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3 íii iíii EL QUE V I E N E DETRAS T o que voy á contaros me ha ocurrido algunas veces, y siempre me produjo una terrible impresión de I f angustia. JSTO soy un hombre ni mejor ni peor que mis hermanos; salvólas grandes virtudes que M admiro en los que las poseen y los grandes vicios que deploro en quien los padece, me creo más ó menos partícipe de las bondades y defectos generales que animan un poco el monótono espectáculo de la vida. Así, pues, supongo que esta impresión que quiero ahora contaros la habrá sufrido también alguno de vosotros. Y al leer estas líneas, recordará los angustiosos momentos pasados y la inmensa alegría sentida al verse libre del peligro temido y ya esperado... Fué en las últimas horas de la noche, ó mejor dicho, en las primeras de la madrugada... Salía yo tal vez de una amigable tertulia, quizá de tina fiesta, acaso de cumplir mis deberes profesionales, y me retiraba á mi domicilio en busca del necesario reposo comentando interiormente tal cual detalle de la profesión, de la fiesta ó de la tertulia... Sólo interrumpía el silencio y la soledad de la calle cualquier transeúnte que cruzaba rápido, perdiéndose en la lejanía. De trecho en trecho vacilaba una luz en un portal, delatando la presencia y el sueño del sereno. Yo caminaba despacio por la acera, divirtiéndome con mis propias observaciones, con alguno de esos proyectos asombrosos que en nuestra intimidad nacen, se desarrollan y mueren en menos de un minuto. Y estaba alegre sin saber por qué. De pronto se interrumpió mi alegría, y todos mis pensamientos cesaron de un golpe, y cayó sobre mi espíritu una débil preocupación, que fué creciendo, creciendo hasta dominarme por completo. ¡Detrás ce mí sonaban unos pasosl Estos pasos lejanos iban aproximándose poco á poco, resonando en el silencio de la noche. Instintivamente apresuré los míos y aguardé el momento en qu, e los otros se alejaran ó se extinguieran. Pero seguían, seguían detras de nií, empezando á preocuparme con su insistencia. Mil pensamientos me acometieron, todos ellos terribles, y fundados en aquel desconocido que sin duda me perseguía... ¿Quién podría ser? Tal vez un ladrón dispuesto á practicar su, oficio; acaso un asesino que me confunde con su escogida víctima; quizá alguien que quiere vengarse de cualquier cosa que yo realicé en su contra sin darme cuenta... Repasaba rápidamente en la memoria mi vida entera por si encontraba algo en ella que justificara mis sospechas. ¡Nada! Y los pasos seguían, seguían á compás de los míos, resonando en mi cerebro, acelerando los latidos de mi corazón... Me detuve un momento, y el que venía detrás se detuvo también; aceleré la marcha y el otro me imitó... ¡líUego eran bien fundados mis temores? No quise volverme para descifrar el misterio, no tanto por el miedo á la verdad que juzgaba horrible, como por esa pueril vanidad que llamamos dignidad personal, que nos lanza á los mayores, horrores... Y decidí internarme en una calle próxima, y luego en otra y en otra después, atropellando mi itinerario... ¡Pero siempre sonaban detrás de mí los mismos pasos por todas partes! ¿Cómo dudar ya de que me amenazaba un peligro? Y angustiado, temeroso, vacilante, sintiéndome invadido por mortal congoja, sudorosa la frente y agitado el pecho, esperé resignado mi momento final... I,o s pasos iban entonces apagándose, y se fueron extinguiendo poco á poco lo mismo que vinieron... El desconocido se había marchado... Era sin duda un rezagado que se alejaba como yo y por los mismos sitios... Al comprender esta sencilla verdad lancé un inmenso suspiro, y fui adquiriendo el perdido sosiego... ¡Oh, Casualidad! Tu eres, acaso, la madre del misterio y, por lo tanto, la abuela del miedo que sobrecoge el corazón de los hombres... ANTONIO PALOMERO 0 BU 0 DE HUERTAS