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7? aar enas R U A N D O llegue esta epístola á tu poder, acaso se haya apaciguado ya, amigo mío, la temerosa contienda que trae el Cónsul con Próculo el de la taberna vinaria sobre si ha de cerrar ó no ha de cerrar éste en domingo su botica, dejando dormir en ella las ánforas del vino de Cécubo, ó perturbándoles tal vez el sueño á jarros de agua como á los dormilones tenaces. De todas suertes, créeme, excelente amigo, que Próculo y sus ánforas llevan la de perder en esa lucha, y no tanto por el fino armamento del arriscado Cónsul, sino porque el Dios protector del tabernero, aquel gallardo joven d é l a piel de tigre, va muy en baja en el concepto de los hombres por culpa de no sé qué hablillas propaladas contra él por los discípulos de Esculapio. Ello es que en este Madrid nuestro, tan propicio á Baco en tiempos no distantes, y que aún conserva en cada calle diez ó doce templos regentados por otros tantos Próculos para las libaciones sagradas y los sacrificios del bolsillo, el agua va ganando todas las voluntades, y entre los más devotos del hijo de Sámele se anotan deserciones que llenan de dolor á los chicos y á los medios chicos. Pronto habrá que cubrir con negros tules el cuadro en que Velázquez hizo vigorosa exaltación del genio bebedor de la raza. Garibaldi, el famoso y laureado potista madrileño, vestirá tinto luto por sus ascendientes velazqueños, y los nietos de celta que pululan por las calles de Madrid con el cordel al hombro ó el fardo á la cabeza, se olvidarán de visitar á Próculo como solían, y, lo que es peor, de coger el muérdago sagrado, inherente á la felicidad de la familia druídica. Sí, amigo mío, todo pasa, hasta el muérdago. Tú ya sabrás, á propósito de taberneros, que estuvo aquí tres días Julio Ruiz, el actor que más vivamente nos recordaba el nacimiento de la farsa teatral sobre los carros de la vendimia. Julio Ruiz, á quien tú debes horas felices en tus tiempos de estudiante, cuando copiaba en escena la realidad con la realidad misma, creando deliciosos tipos de borrachos bebidos en las mismas jarras del natural, ¡el arte más verista que han admirado los mortales! Julio Ruiz, en suma, á quien los periódicos dieron por muerto en América, derramando sobre sus restos el amoniaco de la conmiseración y la lisonja postuma; pues, sí, estuvo aquí tres días trabajando en Apolo, y si no es cierto, por tanto, que se muriera completamente, sí es verdad que una gran parte de él ha fenecido, porque Julio Ruiz, admírate, ya no bebe! No bebe, no; así le invites con Palermo, rechaza el vaso. Gran asombro ha producido entre sus fieles hallarle tan joven, tan ágil, tan gracioso y tan desmemoriado de su papel como se fué hace ya años al otro mundo; pero esa maravilla del no beber ha causado hasta presentimientos y sustos, como el asomo de un cometa. Muchos no quieren creerlo, y dicen que, aunque no beba en pie, beberá echado para mayor comodidad y discreción, y que sería bueno mirarle debajo de las almohadas, por si allá oculta el cuerpo del delito. Otros, mas maliciosos, insinúan que como, según declaró, se tiñe el bigote, se lo teñirá con vino bueno, y así no tiene más que pasarse la lengua para satisfacer el apetito, sin que se le note el codo; pero ello es que no bebe como solía, y hace pública, ostentosa y decidida profesión de abstemio. Otro caso maravilloso también puedo referirte de alguien que alcanzó asimismo grandes lauros en la escena, aunque no interpretando tipos ó personajes, sino procreándolos. Ya se sabía hasta en Belchite su gran amor por el sabroso zumo, y él por su parte no ponía empeño muy firme en ocultarlo, recibiendo con franca sonrisa las incesantes bromas acerca de su amistad vinaria con Próculo. Pues bien, de la noche á la mañana ha dejado tan eu absoluto de trasegar alcohol, que su garganta casi cria ranas, Ni el Valdepeñas, ni el Rioja, ni el Burdeos, ni el Jerez, ni el Champagne, ni el coñac, ni el Benedictinos, ni siquiera el anisete locaran acceso á su organismo; sólo el Eozoya deleita su paladar y riega su estómago. Hay que hacerse cruces, mi buen amigo, viendo estas increíbles deserciones, que dejan el ejército de Baco sin sus más aguerridos capitanes; y dime tú ahora si, desvalidos de tales apoyos, no han de finar los taberneros por someterse mansamente al Cónsul, echando dominicalmente las trampas de sus mostradores por fuera y las trampas de sus pedidos á Valdepeñas ó á Argauda por dentro. Entre los consejos de la ciencia, que han conseguido despertar en las clases pudientes cierto temor hacia el uso de las bebidas alcohólicas, 5 las predicaciones socialistas en los centros obreros, condenatorias de las costumbres tabernarias, Madrid se va volviendo aguado á todo escape, y ahora que le han abierto de paren, par los portazgos al vino, todo el mundo le desdeña y le llama venenoso. Siempre ha ocurrido lo mismo en este mundo deleznable. ¡Oh, amigo mío! la persecución y carestía acrecienta el aprecio del producto, y la abundancia y baratura le granjean desdenes. Desde que todos los madrileños pueden beber vino á pasto, casi: ninguno lo bebe, y para enriquecerse los taberneros no tendrán más remedio que dejarse de tapujos químicos y vender francamente agua. Ahora, si quieres saber mi opinión en este pleito, te diré que para mí, el toque de beber vino sin que padezca el estómago, es que padezca el bolsillo, ó sea beberlo bueno, que es lo mismo que beberlo caro, y con cierta parvedad, como cosa exquisita y digna de ser medida por gotas, como por quilates l s piedras más nobles y más refulgentes. ¿Piensas también así? Pues venga esa mano á través de la distancia y sonriámonos u n tanto de los médicos rigoristas que achacan al vino un poder mortal mayor que el de sus recetas ¡E; SO, ni el autor de Juan José lo cree! Te abraza Jo é DE ROURB á un amigo promnciano.