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el profano regocijo, quivSO singularizarse y vestirse de demonio, pero con disfraz tan estrafalario y horripilante que el mismísimo I nzbel se asustaría viéndolo. ii l a cabeza se puso de macho unos grandes cuerncc, se puso una mascarilla tan á la contra al ser nuestro, que el demonio parecía, con boca y nariz de pcrrc. la frente muy arrugada, los ojos grandes y feos, y l a barba de la cara le salía cuatro dedos; se vistió de piel de macho, por remate llevó puesto u n a cola de un borrico, quedando tan imperfecto, que daba hori or el mirarlo aquel traje tan perverso... patria, para que los lectores de su obra y los admiradores de su ingenio, en los siglos venideros, no tuviéramos que darnos de calabazadas para averiguarlos. Amén Jesús. Y con esto les suplica el Poeta, que es JeroJiimo Rü 7 ncro, hijo nahiral de Hticlva que le perdonéis sus yerros IV El tremebundo y verídico suceso referido por el poeta onubense no está demás que sea conocido por los diablillos y las diablesas carutivaiescos de estos III Salió la mascarada, recorriendo las calles. de la. población, con la algazara y el estrépito consiguientes, y, como es natural, el diablo atraía más que sus compañeros las miradas de cuantas personas iban encontrando á su paso. Algunos hombres y muchos mozalbetes se reían al verlo; otros manifestaban, con expresivos gestos, el mal efecto que les producía su disfraz; las viejas chillaban y huían haciéndole la cruz, como si vieran al propio Satanás en persona; las jóvenes, más alegres, entre espantadas y burlonas, se alejaban riéndose y temblando, y los. chiquillos, agarrándose como náufragos alas faldas de sus madres, lloraban y berreaban como desesperados. Al llegar á una plaza, los enmascarados se detuvieron, sorprendidos por el inesperado encuentro de una comitiva, que formaba con aquélla notabilísimo contraste. Era el Viático, acompañado p o r numerosos fieles que Helaban faroles y hachasencendidas. I os de la máscara, como nobles caballeros, se apresuraron á descubrir sus cabezas y sus rostros, arrodillándose con la mayor devoción; sólo el fingido diablo quedó cubierto y de pie, aunque sus compañeros le instaban á arrodillarse y descubrirse, porque estaba tan posesionado de su papel, que si es común decir que el hábito no hace el monje en aquel caso podría haberse dicho que el disfraz había hecho el diablo Pero no tardó en recibir el castigo que su negativa, merecía. 331 autor del romance lo cuenta de este modo: apenas pronunció esto, la máscara que llevaba se iiiírin ccó en su pellejo, y procurando él romperla, por jamás tuvo remedio ni le pudieron quitar la piel qiie se había x 3 uesto. I -I t r Todo fué inútil. Ni á fuerza de oraciones piadosas ni á fuerza de tirones descomunales, lograron sus deudos y sus amigos librarlo de la piel del diablo que en mal hora tuvo la picara ocurrencia de poner sobre la suya, y que con la suya quedó confundida. A los diversos trabajos infructuosos de amigos y de parientes para volverlo á su ser y estado anteriores, y á las varias consecuencias y enseñanzas de aquel suceso, dedica luego el poeta larga tirada de verso. nue terminan declarando éste su nombre y su tiempos, para que no se posesionen demasiado de su papel. Aunque en esta época, por más que algunos la tachen de más impía y descreída que aquella otra, no creo que haya ninguno que, por echárselas de diablo llegue á tales extremos. Yo puedo asegurar que, en os días de Carnestolendas, he visto á más de un iablo y á más de una diablesa... santiguarse devotar. en e cada vez que pasaban por delante de alguna FELIPE PÉREZ Y GONZÁLEZ mriu a BE E 3 PÍ