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LAS DOS FRUSTRADAS BODAS DE DON AURELIO J (y INO á Madrid don Aurelio ganoso de comprar V aparatos de ortopedia, con los que dar aspecto I de adelanto á su botica de Ali; ante. Y tres meses después retomó enamorado é íntimamente convencido de la necesidad de su boda. Yendo en una ocasión por Recoletos, vio una mocita risueña y lozana. Anduvo don Aurelio rondando la casa durante varios días. Una mañana, con la doncella, que se acercó ladina, envióle un mensaje á la muchaclia. Decía liaY como viese el amador un término poco práctico á su noviazgo, y como por otra parte le llegaban noticias alarmantes de su botica, u n día se decidió, pilló el ferrocarril y regresó á su tierra. Antes dejó arreglado el escribirse con su amada. Le pareció también oportuno despedirse de Carmen, á quien tantos favores debía, y de cuya benignidad pensaba seguirse sirviendo, y fué á visitarla vestido con su mejor levita. Encontró á Carmen un poco ajada, pero sencilla y linda aún, y con toda la traza de una mujer apacible y angelical. u n a m u y afamada botica en Alicante, y requería pronta y satisfactoria respuesta, pues que su edad privábale de hacer el cadete rondando su calle. Diéronle el sí. Sostuvo relaciones, tras de ser presentado en la casa; mas de improviso se presentó ante los balcones de Clotilde un nuevo pretendiente. Tenía traza de rico y aire fanfarrón, y como don Aurelio no era joven ni rico, fué necesario sacrificarlo. Llegado un día don Aurelio á casa de su novia, le salió á abrir Clotilde, y le dijo azorada: -Mi padre se opone. Prefiere al capitán. Vete y no vuelvas. Ya te escribiré yo. Y cerrando la puerta, dijo: -Te quiero, Aurelio mío. Adiós, adiós. Quedóse don Airrelio perplejo en el descansillo de la escalera, dudando entre derribar el portón ó suicidarse. Mas como oyera pasos que ascendían, temeroso de ser encontrado ante una puerta en actitud de papanatas, se rehizo y salié; Al día siguiente le escribió su novia. Decía que su padre habíale prohibido todo trato con él, que lo adoraba y que sentía anhelos de quitarse la vida. Decía después: Manda las cartas que me dirijas á mi amiga Carmen de Zúñiga. Vive, Pelayo, 55. Allí iré á recogerlas. Don Aurelio escribía unas cartas inmensas llenas de pasión, y le llegaban otras no menos pasionales. Pero fueron llegando más tardías cada vez, y fueron suprimiéndose las palabras de amor. Primero, amado mío; después, querido; luego, estimado, y por fin sólo Aurelio, un Aurelio glacial. Al llegar á Alicante se acordaba mejor de la segunda que de la primera, y en sus cartas más veces se nombraba á Carmen que á Clotilde. Y ya en la soledad de su trastienda, sentado en el sillón, conforme iba componiendo sus drogas, pensó que era discreto olvidarla Clotilde, una chicuela al cabo, demasiado guapa y demasiado frivola. Y habiéndole picado el deseo de casarse, juzgó oportuno y una cosa en razón dirigirse á la otra, que era mujer pasados los años juveniles, mujer más de su casa, más de su rebotica que aquella otra risueña y lozana, que alegraría los ojos de sus clientes y de sus amigos. Y cuando trazaba cartas para Clotilde, como llegaban por mano de la otra, y como ésta, curiosa, las leería, de una manera cauta fué pintándole á Carmen la dicha de un vivir apacible, compañera de un hombre sosegado, poseedor de una farmacia productora de un holgado pasar. Carmen notó al principio que aquellas cartas que para Clotilde le llegaban contenían algo recóndito para ella. Y halagada, no tuvo más remedio que sonreír. Jlás adelante aquellas cartas contenían una más franca intención, y luego vino otra, resuelta ya, á l a que era preciso responder categóricamente, aceptando ó rehuyendo. En este instante, á su respuesta, que hubiera sido alborozadamente afirmativa, fué necesario ponerle una espera. Sería preciso consultar con su madre. Era é. sta una señora decrépita, silenciosa y acaparadora. Cuando enviudó, Carmen pasaba de los veinte