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ld- A í í i r t v f íT LA MUERTE DE MOCHILA A estaba muy viejo el pobre Mo: Jiüa. Veíamosle consumirse poco á poco y acurrucarse en los rincones, rehuyendo nuestra presencia, falto de aquella alegría que á todos nos comunicara en algunas ocasiones. Sus maullidos no eran, como otras veces, jubilosos ó cordiales, sino lastimeros. Vagaba por la casa como una sombra. Tiempo ha que hubiese muerto, de haber caído en otras manos, Pero hay gatos con suerte, lo mismo q- sie hay personas afortunadas. En nuestra casa, que siempre fué para él un palacio, tuvo Mochila en cus últimos tiempos todos los cuidados que necesitaba, Gracias á ellos se prolongó su vida. ¿Su enfermedad, Ninguna, Es decir, la única que no puede evitarse, la sola digna de un ser animado, a que debería excluir á todas las demás. Y así será para el hombre cuando la medicina se extienda lo bastante para que desaparezca. Sufría, pues, Mochila- -si eu ello hay sufrimiento- -el finiquito y consunción de la materia, Viéndole en tales hora. s, sentí algunas dudas respecto de ciertos estados del hombre, que han motivado terribles discusiones filosóficas, ¿Son exclusivamente físicas esas sensaciones de alegría ó tristeza, de animación ó decaimiento que nos acometen, Y si no lo son, ¿es que los animales tienen para recibirlas y para expresarlas ese algo inmortal que sólo el hombre cree poseer, Mochila, en sus últimos tiempos, ya no era aquel gato admirable y expresivo que ponía un comentario en todos los sucesos de la casa que con él se relacionaban. En su buena edad, escogía los sitios que le eran más gratos, comía de todo y con todos, saltaba ágil á los pies de la cama de su amita para disfrutar del tibio caiorcillo en las noches invernales. Husmeando las puertas, cerradas á su golosa actividad, adivinaba en la escalera los pasos anunciadores de su alimentación. Cuando volvíamos del paseo ó del teatro, saludábanos con verdadei o júbilo, revolcándose en el suelo con elegantes ademanes... ¡Da otra vueltecita. Mochila. Y rodaba como una pelota, limpiándose en seguida con la escrupulosidad propia de su especie. Todo esto se fué acabando poco á poco. Mochila j a no podía saltar al lecho preferido, ni espiaba los pasos de la muchacha, ni vigilaba las puertas, ni apenas nos daba la bienvenida. Aco. stábase en una muelle camita, improvisada en un i- incón abrigado; no tenía gusto para andar de una en otra parte ni quería comer nada. Se le daba tru poco de leche y algún platito de sopa, sirviéndoselo con una cucharita como á una criatura... Hace pocas noches, al retirarme á mi cuarto, se levantó un momento, me hizo un débil saludo y me miró sin verme... Sus ojos eran dos globos opacos, su piel estaba deslucida y transparente y en su cara había un no sé qué verdaderamente lastimero, Me dio pena, Y por fin á los dos ó tres días todo acabó, Al ir á darle su sopita, vióse bien claro que Mochila se moría, Se llevó una patita á la garganta, como si quisiera arrancarse lo que le mataba; respiró con fuei- za, hizo un esfuerzo supremo para incorporarse, animáronse un momento sus ojos para dirigir su última mirada á las personas queridas, y murió, iíurió como una persona, Todos le lloramos y yo lo confieso, ¡No en balde se viven años y años junto á un ser que fué ganando nuestro afecto, que participó de nuestra historia. Recordé entonces los pequeños sucesos de Mochila y cada uno de ellos excitó nn ternura y mi tristeza... Porque, ¡ay! cuando se extingue algo de lo que nos rodea, es tamtbién algo de nuestra propia vida lo que vemos acabarse para siempre... ANTOKJO P A L O M E R O DIBUJO DE EGIOOR