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tuvieron es su mejor ju tifÍQg. CÍón. y si alguna responsabilidad se les pudiera exigir, sería necesario perdonarles, pue s tanto mis hermanos como yo bien les aicimos purgar el pecado que inconscientemente cometieron. Diteña de mi voluntad desde los primeros años, sin que nadie contrariase mis caprichos ni me obligase á caminar por un sendero trazado de antemano, crecí sin afición al trabajo, imaginando que el mundo entero había sido hecho para servirme y sin otro objeto que el de que yo le impusiera la dura ley de mis futilidades. A medida que mis vestidos se alargaban, crecía en mí la frivolidad, sin que mis pensamientos fueran nunca más allá de la imagen reflejada por el espejo, los pliegues de un vestido, la pluma de un sombrero ó la caída de u n a cinta. En mi alma jamás cupo la idea del sacrificio, ni en mi cerebro la de algo que estuviera fuera de la circunferencia formada por la humanidad y cuyo centro era yo. Así era dichosa; nada enturbió en aquellos años de mi juventud la alegría de mi vivir. I, as amigas me adulaban, sometidas á mi voluntad por las meriendas y agasajos de toda clase que recibían en mi casa; los muchachos del pueblo me hacían la corte con preferencia á las demás, atraídos por el tufillo de riqueza que despedían las arcas de mi padre, y yo, pobre ilusa, admitía todos aquellos homenajes, persuadida de que eran el acatamiento debido á mis propios méritos, la pleitesía rendida por los inferiores al ser superior. De mis padres abajo, traté á todos con el despego de quien no siente amor por nadie, y los pretendientes huían de mí apenas comenzaban á tratarme. Por fin, uno del pueblo, pero que vivía lejos de él casi desde la infancia, se acordó de mí y me propuso la boda sin ambages ni rodeos, como hombre que no tiene tiempo que perdei- y que, seguro de sí mismo, no se preocupa de los demás. Acepté, nos casamos y... fui mala. No mala en el sentido que suele darse á estas palabras tratándose de mujeres, sino en el de creer que el marido era como el padre, que sería uno más que gírase en torno mío. I, a inmensa mayoría de las mujeres tenemos la falsa creencia de que es suficiente ser honradas; que con decir: yo no falto á mi marido, está hecha nuestra apología, 3 eso es falso, es mentira. Puede tenerse una idea muy estrecha del honor, no faltar á sus deberes y, sin embargo, ser insufrible, hacer insoportable la existencia de los que nos rodean. Eso me ocurrió á mí. La suerte me deparó un hombre honrado, leal, trabajador y justo, pero de carácter indomable; con dulzura, con halagos, por cu. antos procedimientos se le ocurrieron, intentó modificarme, hasta c ue, convencido de la inutilidad de sus esfuerzos, me abandonó. Yo le alejé de casa haciéndole odioso el hogar, y forjé el rayo que había de herirme. Ya ve usted, han pasado treinta años y en ellos he llorado sin tregua, recordando constantemente sus palabras; me lo avisó, me previno, descorrió ante mí el velo de un porvenir amargo; pero ciega de vanidad, loca é insensata, seguí el derrotero emprendido hasta llegar al final, hasta caer en el abismo. Mi marido me soportó mientras crej- ó que pude ser necesaria á mis hijos; en tanto que derroché el escaso caudal de mis padres, que fué mi orgullo, y cuando, agotado éste y crecidos aquéllos, consideró llegado el momento de poner fin á su padecer, me confinó en el pueblo atenida á una módica pensión, y me apartó de su lado y del de mis hijos para que no pudiera ejercer sobre ellos mi influencia perturbadora. Hoy aquellos niños son hombres, me vienen á ver algunas veces, y constituyen una expiación más, porque comprendo que no me quieren, y tienen razón. ¿Qué hice yo sino darles el ser? Nada; en cambio su padre ha trabajado para ellos, se ha sacrificado pai a educarlos, ha formado su espíritu, ha moldeado sus cerebros, y á él es á quien aman, porque el hecho de traer una criatura al mundo no es lo que engendra el afecto, ya me he convencido; el cariño surge de la mutua estimación, de los desvelos, de las inquietudes pasadas por el objeto amado; y nada de esto hice yo, el egoísmo me llevó á la perversidad, y seca el alma, atrofiado el corazón, no he podido experimentar los puros goces de la maternidad y del amor. Entre estas paredes, lejos de todos los míos, he llegado á vieja sin las remembranzas que confortan, ni las ilusiones que son la savia délos árboles caducos, el alimento délas personas que han pasado los dinteles de la decrepitud. Mis hermanos, educados en la misma escuela que yo, piensan en si mismos y no se acuerdan de mi, y aquí sola, en lucha perenne con pensamientos torturadores, sufro y lloro, reniego de los que con carino mal dirigido sembraron mi vida de desdichas, y espero la muerte con la tristeza de quien sabe que cuando llegue ese trance ha de encontrarse solo, sin brazos que le sostengan, sin manos amigas que cierren sus ojos ni pongan una flor sobre su tumba. Y luego seguiré sola, sola eternamente; nadie vendrá á reposar junto á mí con el sueño eterno. Mis huesos, solos también, sentirán entre la tierra el frío del desamor, y mi alma vagará solitaria. por el espacio, sin que llegue hasta ella una oración que la purifique ni un recuerdo que la sonría. ¡Sola, siempre sola! Esta es la sonata que al amor del bi asero repite en anocheceres grises del invierno doña Catalina á doña Rosa, y la que ésta me contó entristeciendo mi espíritu, ya que no con sus incidentes dramáticos, con la melancolía que produce el dolor ajeno. ¡Pobre doña Catalina! ¡Sola, siempre sola! M. DE CASTRO TIEDRA DIBUJOS DE mi NDEZ BlílNGA