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-La señora está desde hace una hora en el tocador- -dijo inclinándose. Allá se fué Juan, pensando encontrarla vistiéndose pai a salir. Se acercó á la puerta y llamó discretamente con los nudillos... Nada... Un silencio. Volvió á llamar sin obtener respuesta, y ya, algo intranquilo, entró. Lo primero que vio al girar la vista por el cuartito, fué un frasco con etiqueta roja colocado sobre el tocador de modo que pudiera verse con facilidad; después apercibió á Mimí tendida en la otomana é inmóvil. ¡Bah! Sigue el enfado- -pensó, y se disponía á hacerle una caricia, cuando osurriósele mirar de nuevo el frasco que antes había visto; sin saber por qué, aquella etiqueta le intrigaba. Entretanto, Mimí hacía desesperados esfuerzos por contener la risa. Aunque en apariencia tenía los ojos cerrados, atisbaba todos los movimientos de su marido, y le vio coger el frasco y mirar la etiqueta. ¡Qué cara tan extraña puso al leer lo de VENENO! ¡Caras iba á pagar sus palabras! Así aprendería á tratar mejor á su mujercita... ¡Ay, qué ojos fuera de las órbitas! ¡Y qué especie de rugido al llamar al criado! Ac uello era, más que voz humana, una voz sobrenatural. Ya iba á acercarse á ella, ya estaba á dos pasos con aquella cara de estupor, ya iba á... ¡Ja, ja, ja! No había podido contener la risa por más tiempo; además, no era sensato que aquel terror de Juan se prolongase; era exponerle á una enfermedad grave. ¡Te he engañado! ¡Te he engañado! -gritaba Mimí con infantil palmoteo- -para que aprendas a n o tratar con tanta dureza á tu mujercita, á tu pobre Mimí, y á no dejarla siempre sola. Sola y triste, mientras tú... ¿Pero por qué te pones tan serio? -terminó asombrándose. -Es una broma de muy mal gusto, Mimí. En lo sucesivo, abstente de ejercitar tus disposiciones de comedianta, inventando esas atrocidades. Creí obrar ligeramente al llamarte ridicula; pero ahora tú misma me das la razón. Tales palabras, dichas por Juan con acento rudo, asustaron á Mimí; por eso, cuando su marido dio orden al a uda de cámara de que sacase su levita, se atrevió á preguntar tímidamente: Vas á salir? -Sí. Tengo un negocio- -respondió Juan secamente, y entró en sus habitaciones. Mimí estaba arrepentida. Nunca creyó que la brorna diese un resultado tan desagradable. En realidad, era una broma demasiado macabra; había que reconocer que tuvo poco acierto al discurrirla, y sin poderse contener, empezó á reír nerviosamente, coii una risa que más parecía llanto. Riendo estaba cuando oyó á Juan que salía á su negocio. ¿Pero qué clase de negocio podría ser? Ella ignoraba que tuviese otros asuntos que el corte de los cupones de sus láminas de papel del Estado; todo lo demás se lo administraba aquel D. Luis, que venía á rendir cuentas á fin de mes. De nuevo las sospechas la atormentaron: ¿Tendría Juan algún lío? Sí, eso debía ser. Aquella dureza al tratarla, aquel despego, aquel no estarse en casa ni un instante, y además, supuesto que la broma le pareció de mal gusto, es que la había creído muerta; y si la había creído muerta ¿por qué no se desesperó? Sólo pudo leer en su cara asombro, eso es, nada más que asombro, espanto; pero pena, sentimiento, no los sintió, no los sintió. -Lo veía claramente, demasiado claramente. Juan no la quería ya, la engañaba con otra qué valdría seguramente menos que ella, con alguna... Dios sabe qué... y nerviosa, alterada, descompuesta con aquel pensamiento, entró en las habitaciones de Juan, 3 entre curiosa é intranquila, registró nerviosamente los bolsillos del chaquet que acababa de quitarse su marido. Juan subía en su coche por la calle. de Alcalá, con dirección al Casino de Madrid. Miraba distraído la caravana de paseantes que volvían de Recoletos. Juan pensaba en Mimí; le parecía estar unido á eüa por una cadenita de plata con la que se había ligado sin pararse á pensar que el lazo era eterno. Le había seducido aquel modo de ser suyo, tan delicadamente femenino, aquella hurañez de gata mimosa, tan pronta- á acariciarle con encantadora ingenuidad, como a sacar las aceradas uñas de su desconfianza. Desde que se casó, su vida había cambiado; ya no podía gozar de todo con aquella avidez de antes. Había olvidado las juergas monumentales que aún recordaban los camareros de Fornos; había perdido la costumbre de jugar; ni siquiera sabía el tango ó el couplet de moda. Gracias á Purita, aquella muchacha que conoció vendiendo décimos de lotería, y que con pródiga magnanimidad liíhiíí elevado a l a categoría de cocotte, engalanándola, haciendo que se, pintase el pelo de rubio y poniéndola coche y hotel. Aquella le endulzaba un poco la vida con su conversación alegre, llena de timos y chistes que le recordaban tiempos mejores. Por ciei to. que la tal Purita progresaba notablemente en caligrafía y ortografía, á juzgar por la cartita que recibió aquella mañana citándole para... ¡Demonio! -exclamó súbitamente palpándose el bolsillo interior de la levita. -Me he dejado la carta al mudarme de ropa. Y un poco asustado con la idea de que Mimí encontrase al registrar su chaquet, cosa corriente en mujeres celosas, aquella cartita azul, de sobre alargado, letra femenina y penetrante olor á jazmín, dio orden al cochero de que volviese, cuando estaba ya el coche frente á las Calatravas. -No ha de ser tanta mi mala suerte- -iba pensando mientras volvía- -que por un pequeño descuido lo eche toda á rodar. Llegaron. Apenas bajó del coche, cruzó el jardín y entró presuroso en la antesala, diciéndole á un criado que sacase el chaquet que se mudó; mientras el criado corría solícitamente á cumplir su orden, cruzó Juan el pasillo y entró en el tocador de Mimí. Al entrar la vio tendida en la otomana. ¡Era el colmo de la tontería! ¡Repetir una broma en la que si había caído inocentemente, fué sólo porque no podía esperarse aquello. ¡Mimí! -exclamó entre grandes risotadas. ¿Pero es que me crees tonto de capirote? Una vez has podido engañarme, pero dos... Y reía Juan, con risa temblona, semejante á una tos, congestionándose, y á los golpeteos de aquel reír, crujía e. patr Jcet encerado con una risita de viejo burlón, y se bamboleaba el servicio de Sevres y retemblaban los cristales d é l o s balcones, haciendo eco á la risa de Juan con un coro de sonidos alegres como carcajadas. De pronto enmudeció; le parecía que su reir destemplado repercutía con un eco lúgubre en las cortinas rosa y en los estóres de encaje. Vio en el suelo un papel azul arrugado, como si alguien, en una suprema crispación de angustia, lo hubiese oprimido. Se acercó á Mimí con espanto, tocó sus sienes. ¡Eran de hielo... ¿Luego era verdad... ¡Mimí! -rugió entonces como una fiera herida. ¡Mimí! ¡Perdóname! Y en el paroxismo del remordimiento sacudía aquella cabeza inanimada, gimiendo suplicante: ¡Dime que me perdonas, Mimí, dímelo... dímelo... Al fin cayó rendido, desplomado, y de su garganta salieron, en un desgarramiento de pasión salvaje, tempestades de sollozos. Al caer, su cuerpo de hombre fuerte hizo retemblar parquet, el servicio de Sevres y los cristales de los balcones, que hicieron á un tiempo oír una última y sonora carcajada. Los amorcillos de los medallones y las pastoras del delicado Wateau de las cortinas seguían riendo, riendo, riendo... EMILIO G. DEL CASTILLO DIBUJO DE MÉ. VDEZ BRINCA