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E l SEÑOR, la SEÑORA, el MÉDICO, los NIÑOS y los CRIADOS. Gabin e t e confortable. ChimenGa encendida. É l SEÑOii con abrigo y gorra. L a SEÑORA e n v u e l t a en chales. E L SEÑOR. -I lama para que arreglen 3 a chimenea. Me parece que se va á apagar. (Tose. L A SEÑOS. 1. (Tocando eltimbrey tosiendo- Sí, sí, cualquiera diría que era cosa de magia. Cuando más se necesita, arde peor. I, A DONCELLA. (Entrandoy tosiendo. ¿Han llamado los señores? L A SEÑORA. -Sí, mujer; la chimenea. Pero cierre usted primero esa puerta. Así nos constipamos todos. ¿Han llamado? Vaya usted á ver si es el doctor. E L SEÑOR. -Sí, él es. L A SEÑORA. ¿Cómo? E L SEÑOR. -Le conozco por la tos. Entra siempre en las casas, haciendo propaganda de las pulmonías. EXv, MÉDICO. -Felices tardes. ¿Qué pasa por aqui? Tienen ustedes demasiada calefacción. E L SEÑOR. ¿Demasiada? E L MÉDICO. ¡Ya lo creo! Al entrar en esta casa parece que se entra en un horno. Esa estufa de la antesala está echando bombas. Se acostumbran ustedes áestastemperaturas, y luego... (Tose. Asíse cogen los catarros: E L SEÑOR. ¡Ya lo veo! E L MÉDICO. -Bien, ¿y quién es el enfermo? L A SEÑORA. -Todos. E L MÉDICO. ¿Todos? E L SEÑOR. -Esta casa es un hospital. Mi mujer, yo, los niños, los criados... Sólo Colín, sólo el gato está bueno. E L MÉDICO. -Vaya, hombre, vaya; y qué, ¿catarros? E L SEÑOR. -Así parece. E L MÉDICO. -Yo también tengo el mió. E L SEÑOR. -Abusará usted de la calefacción. E L MÉDICO. ¡Qué he de abusar! En mi casa no se enciende fuego. Me acatarro con la calefacción de los clientes. Además, á algo hemos de echar la culpa. Todo Madrid tose. Desde que salí de casa esta mañana, no he visitado más que catarrosos. Ahora acabo de ver á una tiple de zarzuela. Se queda rendida á fuerza de toser. Y el caso es que tiene que cantar. L A SEÑORA. ¡Pobre! Nosotros, siquiera, tosemos sin gorgoritos. E L SEÑOR. -Pues mira, mejor sería que nos dijese el doctor como le habrá dicho a ella: no se asuste usted, eso es toser y cantar. Y al público le parecerá lo mismo. E L MÉDICO. -Vaya, no estará usted muy enfermo cuando tiene ganas de bromitas... Venga esa mano... Un poco movido, pero no hay fiebre. Usted, señora... Un poco movido, pero nada. L A SEÑORA. -Pues anoche no podía dormir, y tuve unos ahogos... E L MÉDICO. -A ver. (Saca del bolsillo un aparato de auscultar) Nada más que escotarse un poco. (Aplicando el aparato) Tosa usted. (Tosen la señora y el me dico) Un momento, con esta tos... Bien, ya pasó. Tosa usted otra vez. (Tosen la señora, el médico y cúeñor) ¡No hay modo de entenderse! Pero no es nada, no tenga usted apren sión. Ahora le pondré la receta de unas pildoras. E L SEÑOR. ¿Y yo? E L MÉDICO. -También para usted. LA SEÑORA. -Pues la cocinera está atroz. Sobre todo, cuando se pone á freir tose de u n a manera... E L SEÑOR. ¡Hay ratos en esta casa en que parece que estamos friendo todos! E L MÉDICO. -Delicias del clima de Madrid. Ningún invierno nos libramos de una epidemia de catarros. E L SEÑOR. -Ese vientecito del Guadarrama... L A SEÑORA. ¿Por qué no pondrá el A 3 aintamiento un biombo muy grande... E L MÉDICO. ¡Nos habíamos divertido los médicos, señora! LA SEÑORA. -Así no tosería usted. E L SEÑOR. -Pero es posible que el doctor tosa á gusto. E L MÉDICO. -Tanto como á gusto, no; pero algo h a y que hacer para acompañar á los clientes. Además, la tos del médico tranquiliza al enfermo. Cuando tú toses en casa ajena, piensa éste, bien puedo yo toser en la mía. L A SEÑORA. -Aquí están los niños. Mire usted, Antoñito... L A NIÑA. ¡Mamá, mamá! LA SEÑORA. ¿Qué? L A NIÑA. (Viendo al médico) Nada, luego te diré. L A SEÑORA. -Mire usted, Antoñito no quiere tomar eljarabe que usted le recetó la otra vez. E L MÉDICO. ¡Caramba, caramba! Venga esa mano, buen mozo. Nada, un poco irregular... Las pildoras. L A SEÑORA. Y la niña se ahogaba anoche de tos. E L MÉDICO. -No sería tanto. Ustedes las madres... Venga esa mano, señorita... Un poco irregular. Nada. Las pildoras. L A SEÑORA. -Anda, Antoñito, diles á la doncella, á la cocinera y á Francisco que vengan. E L SEÑOR. ¿De modo que las pildoras... E L MÉDICO. -Sí, ahora pondré la receta. Las personas mayores, una cada dos horas. Los niños, cada cuatro. L A SEÑORA. -Muy bien. E L MÉDICO. -Son excelentes. Y por de contado, quietos en casa. ¡Caramba, pero sin tanta calefacción! ¡Si aquí S 2 ahoga uno! ÍTosen todos L A NIÑA. ¿Pasan? (Entran la doncella, la cocinera y Francisco tosiendo- El me dico les toma el pulso, lo c? ictientra algo irregular y les prescribe las pildoras) E L MÉDICO. -Voy á poner la receta. (Después de escribir) Ahí está. (Acceso de tos gc? ieral) En cuanto la despachen (Vuelve á toser) cada uno su pildora. E L SEÑOR. -Quédese usted y le convidamos. E L MÉDICO. -No puedo; tengo que seguir la visita. Hasta pasado mañana que vendré por aquí; mientras tanto, tranquilidad, señora, tranquilidad. (Despedida tosiendo todo el mundo. E L SEÑOR. -Francisco, avise un mozo de cuerda. L A SEÑORA. ¿Para qué? E L SEÑOR. -Para mandarle a l a botica. ¡Como tiene que traer las pildoras para todos! L A NIÑA. -Mamá, mamá ahora te diré... L A SEÑORA. ¿Qué? L A NIÑA. -Que Colín no hace más que estornudar. E L SEÑOR. ¡Hasta el gato! ¡Esto es atroz! L A SEÑORA. -SÍ que lo es. Parece mentira. L A DONCELL- A. -Pues en el segundo están todos en la cama. E L SEÑOR. -Abusarán de la calefacción. Deberíamos emigrar. ¿Pero quién es ese que tose desaforadamente en la antesala? Esa tos es nueva en la casa. FRANCISCO. frffiKíf (9. y Ahí está el mozo de cuerda, señorito. JOSÉ DE ROURE