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La condesa Vyaiiska apenas escuchaba la mjiniciosa descripción que el pintor Boorghe le hacía de los en cantos que para el viajero tiene Brujas la Muerta, cuando desde el otro lado de la mesa la intérnelo la de Simia: -Irma, ¿es verdad que conoces á la princesa Sovianowsky, como asegura Brock? r? -A ella personalmente, no- -contestó la dama, -pero sí á su familia. ¿Y qué clase de gentes son? -Muy distinguidas. Nobleza antigua y de buena ley. ¿De quién hablan ustedes? -interrumpió mistress Mac Allain. -De la princesa Sovianowsky, señora- -dijo Brocker. -Esa vieja estrafalaria que no se aparta un momento de la ruleta... No recuerda usted? f. I I i i. f -No... no me he fijado. -Es imposible que no haya reparado usted en ella, Maud- -añadió Acevales; -llama la atención de todn el mundo. -Pues no sé... -Sí, Maud; una señora alta, flaca, vestida con trajes muy ricos, pero ridículos por su forma anticuada; -s a siempre cargada de alhajas, collares, pendientes, sortija. s... -Y lleva una gran peluca rubia- -completó ¡Ah, sí! Ya sé quién es- -dijo la rubia Maud. -Pero yo creía que eran falsas esas joya; -Degítimas de toda legitimidad, señora. -Las alhajas son tan legítimas como lo es la nobleza de su familia- -afirmó la condesa Vyauska E n t o n c e s ¿es muy rica? -Inmensamente. -Bueno; ¿y con qué motivo hablaba usted de ella, Haraldo? -Le empezaba á contar á la duquesa una aventura extraordinaria que le ocurrió hace poco. ¿Aventura amorosa? -preguntó el barón Sperazzi. ¡Hombre! ¿Amores á su edad y con su facha? -exclamó Van den Boorghe echándose á reir. -Cuéntenos eso, Brocker, que debe ser curioso- -indicó Maud. -Y exacto además.