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í MUJERES DE MI LUGAR. LA SOLTERONA ISA muy blando Petrita con sus zapatillas de paño. Pisa tan suave, que está á tu lado y no la sientes; entra en la cámara y no retiembla el suelo, sube al sobrado y no rechina la escalera. -Petrita, pasas como una sombra. j, -Como lo que soy- -te responderá. Petrita no se casa. De día corre el pueblo. Llega la noche, espléndida y radiante, alumbrada por la serena luz de las estrellas, templada por un cefirillo infantil que arrastra hacia el lugar el aroma de los tomillares. La calle retirada y solitaria, la noche misteriosa, en silencio la casa, la reja florecida, y en la reja... Petrita. ¿Qué falta? ¿Faltará la juventud? Petrita pone el oído al viento y escucha. En los oídos de los viejos zumban vocecillas misteriosas que no siempre son los lamentos del órgano al perder su vigor. Bn los oídos de Petrita suenan alguna vez palabras del pasado. Y como esas palabras son tan impertinentes y tan inoportunas, Petrita quiere ahuyentarlas y se zambulle en su lecho de solterona. Arropada hasta las cejas y apretando los párpados para llamar al sueño, oye Petrita una solemne campanada. A la una de la mañana, en el corazón del invierno, faltan muchas horas para que llegue el día. Petrita acude al rezo, piensa en edificantes ejemplos de amor divino, repasa de memoria el santoral... Pero todo es inútil. ¿Dónde estará aquel sueño feliz é inconmovible de los quince años? ¿Dónde estarán también sus quince años? Malhumorada, tira la ropa y se lanza del lecho. ¡Ay! Por ella responden sus cabellos, sus pómulos, sus angulosas líneas, la tirantez de aquellos dos desoladores cables que resaltan en el cuello desnudo... Dentro de su vitrina está un San Antonio de talla sonriendo beatífico, los ojos bajos y las mejillas sonrosadas; el niño Jesús que lleva en sus brazos baja también los ojos y sonríe lo mismo que el santo; pero ellos vieron n tiempos muy remotos una Petrita lozana, y entonces no era U compasión la que les hacía baiar la vista y sonreír. Vestida ya Petrita, anda impaciente de un lado á otro de la alcoba cambiando de lugar trastos y cachivaches; abre la ventana y no ve más que la obscuridad de la noche. Luego se acerca á un cofre enorme y antiquísimo, especie de arca santa, forrado en terciopelo carmesí con artísticas cerraduras cinceladas. Allí están las ropas de novia de su madre y las dulces prendas de su perdurable soltería. Alza la tapa, aparta la historia de medio siglo, escrita en aquella balumba de atavíos femeniles destronados, y saca una caiita envuelta en telas como una momia egipcia, y de la caja un paquete de cartas. El papel amarillo y la tinta desvanecida como un recuerdo... Petrita empieza á leer. Ya puede complacerse el reloj de la torre en prolongar las horas. Puede llamar el alba y sonar en el ancho portalón empedrado el trajín de los mozos que avían los aperos de labranza. Petrita lee. En esas cartas están sus quince años. Luis BELLO D: BUJ 0 D E REGIDOH P