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Camargo, no se puede concluir bien; la catástrofe era irremediable, fatal, tan s e r a como la hora de la muerte. Eso de no querer transigir nunca; esa carencia de flexibilidad que impide, á aquel que puede y sabe, tener en nosotros la confianza necesaria para darnos la noticia que se cotiza ó el aviso cuyo oportuno conocinuento evita complicaciones y trastornos; esa falta de maña para ofrecer la dádiva en forma que no parezca corretaje ni obsequio extemporáneo y fuera de razón, no podían traer otras consecuencias. SK t jft ifl l -í Wí I iwí ¡Cuántas veces se lo dijo él! ¡Ilira, Alfredo, que vas por mal camino! ¡IVIira que vives por mera de la realidad! Y claro, la práctica del puritanismo, de la integridad y del desmedido amor al próiimo han producido sus naturales frutos. ¡Ah! Casi estaba por decir que lo tenía bien merecido, por no escuchar sus consejos, por no convencerse de la verdad de su aforismo: lyos tres enemigos del hombre son el miedo, el asco y la vergüenza.