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LA P I E L DEL DIABLO AVENTURA CARNAVALESCA 3 s el de diablo uno délos disfraces más usua les ea los días de Carnaval. á Si el Diablo anda suelto durante esos días, según el antiguo dicho popular, debe de sonreírse (naturalmente con sonrisa diabólica) visndo el número considerable de personas que tienen el endemoniado gusto y el infernal capricho de disfrazarse de diablos para correr desatinadamente por calles, plazas y paseos, dando saltos y berridos, sustos y bromas. Estos sustos y estas bromas, por lo general brutales, groseros y estúpidos, harán seguramente que el Diablo, después de haberse sonreído, tuerza el gesto más de una vez con desprecio ó con indignación, al ver cómo lo desacreditan los que pretenden imitarlo, tomando su tradicional aspecto queriendo pasar por diablos durante aquellos días. El Diablo acaso recordará entonces los dos viejos y sabidísimos versos, que dicen: Y ¿qué le qvieda al diablo, ¡vive Cristo! si se le quita la opinión de listo? E el diablo verde tiene tradición uiá ¿picaresca que terrible; muchas diablesas, sin embargo, prefieren el rosa, porque han oído decir que el diablo rosa no es otro que el mismísimo dios Cupido ¡Mire usted qué demonio! ó ¡misté qué dios! II Aunque los diablos y diablesas carnavalescos no sean unos santos, y aun en los días de Carnestolendas obrando y gritando como unos condenados merezcan iás que en otras ocasiones este calificativo, pasados aquellos días de admitida locura y tolerado desenfreno, sueltan tranquilamente la piel del diablo para guardarla hasta el año siguiente, si ha salido ilesa de las pasadas correrías. Por fortuna para esos diablos, no se repite el caso verdaderamente portentoso y extraordinario que, á principios del siglo xviii, sucedió en Italia, para ejemplo, enseñanza y escarmiento de demonios carnavalescos. Un Verdadero y curioso romance, impreso en Sevilla por Francisco de Leeldael, en 1714, refiere el extraño y espantable suceso, que horroriza y pone los pelos de punta, aunque la tremenda impresión que produce el hecho pueda ser jovialmente atenuada por lo sencillo, candoroso y un tanto grotesco del relato. Después de la acostumbrada invocación comienza el poeta á narrar el acontecinriento. En la ciudad de Malfeta, j u n t o á Pulla, en ese reino de Italia, la muy nombrada, unos nobles caballeros u n a máscara ordenaron, muy gustosos y contentos: unos se visten de turcos, otros se visten de negros... A la mayoría de los diablos carnavalescos no iiay que quitarles esa opinión porque difícilmente habrá entre ellos alguno que la merezca; todos ellos tienen del Diablo sólo lo que pudiéramos llamar la piel y no sólo en el sentido metafórico con que se dice ser d é l a piel del diablo el sujeto alocado, travieso y revoltoso. Aquella piel de las máscaras diabólicas es sencillamente burda arpillera, humilde percalina ó, á lo sumo, modesto satén, éste casi siempre reservado para los trajes de las diablesas que también algunas hembras tienen el satánico capricho de disfrazar ie de... ángeles caídos para decirlo con la más exquisita galantería. El color preferido por estos mundanos diablos temporales para r j piel es el verde, sin duda porque Uno de, aquellos caballeros nobles, que por su carácter y circunstancias ni aun debiera tomar parte en