momento le inspiré lástima; por caridad primero, por naciente simpatía después, volvió á visitarme uno y otro día; la compasión trocóse en afecto, el afecto en cariño, éste en amor, y á los dos meses no había quien le separase de mi lado. Pero ¡qué triste amor el nuestro, hija mía! Yo, moribunda, exánime, veía que la vida me iba faltando y me moría con la pena de dejarle para siempre. El, desesperado al contemplar cómo me extinguía poco á poco. No sabes lo que ambos luchamos para disimularnos nuestro afecto; pero la pasión pudo más, -y un día, por fin, rompiéronse los diques de nuestra voluntad. ¡Qué alegría en medio de mi pena! No me marchaba del mundo sin conocer el amor; ¡casi al borde de la tumba alcanzaba mi parte de felicidad! Entonces Enrique se encerró con mis padres; les habló con la elocuencia que la pasión presta, y pudo obtener su consentimiento para que, no obstante mi estado, nos casáramos en seguida. Así lo hicimos; con mil precauciones me llevó á una finca que tenia en Málaga á orillas del mar, y allí, con el remedio de su cariño, ante su firme voluntad de salvarme, empecé á renacer y, pasado el tiempo, recobré por completo la salud. El culto, la veneración que le dediqué siempre, no han sido bastantes á recompensar lo que por mí hizo; me dio la dicha; me salvó, á fuerza de cariíio y de abnegación, de una muerte prematura. Esto, hija mía, puede hacer eiamor. Créeme: espera á que llegue para ti, que llegará, no lo dudes, y cuando venga, en vez de abroquelarte contra él, acógele como fruto bendito, ábrele tu corazón y está segura de que aun cuando por su causa alguna vez sufras, es buen pagador, y sabrá recompensarte con creces. Y hago punto, y no te canso más. Al llegar aquí, la anciana cogió la pluma, puso al pie de la carta su firma y rúbrica y, dando un suspiro, levantó los ojos hacia el retrato que, como siempre, bondadosamente la sonreía. ENRIQUE M A U V A R S DIBUJOS DE MÉNOnS B: Í 1, GA