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A I U soñaba un poco la encantadora Mimí, recordando asustada el pasado vulgar y lleno de apuros pecuniarios, un pasado de mncliaclia de la clase media pobre. Allí temía á los misterios del porvenir, ese porvenir lleno de sombras para los que son felices, porque temen perder su felicidad. Allí también fraguaba las tramas complicadísimas de sus celosas dudas. En ausencia de su marido, aquella imaginación sutil, aquella cabecita, que debía ser por dentro de raso y nácar, urdía con pasmosa rapidez historias detalladas de supuestas aventuras de amor novelesco, de las que Juan era invariablemente protagonista. Y Juan no acertaba á leer, cuando volvía á su casa, en el mohín de contrariedad y en la sonrisa incrédula de Mnni, aquellas diminutas tempestades de celos; pero con una caricia las despejaba inconscientemente. Una tarde de otoño, Mimí, con aparente distracción, contemplaba el jardín á través de los cristales. Una de las tapias, cubierta de parra silvestre que destacaba el rojizo color de sus anchas hojas rauertas, limitaba el paseo enarenado, cortándole con aquel fondo sanguinolento de una manera brusca, desagradable Por su mente paso rapidísima y angustiosa la sensación de lo dramático. Aquel paseo amable, hecho para refugio de finos discreteos de amor, cortado por la pared roja, la recordaba vagamente tristes historias que leyó de VÁ soltera, y en las que dos amantes felices, con su cariño conquistado á fuerza de sufrimientos, veían salir á su paso, de improviso, con gesto acre y feroz, á la desgracia. Un escalofrío de sublime espanto trepó por las í 3? spaldas hasta la adorable nuca de Mimí. I a tarde obscurecía lentamente; tuvo miedo y llamó á su doncella, pidiéndole, por disculparse, una taza de té. Al quedar de nuevo sola, procuró olvidarse de sus tristes ideas en un arranque valeroso, y de nuevo los celos, aquellas menudas garras de oro, comenzaron á escarabajear en su frente. Ivuego, su espíritu femenil la aconsejó que sacase partido de aquella pesadilla. E r a preciso darle un susto; tal vez se volviese más cariñoso, más aficionado á no dejarla sola... Se trataba de una inocente comedia que, por ser inocente y sencilla, engañaría mejor á Juan, y que una vez! escubierta, serviría de pretexto para hablarle al alma y asegurar de ese modo la paz y la alegría en el nidito, porque aquel día no era de extrañar que Mimí hubiese tenido tan tristes ideas; lo que no había sucedido en dos años de matrimonio, pasó aquella tarde de niebla. Habían reñido, pero no así como así, sino u n a riña formal, y tan formal... ¡Ivlegó á llamarla ridicula, celosa y mal educada! Y Mimí, al recordar el tono duro en que aquellas frases fueron dichas, rompió á llorar con desconsuelo. Eso sí, el llanto duró poco: tres segundos, al cabo de los cuales se levantó muy satisfecha de si misma. Y pensando con alegría: Me las pagará. Le voy á hacer sufrir cogió un frasco que había en el secreiaire y fué hacia el tocador, riéndose por anticipado de la broma ideada. IvO primero que hizo Juan cuando llegó de la calle, fué entrar en el gabinete; tenía un poco de remordimiento por haberse despedido de Mimí con aquellas palabras algo duras, y al no verla allí, que era donde acostumbraba á recibirle, llamó, preguntando por ella. Se presentó u n criado.