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cSios. En esta época, enterró la muciiuciía su juventud, su independencia. Era preciso cuidar á la vieja madre, desnudarla, vestirla, sacarla de paseo, suministrarle las medicinas y hacerle compaña. Y se privó de todo trato. que el de su madre, y no vio otras paredes que las de su casa. Le salieron algunos pretendientes demandando su mano para la boda; pero ella, temerosa de su madre, que acaso hallara en un novio rebeldía ó deseo de abandono, contuvo sus amores, que nunca fueron bravios, sino tímidos, y rechazaba los galanteos, pensando; Ya vendrá Otro mejor. Este se presentaba, rechazábalo también, y de este modo v i- j á ser solterona: A aquella carta era preciso responder de modo resuelto, y íe daba mil vueltas en la mano, y al verla, -íSs a ijr- r sy Llegó á su madre, decidida á ser firme. Su casamiento en nada menguaría su amor hacia ella. Vivirían reunidos y dichosos. La madre, arrebujada bajo unas mantas, contemplaba la calle desde el mi- ador. Carmen adelantóse. Se sentía cortada y temerosa de una negativa. Al fin, resueltamente, dijo con alborozo y en voz alta: -Óigame usted, mamá. L, s voy á dar una gran noticia. Me caso. Un señor acomodado me pretende, y lo acepto, mamá. La madre, indiferente, fingiendo que no oía, tomp una grave actitud de inconsciencia. Carmen dijo de nuevo, reforzando la voz: ¿No me oye usted? Me caso. La madre, muda y sorda, seguía con ojos vivos la marcha déla gente. Y la hija, descompuesta, cediendo á un impulso de violenta cólera, gritó: -Me oye usted, me oye usted. Pero ese silencio lo tomo por autorización, y me casaré, sí. Yo lo quiero, mamá, y él se ha acordado de esta pobre para hacerla dichosa. ¿Puedo decirle que no? ¿Qué dice? ¿Qué me responde? Vamos, contésteme. De improviso una voz llegó á su oído, diciendo: -Señorita Carmen, ¿puede venir? Carmen miró á su madre. Seguía callada, inerte, como si nada oyera. Conteniendo las lágrimas, la hija salió del cuarto, y al llegar al pasillo, se arrojó entre los brazos de la vieja sirviente, sollozando: ¡Qué desgraciada soy! Y con palabras entrecortadas le dijo: -Anda, tú que eres buena, ve donde está mi madre y dile todo, todo cuanto me has visto llorar y sufrír. Un instante después se aparecía la criada. -La señora no quiere responder y está llorando. Y Carmen, de puntillas, cruzó el pasillo, y llegando á la sala, descorrió una cortina y atisbo tras ella. Caía la tarde. Las sombras invadían la estancia. Obscurecida y muy difusa, la silueta de la madre se dibujaba tenue, en la misma actitud, abatida en una silla; pero un llanto nervioso sonaba débil y una congoja rápida le hacía temblar, gimiendo. De allí salió la hija, pálida, demudada, pesada la cabeza, los oídos zumbándole. Fué á su cuarto, dio luz y abrió la cómoda. Cogió papel y sobre, se sentó ante la mesa 3 se puso á escribir. Un momento detuvo la pluma vacilando. De lo hondo de su alma vino tal angustia, que se puso á llorar. Después rompió lo escrito y trazó de nuevo: Aurelio, lo he meditado mucho. Estoy convencida de que no seriamos dichosos. No le amo á usted. Cerró la carta y llamó á la sirviente. -Esto para el correo. Luego mojó sus ojos en agua para borrar de ellos las huellas del llanto. Se compuso el cabello, y á paso menudo fué en busca de su madre. Entró diciendo; ¡Hola, mamá! ¿No quieres acostarte? Son las ocho. La ayudó á levantarse; del brazo la condujo a l a alcoba. Ya en ella, arreglóle la cama, moviendo los colchones y ahuecando las almohadas. Introdujo en el lecíio el brasero para que á su contacto las sábanas quedasen caientitas. Y después, con dulzura, vistió á su madre con la ropa de dormir y la acostó. Sentóse en una silla y comenzó á rezar. La madre respondía con voz soñolienta; Ora pro nobis, ora pro nohis. le brillaban los ojos. ¡Oh qué dicha casarse! Casarse con sus canas y con su abatimieíiío y encender en el alma aquel destello último de juventud que dentro le abrasaba. Revivir á la vida, tener un Jiovio, decirlo, pregonarlo y celebrar la boda un día inusitado de felicidad y de alegría. Hechas las oraciones, Carmen contó su cuento, el cuento que cerraba los ojos de su madre; el cuento aquel, sencillo, dicho con tanta fe, con tanto amor. El cuento que escuchaba la madre con infantil sonrisa, intrigada, dichosa. -Era un pastor muj bueno. Tenía diez ovejitas. A poco de empezado, ya respira la madre más despacio, sus manos caen dormidas y se cierran sus ojos. La hija entonces coloca entre sus manos un crucifijo, la mira enternecida, la arregla los cabellos, cuenta sus pulsaciones. Después, con mucho amor, rauy sigilosamente, para no despertarla, busca su boca y la da u n beso largo, silencioso, profundo... LUIS DE ANTÓN DEL OLMET DIBUJOS DE MARTÍNEZ ABADES