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Verdad es que merced á esa estúpida longanimidad pudo llegar D. Telesforo S. Manzaneque á ponerse el primero en la fila de nuestros potentados, pues gracias á la caja de Camargo, siempre abierta para él, hizo frente en momentos muy críticos y apurados á compromisos cien veces mayores que los recursos con que contaba para solventarlos, escapando de catástrofes en que no solo se pierde la fortuna, sino el buen nombre y hasta la libertad. Pero así como en esas ocasiones la largueza de Camargo la recogió quien podía y sabía aprovecharla, y bien lo demostraron más tarde los hechos, ¿cuánto dinero repartió estúpidamente á su alrededor sin tasa ni medida? En fin, ¡qué remedio! La felicidad universal es un mito. ¡Sin embargo, es tan fastidioso tener que agradecer algo á un hombre arruinado! Porque eso sí, á agradecido no hay quien le gane á D. Telesforo S. Manzaneque. Mucho le dolerá, pues el desprenderse de una suma, pequeña ó grande, le produce la misma sensación que á aquel al que le extraen una muela á tirón limpio y sin anestésico; pero no puede menos de acudir en auxilio de su amigo Camargo. Sólo los egoístas se substraen á estos sagrados deberes. Ahora bien; Manzaneque tiene familia, mujer y dos hijos; no puede mermar en nada la fortuna que les corresponde, y ya que no cabe eximirse de prestar su apoyo pecuniario al amigo caído, debe al menos esperar á que el sablazo llegue, que llegará, ¡vaya si llegará! y no precipitarse á ofrecer su bolsa. Este apresuramiento sería improcedente y hasta culpable. Eso es; esperará la visita que Camargo no tardará en hacerle, y sin vacilar le entregará para que se remedie una cantidad prudencial que, después de maduro examen, fija en cuatro mil reales. Se interrumpe el monólogo con el anuncio de la visita de Camargo. ¡T a n pronto! -dice pai a su capote el buen D. Telesforo. Entra el banquero, nervioso, cortado, con el azaramiento propio del que va á pedir dinero. Explica cómo ha ocurrido la catástrofe; cuenta los proyectos que tiene para pagar á sus acreedores y sus planes para el porvenir. Manzaneque le escucha con gran frialdad, y cuando el otro termina su discurso, le alarga con la punta de los dedos un billete de mil pesetas. -Pero -dice Camargo- ¿no puedes darme más? ¡Imposible, Alfredo, imposible! Ea ú tima liquidación ha sido muy mala... este año he gastado mucho... el automóvil de Clarita... Camargo comprende que es inútil pedirle peras ai olmo, toma el billete y se va. Se engolfa nuevamente D. Telesforo en la lectura de sus periódicos, de cuya tarea le saca la voz de su encantadora esposa, según la llaman los revisteros de salones. ¿Oué quieres, hijita? ¿No ves que estoy trabajando? -Sí; me marcho en seguida. ¿Recuerdas que comemos el lunes en casa de la marquesa de Navalamata? -Eo recuerdo. -Me ha traído la modista una salida de teatro que es una maravilla. Y barata, doscientos duros nada más. ¡Ya ves, una miseria! Cuento con que me la regales para esa noche. Imposible, hijita. Acaba de salir de aquí Camargo, que está arruinado, y ne tenido que darle mil pesetas. ¿P o r que rec! Des á gente así? ¿De modo que no te ablandas? -Ya ves que no puedo, Clarita. ¡Qué más quisiera yo que complacerte! -Otra vez será. Desaparece Clarita, y antes de que pueda su amante esposo reanudar la interrumpida lectura, entra, armando mucho ruido, taconeando fuerte y dando portazos, el lindo retoño de tan feliz pareja, l a q u e los periódicos- llaman gentilísima y bella Pepita Manzaneque. Da dos sonoros besos en la faz redonda y patilluda del autor de sus días, é incontinenti, ie pide que le compre una pareja áe fox- íerriers, de pura raza, procedentes del duque de DeTOSh, por la que piden tan sólo mil pesetas, una verdadera ganga. N o puedo, hija mía. Si íiv. bieras venido media hora antes... Ya sabes que satisfago siempre todos tus caprichos; pero hoy es imposible. Hace un momento que el pobre Alfredo Camargo ha venido á pedirme mil pesetas. 3 f- 3 tá arríiinado y... Mustia y cariacontecida se marcha Pepita, y da paso á su liermano Javier, que también viene pedigüeño. ¡Play días aciagos! -piensa para sus adentros el gran D. Telesforo. Las aspiraciones de Javierito, mozuelo que estudia el seguado de leyes, son más modestas. Pide á su padre tres mil reales nada más, que un compañero suyo, el hijo del duque de Santarén, necesita para pagar una deuda de honor. -No insistas, hijo mío; no puedo dártelos. He tenido que socorrer á Camargo con mil pesetas. ¿A Camargo? -Sí. H a dado el trueno gordo. ¡Q u é estúpido! ¿De modo que no puede ser? -No, Javierito, y lo siento. -Es lástima; era un buen negocio. Pepito Santarén me firmaba una letra de mil quinientas pesetas á dos iheses fecha... Solo ya D. Telesforo, recapacita que aquella mañana hubiera tenido que desembolsar tres mil setecientas cincuenta pesetas; pero como sólo ha entregado mil, res ulta que ha realizado un beneficio líquido de dos mil setecientas cincuenta pesetas, grasias á la ruina de ese imbécil de Camargo. Y aun cuando no le ha vuelto á ver más, no olvida nunca al que le ayudó en sus primeros años de lucha. Para D. Telesforo S. Mánza, neque las mil pesetas de Camargo son como pararrayos que encauza y hace incruento el sablazo artero; le sirven de freno á los caprichos propios y ajenos. Ya se sabe, á cualquiera petición que se le hace, contesta siempre: -Imposible; ahora a o puedo. ¡Si tuviera las mil pesetas de Camargo! G. ANTHONY DÍBUJOB DE MÉNDEZ BülNGA