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-Ya has interesado á tu auditorio. Puedes comenzar el relato, Haraldo- -dijo Fernández Acevales. -Opino, sin embargo, que estaríamos más cómodos en el saloncito. Se escuclia mejor cuando se está sentado en una buena butaca... ¿no les parece á ustedes? -preguntó Mac Allain. -Conformes- -asintió Sperazzi. Levantáronse todos; los caballeros ofrecieron el brazo á las damas y pasaron al saloncito, que daba á una amplia terraza, desde la cual veíase el mar inmenso, bañado por la blanca luz de la luna llena. -Ofrézcame usted un cigarro- -dijo la condesa Vyanska al anfitrión. Este se apresuró á darla una pitillera de oro; encendió ella el aromático cigarrillo ruso, é indolentemente reclinada en el respaldo de la butaca, se dispuso á escucharla historia anunciada, mientras sus labios, rojos y frescos, daban paso de trecho en trecho á una nubécula que se elevaba en el aire, y que ella seguía con la atenta mirada de. sus ojazos azules. Q u e d a pues, sentado que todos ustedes conocen á la Sovianowsky. Siempre la verán en las salas de iuego; entra allí á las nueve en punto y se marcha á la una de la tarde para almorzar; vuelve luego á las tres y media, y aún la encuentra uno junto al tapete verde á las doce de la noche. l í o se mueve de Monte- Cario. ¿Ni en verano? -preguntó Van den Boorglie. -Ni siquiera en verano- -continuó el narrador. -No hay para ella más mundo que aquél ni otra i) reocupación que la ruleta. ¡Una verdadera manía! Está fuera de duda que cuando muera se despedirá de este mundo con el clásico ¡no va más! -Bueno; ya nos has retratado á la Sovianowsky moral y físicamente- -dijo Acevales á Brócker; -pasemos á la historia prometida. -Es sabido que la heroína de este suceso vive hace diez años en el Gran Hotel, y también conoce todo el mundo su afición á la música, único sentimiento que el vicio del juego no ha podido desarraigar. Noches pasadas, una orquesta ambulante de músicos italianos estuvo amenizando la hora de la comida con la ejecución de las piezas más selectas de su repertorio; no hay para qué decir que Ca 7 jaUeria ruslicana. Bohemia, Fagliacciy Tosca proporcionaron los números de resistencia del improvisado concierto, amén de una variada colección de tarantelas, barcarolas y otras canciones populares, que los músicos tocaron como propina. La princesa Sovianowsky, materialmente cuajada de perlas, esmeraldas, rubíes y turc uesas, presidía la mesa, según inveterada costumbre. Su satisfacción no reconoció límites cuando preludiaron las melifluas armonías de Bohemia, su ópera favorita, y luego al escuchar las romanzas en que suspira la viola, gime el violoncello, y el contrabajo acompaña con sonidos muy parecidos al hipo del sollozo. Tal estado de ánimo explica que, una vez terminada la comida y al hacer la colecta por todo el comedor, dejase la princesa en la bandeja que uno de los músicos circulaba, una moneda de veinte francos, dádiva la más cuantiosa de las recibidas aquella fausta noche, que valió á la donante una reverencia capaz de tronchar cualquier espinazo por muy flexible que fuera. Para la debida fidelidad histórica, ha de saberse que acj uella tarde no se mostró esquiva la fortuna con la Sovianow. sk que acertó una racha de encarnados, y embolsó, por ende, buena suma de francos. Levantóse de la mesa, se fué á la sala de lectura, se acomodó en su butaca acostumbrada (la butaca de la princesa, como la llaman) y después de pedir tres ó cuatro periódicos quedó dormida apacible y tranquilamente. Esta siesta después de comer es uno de los hábitos de la princesa que todo el mundo conoce, y ya se sabe que nadie la turbará en su sosiega, que dura, por lo regular, hasta eso de las diez. La íioche de rai cuento- -que no es tal, sino verídica historia, como ya he dicho- -despertó la noble dama asustadísima por causa de una tan fuerte embestida que diera, que sin duda en sueños le hizo temer que su cabeza, desprendiéndose de los hombros, fuese rodando al suelo y tuviera que ir á buscarla debajo de la amplia mesa, sobre la cual se ven los periódicos y las revistas que se publican en las cuatro partes del mundo. Se incorporó, no sin mirar antes si algún indiscreto había visto su brusco despertar. -ilaj que ser justos- -interrumpió Acevales; -cuentas bien, pero te recreas demasiado en los detalles. -No seas criticón ni impaciente. Ya termino. -DéjCle usted que diga cuanto ciñiera, Acevales- -dijo la de Simia. -balió la princesa del salón de lectura, después de echar una ojeada al espejo, y vio cjue, por consecuencia de aquella violenta cabezada que puso fin á svr sueño, se le había medio desprendido un pájaro tropical verde; amarillo y rojo, que, á guisa de remate, lucia en lo a t; del moño de su peluca, y comprendió la necesidad de subir á su cuarto para remediar la avería. Metióse en el ascensor y llegó a su habitación, cuya puerta abrió ai propio tiempo que daba vuelta a l a llave de la luz eléctrica. A duras penas pudo retener un grito. Allí, sentado, estaba un hombre, vestido con blanco pantalón de franela y americana de alpaca. Era un tipo de correctas facciones, melena larga, negros mostachos retorcidos, y la miraba fijamente con sus ojo. s brillantes; se puso de pie y la saludó con grandes reverencias, diciéndola en un idioma mezcla de francés é italiano: Aquí me tiene vuestra alteza; mándeme lo que quiera. La princesa reconoce al punto en el intruso al jefe ó director de los músicos de marras, y llena de indignación le pregunta qué hace en su cuarto á tales horas. $1 hombre, entre saludos y zalemas, y mostrándole el violín que había dejado sobre una mesa, le dice: La señera princesa echó- veinte francos en mi bandeja; he creído que la señora princesa quería un concierto privado j me he apresurado á subir á su cuarto. Indíqueme la señora princesa qué romanza quiere que toque; estoy á s u disposición. Figúrense ustedes el asombro de la Sovianowsky; con un gesto lleno de majestad indicó al atrevido que se fuera más que á paso, é hizo que subiese el administrador del hotel, á quien exigió, so pena de inmediata mudanza, que no volviera á permitir la entrada al emprendedor músico ni á sus compañeros de orquesta. Y esta es la razón por la cjue la princesa Sovianow. 3 ky no pisa las salas de jueg o hace ocho ó diez días. ¿Por qué? -preguntó niistress Mac Allain. -Porque es supersticiosa, y dice que ese insolente le ha dado mala sombra con su declaración. ¿Es posible? -exclamó la de Simia entre las carcajadas de la reunión, -Claro; dice: Afortunada en amores, desgraciada en el juego; ya no me volverá á acompañar la suerte. ¡Ese belitre me ha hecho mal de ojo! -De lo que se deduce, como moraleja- -resumió mistress Mac Allain, -que el dar propinas- más cuantiosas de lo que es usual y corriente, puede producir sorpresas desagradables. -A lo menos en Italia- -concluyó el duque de Simia, qtie hasta entonces no había desplegado los labios. G. ANTHONY DIBUJCS DE MÉNDEZ BRINGA