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1 -J i í Wíl ft -jijif Í T: i i fli k JW LOS PE ES A señora- -dijo la linda camarerita que acababa de introducirme en el gabinete- -vendrá en se mida. Lanzó una rápida ojeada para cerciorarse de que todo estaba ordenado y limpio, y salió. Una suave luz crepuscular taladraba las albas cortinillas que vestían los cristales del balcón, bruñendo el límpido perímetro délos espejos, derramando tonalidades gaj as sobre los muebles: veladorcilios de palo santo con incrustaciones nacarinas; jugueteros versallescos de acero y cristal, en los que había gnomos de porcelana y reían máscaras clownescas de barro; silloncitos elegantes y frivolos, como destinados á no durar más que el espacio breve de una vida. Encima de un amplio lavabo con piedra de mármol, había multitud de pomos con esencias: unos pequeñines y ventrudos; otros, más altos y esbeltos; éstos, rojos como la sangre; aquéllos, morados ó azules como las venas, y todos muy encintados y orondos bajo los finos casquetes de gamuza blanca que cubrían sus tapaderitas de cristal. Los más diversos colores estaban representados allí; desde el ocre caliente al amarillo pálido, desde el añil intenso al verde otoñal, desde el salmón al carmín. Y también todos los olores, todas las esencias: esencias de violetas, de rosas, de jazmines, de musgo, de reseda, de nardos, de heno, de chipre, de magnolia, de azahares, perfumes ingleses exquisitos, aromas penetrantes y raros del Japón... Poco á poco, sigilosamente, una grave tristeza fué apoderándose de mí; ante aquella plateresca sinfonía de perfumes y de colores, mis ideas se nublaban. Pensé: ¡Frasquitos odorantes, nacidos para recreo de nuesti- os sentidos, vuestra alma es de melancolía! En vuestras panzas diminutas han cristalizado las fragancias y los matices de las viejas primaveras, y el perfume que ahora ofrecéis pertenece tal vez á las mismas flores que hace muchos años, en una dorada mañana de Mayo ó de Junio, mis ojos admiraron en un huerto andaluz, mojadas de rocío y bañadas en sol. Sobre los macizos de claveles y de rosas, sobre las amapolas que, semejantes á viruelas ardientes, acribillaban el rubio tapiz de los trigales, las abejas zumbaban golosas y contentas... Pero luego, al mediar el verano, la mano cruel de un jardinero cortó vuestros cuellos ondulantes; después vuestros pétalos de luz cayei on magullados y deshechos en el fondo de obscuro? EI iubiques, bajo los cuales un fuego de infierno crepitaba, y de aquellas horribles maceraciones la ciencia ¿el químico sólo quiso salvar vuestro olor. A eso nada más, á una vibración aromosa que se volatiliza, quedasteis reducidas. ¡Esencieros de cristal! En vano el ingenio astuto de los peri umistas os adorna con etiquetas y sedeñas corbatitas de colores; inútilmente también vivís en la intimidad coquetona de los bo 7i doirs; vuestra alma iugrave es triste; hay en vosotros algo muerto; sois á modo de ataúdes diminutos, donde reposan, convertidos en lágrimas de aroma, los olores silvestres y la fresca orquesta multicolor de los días mozos... Vino á interrumpir mis meditaciones la brusca aparición de la señora á quien yo esperaba. Era una dama elegante, de ademanes lentos y aristocráticos, metida en un vistoso traje de seda negra. Un penetrante olor á jazmines la envolvía. Sus cabellos, completamente blancos, daban al rostro austeridad y melancolía. Mi interlocutora mostróse expansiva y amable. Era una mujer que sabía hablar con entusiasmo alegre, y fingir, cuando escuchaba, atención curiosa; era distinguida, atrayente, discreta, como pulida por el rOce educador del gran mundo. Sin enibargo, su regocijo me parecía un tanto triste; aquel contento era también una esencia, la flor de eso que llamamos buen tono perfume amargo, único aroma que el jardín de la vida dejó en los viejos. Sin advertirlo, mis ojos y mi pensamiento se volvían hacia el tocador. ¡Esencieros de cristall Todos vosotros, á pesar del alto precio que el espíritu mercantil de los hombres os dio, no valéis lo que un manojo de claveles húmedos de rocío; todo el encanto de vuestros aromas- contrahechos, no tiene la poesía inefable de aquel ramito que, un día de juventud, la muy Amada deslizó entre las hojas de un libro... EDUARDO Z A M A C O I S DIQUIO OE HUER r A 3