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CARMENCICA. (Fersuadida de la poca importancia de la hcnda y reparando en una holsita que lleva JUAXICO peií wzif o. ¿Qué guardas en esa bolsa? JUANico. (Tratando de ocrdtarla. Na; no tie na. CAEMENCICA. -Entonces ¿por qué la llevas? JUANico. ¡Dale! P u s por gusto. (CARMÜÍÍCICA se vuelve á su silla despacio y pensativa. ¿Y se pue saber cuál es el hombre á quien tanto has querío? CARMKNCICA. ¿Y se pue saber qué guardas tú en la bolsa? JUANico. ¿Y me lo dirás? ClRMKNCICA. -Sí. (Hay una pausa, durante la cual vuelve á oirse el zumbido del abejorro. JüANico. (Aparte. Otra vez el moscardón rubio, el de la buena susrte. Está visto que ha de ser esta tarde. (A C- ARMÍVNCICA. Pues en la bolsa guardo... CARMENCIC. Í. (Interrumpiéndole. No; no mientas, porque te lo conozco en la cara. JjjANico. (Con e nfasís. Yo no miento; tema, mírala tú mesma. (CARMEN ciC- A rompe la bolsa y saca de ella un clavel seco. CARMENCICA. ¡Un clavel! JuANico. -Sí, un clavel. CARMENCICA. ¿Por qué lo guardas? JUANico. -Esa pregunta no ha entrao en el trato. Ahora dime tú á quién has querío tanto. CARMENCIC. 4. -Yo... á mi padre. JuANico. -No; hablábamos de novios. C- ARMENCicv. No; no puedo decírtelo. JUANico. -Me lo has prometió. C. VRMENCICA. Revolviéndose en la silla y tratando de evitar la mirada de JXJA. iCO ¿ue no se aparta de sus ojos. Dime por qué guardabas ese clavel y te lo digo. JUANico. (Con decisión. Este clavel lo guardo porque fu. é el primero que brotó en la maceta que yo puse en tu ventana, el primero que se colunrpió en tu pecho. ¿No te acuerdas? Era uua tarde como ésta, hacía mucha calor, yo estaba cavando allá abajo en la viña; el sol me abrasaba la cabeza, y la tierra me quemaba los pies. El bancal parecía una hoguera; yo, un condenao á morir achicharrao en ella. No sé por qué me acordé, de esta sombrica del parral de tu barraca, del aire que podía venir á jugar con los rizos de tu frente, d é l a golondrina que h a hecho el nido en el alero y te alegra con su canto. Y le tuve envidia al parral, á la golondrina y al aire, y me dio pena de mí mesnio al ver que con toa la fe de mi alma no podía lo que pueden u n a hoja, un pájaro, una racha de viento; darte una miaja de sombra, de fresco, de alegría... Caando mayor era mi tristeza, llegó hasta mí una copla, que sonó en mis oídos como un repique de campanas. Eras tú la que cantabas, era una copla tuya la que me traía la alegría y la esperanza, era una copla que comenzaba: Mi amante me dio un clavel... Y no oí más; no oí más porque te vide aparecer en lo alto de la linde; sobre el seno, traías el clavel de mi maceta... Y me zumbaron los oídos, y me pareció que el sol se acercaba pa verte, que el aire se paraba pa mirarte, y que la tierra crujiendo se resquebrajaba de alegría... To eso vi y sentí al ver que llevabas el clavel sobre tu seno; por eso lo he guardao... Ahora dime tú cuál es el hombre á quien tanto has querío. (Hay mía pausa, durante la cual los dos se contemplan en silencio. Por fin JuANiCO dice algo que no llega á oidos del público, y que CAR MEN CICA escucha con los ojos entornados y los labios entreabiertos. Una ráfaga de aire cálido, ardiente, que trae los ecos de una copla lejana, mueve las hojas de la parra; todo parece paljntar estremecido por aquel aire que quema. Sólo el Canelo sigue echado en la reguera, inmutable, espantándose con el rabo de cuando en cuando alguna mosca importuna. a TÍA ANDREA entra por la derecha- JUANICO al verla Ilegal se separa de CARMENCICA. Esta, al darse cuenta del peligro, recoge la costuray afjresuradamente reanuda su faena. TÍA ANDREA. ¿Qué hacéis, muchachos? JuANico. -Pues ya lo ve usté; yo, arreglando estas macetas, y la Carmencica, coser. TÍA ANDREA. -Oye, nena. CARMENCICA. -Mande usté, madre. TÍA ANDREA. -Deja la costura y ponte la ropica güeña, el pañolico de seda y too lo mejor que ties alzao en el fondo del arca. CARMENCICA. ¿Y eso por qué? Tí. ANDREA. -Porque van á venir á verte. CAS. MENCICA. ¡A mí! ¿Quién? TÍA ANDREA. -El señor Juan, el padre del Tónico. CARMENCICA. ¿Pa qué, madre? T Í A ANDREA. -Viene á verte porque te quiere pa su hijo. CARMENCICA. re sorprendida y alegre. ¡Madre, pa el Tónico! TÍA ANDREA. -Pa el mesmo. J- XMiís. zo. (Aparte) ¡Ella pa el Tónico! ¡Y parece que se alegra! CARMENCICA. y 4 JUANICO, con alegría. ¿Has oído? (JuANiCO, con los ojos muy abiertos, mira á C. RMEN embobado. TÍA ANDRE. (A JuANico. J ¿Qué te pasa? ¡Parece que te han dao cañazo! JUANICO. S? volver de su asombro) Sí, cañazo; eso, justo, cañazo h a sío. Tí. A ANDRE. I. I CARMEN. Anda tú, nena; que me dijo que iba á venir en seguida. CARMENCICA. -Bueno; pues venga usté conmigo pa ayudarme. TÍA ANDREA. -Andando. jE? z ra; 2 (7 ¿2 rraírt. (JUANICO al verlas desaparecer, dando traspiés, con la cara demudada jjor la sorpresa y el dolor, se acerca á la silla en que ha estado sentada CARMENCICA á recoger el clavel, que estará caído en el suelo; lo besa y se lo guarda en el pecho. En este momento el moscardón, bajando de la parra, da una vuelta alrededor de su cabeza como mofándose de él. JuANiCO sonríe al verlo y trata de cogerlo; el moscardón huye. JuANico salé de la escena persiguiéndole, y se supone que sigue corriendo tras de él á través del campo y á través de la vida: Telón. JOSÉ R IZQUIERDO DIEUJCS DE MÉNDEZ BRJXGA