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guna. Esteh miraba en torno de la grande azotea, y allá, en la noche, vio relucir los ojos de su amante, y desdeñosa, se volvió hacia el valle, y lejos de mirarle, le despreció. Sobre la aita plataforma vino á buscarla Napit. ¡Esteh! hija del sol, escucha mi ruego: ¡Nadie te amó tanto como te amo yo; ven á mi. casa; allí veras montones de botín que sólo aguardan un gesto tuyo para pertenecerte; por dártelos arriesgué mi vida en cien combates, y por cubrirme de gloria para llegar hasta ti; ámame, Esteh; mi vida es, tuya! ¿Por que siempre te muestras desdeñosa y cruel? -u i Y triste, Kapit continuaba en su ruego, y nada en Esteh demostraba el amor. Sombría y ceñuda, miraba el sagrado río deslizarse pacífico bajo las barcas de los pescadores; su túnica inmóvil se perdía en la sombra del pretil, después de diseñar su espléndido busto de mujer fuerte, y al fin, á los ruegos de su amador, Esteh respondió así: -No te amo, Napit; no has sabido vencerme; no enumeres tesoros de gloria ni dinero ante el alma de una mujer; la gloria es vacia; el dinero frío; las joyas hielan la garganta, y el amor se consigue con el fuego de un ahna que tú no tienes, pobre Napit. A pesar de tus combates, tu alma es débil, el dolor te acobarda y tiemblas ante Khit. Yo amaré á un fiaerte y uo seré la compañera de un hombre como tú. Sombrío escuchó el guerrero cuanto le decía Esteh, y la arruga rectilínea que marcaba un pliegue duro en su frente de oriental, fué acentuándose, acusando una laboriosa reflexión, hasta que, rompiendo el silencio, brillando en sus ojos una resolución desesperada, exclamó: -Tuya será, pero con otro gozarás de ella. Quieres un brazo que vengue á tu padre, muerto por las artes del sabio Khit, del sacerdote, del poderoso, y ese brazo será el mío; tu sortija te será devuelta y con ella lograrás la felicidad, pero cuando lo seas, cuando un amor nuevo llene tu pecho, cuando remes sobre Thebas por el poder del mágico amuleto, acuérdate de que para dártelo hacía falta una vida y que esa vida fue la del Napit. Y envolviéndose en su rojo manto de jefe del ejército, partió en busca del viejo sacerdote el iracundo Napit... Pr osVgViíaVneiVempió élóñcVo sublime, misterioso é infantil en su formulismo sagrado. Una á una iban las sacerdotisas cantando el versículo del himno al Nilo, á la luna y á Rá, y Khit, sentando de espaldas al ídolo, verificaba una vez más la transmisión de la vida; pasaba de la estatua de Kons á sus venas empobrecidas la sangre del dios muerto por la virtud del cántico sagrado, y absorto en su místico rezo, su actitud era hierática como la de las viejas cariátides que le circundaban... j. Del fondo del templo un hombre avanzaba, sombría la mirada y quieto el ademan. Llego hasta el ara, y nadie le detuvo, que brillaba en su frente la diadema sagrada del guardador de Ptah, y subió las gradas con el paso seguro y automático que tendría la estatua de la venganza, animada por un soplo de vida, y con rápido movimiento, hundió su corta esoada en el pecho de Khit. De las filas de los sacerdotes se elevó intenso murmullo que resonó en el templo como suena en la playa la voz de la tormenta, pero cesó espantado por la audacia del bárbaro Napit. Con el anillo de pesada piedra hizo tres veces la figura santa y lo arrojó á la cara de Kons, el dios del templo, y entonces, alzándose sobre el cadáver de Khit, bebió en la copa que guardaba el veneno, por el viejo sacerdote preparado, y se desplomó sobre su víctima al tiempo que se hacía pedazos la estatua del dios Sobre iin propiíóiio que domina ei valle, veréis una inscripción que recuerda esta vieja historia de Thebas, y en ella se ve uña mujer que, suspendida del cabello, va siempre en pos de la luna, con el peso del sol a sus pies. Es Esteh, á quien, según el bajorrelie ond nó Osiris el justiciero á seguir siempre la vida de los dioses ultrajados por su venganza insensata couLia Khit. i K J r a j C S D 2 REGIDOR w. 4 j