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En el centro se cimentaba el monasterio. A la e n t r a d a veo arruinado el clásico calvario. A ú n se mantienen en pie la esb e l t a palmera y el fúnebre ciprés. Junto á la vetusta portalada del convento aparece en el suelo resto del azulejo, que decía: Hermano; una de ¿los: -ó callar ó hablar de Dios, -que en el yelmo de Teresa- -el silencio se proíesa. la? -4 4 JJ y C De los c l a u s tros, apenas vestigios quedan. La pequeña Irtkl iGS. ¡Qué impresión! C e r r é l o s ojos y recordé con gozo aquellos felices m o m e n t o s dé calma celestial m i e n t r a s rugía sobre n u e s t r a s testas la mareja jg política de medio- siglo há. Hoj la y e d r a t r e p a por las paredes, y sobre el s u e l o desnudo de baldosas, crecen violetas silvestres. Todo son ruinas y soledad. Allí evoqué un recuerdo á mi venerable compañero de infortunios, ANTRO DE UN PENITENTK i g l e s i a está sin techo, y débiles vestigios recuerdan su rica ornamentación ojival. La torre queda erguida, sirvien Io de alto pedestal á unos nidos de golondrinas. L a s campanas l i a n desaparecido, é igual suerte c u p o á la b i e n surtidabiblioteca. Instintivamen te, las piernas me llevaron á lo que fué el camarín de la Virgen del Carm e l o P o r una grieta del m u r o p u d e e n t r a r en a q u e l octogonal recinto, centro á e mis místicos amoÍ. V i l tf i Paxot, y su celebrado libro, cuyo título inspira el de estas cuartillas. Salí con el alma oprimida de dolor. Al lanzar mi última mirada á las ruinas d e s d e el camino, las vi cor o n a d a s por la esbelta c r u z de piedra del jardín. La clara luna le servía de fondo, esparciendo celestiales resplandores. Con los brazos e x t e n d i d o s invitaba á perdonar, con amoroso abrazo, al autor de la ruina de mi convento. EL CALVARIO Fots. Dr. Sarthou.