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anana entrará la primavera. Vendrá esta florida estación a npañada de sus ninfas, de sus pájaros, de sus brotes nuevos, de sus tibias a u r a s De la mano traerá á Cupido... Pero á pesar de tan brillante acompañamiento, no me volverá á eno- añar. Lo que es á mí no me la da ya la primavera. Durante muchos años, ¡ay! de mi juventud la lie cantado en poéticas estrqfas. En toda clase de ritmos y medidas la lie piropeado. De habérseme ocurrido, hubiera tomado unas lecciones de exáinetro en casa de Salvador Rueda, y hubiese dedicado unos cuantos de estos versos primaverales á la triunfante estación... Como poeta he sido un hipócrita. En verso te he alabado, ¡oh risueña primavera! porque el verso es el lenguaje de los grandes mentirosos. Pero en prosa me vas á oir unas cuantas verdades. Tú engañarás á los trovadores, pero á mí no me volverás á embaucar con tus falsos atractivos. Guárdate, pues, tus ramitas de almendro eu flor, que yo bien sé que jamás han de cuajar en fruto flores tales. Haz callar á tus pájaros, que pían de hambre porque no pueden engullir el grano ya ger- minado. No presumas de dulce ambiente, que eres traidora y nos helarás la sangre con ráfagas frías. Dale un caldito al nene que te acompaña, y cuídale, no se te vaya á desgraciar tan linda alhaja... Conmigo no te ha de valer tu exuberante alrezzo. Sé muy bien que es de guardarropía. De hoy en adelante no me volverás á engañar. Eres mujer, y he decidido no hacer caso á las mujeres. Todos esos encantos de que presumes, se los cuentas á Cupido, que es otro embustero como tú. A mí no me vengas con que eres la alegría, la nueva vida, la juventud del año, la época de las grandes fiestas, la estación de los placeres campestres, de los sonoros gritos, de los radiantes colores... Porque todo eso te lo voy á destripar ahora mismo, y si no, escucha: ¿Tú qué me ofreces... I- -Flores de almendro. ¡Muy bonitas para los poetas... El bardo llega junto al árbol, canta su trova y en seguida desapa-