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3 Í A íi tí. w EL A N I L L O DE ESTEH N muda expectación aguardaban los sacerdotes la aparición Jáouhou sobre los areniscos picaclios de la cordillera. Velada por la opacidad transparente de la noche, aparecía misteriosa la gran ciudad Thebas; con sus calles rectas, sus pórticos ciclópeos, sus templos majestuosos y sus casucas terrosas, que en la noche eran bellas, con la belleza que da á los objetos mudos la luz tenue y misteriosa de una noche estival. Brillaban en lo alto las estrellas con dorados resplandores, y á su fulgor se veían reunidos sobre el pórtico á los sacerdotes de Kons, que aquella noche rogaban á la luna. De cuando en cuando interrumpía la obscuridad el brillar de un diamante embutido en una tiara ó los colosales zafiros de una diadema sacerdotal, luciendo con rápido brillo al moverse la cabeza de su guardador, y difusas, entre las colosales columiías, veíanse, como una vaga neblina, los blancos velos de las sacerdotisas, que humildes aguardaban á los dos lados del pronos. Tras de los montes líbicos apareció el resplandor de la luna en su pleniluvio, y grave, entonó el gran sacerdote un primer himno á Jáouhou. ¡Oh! Tú, la más bella de las diosas, ¡Oh! Tú, hija de Horus. I, uz del sol, ojo de Rá: Vierte pura tu luz divina sobre el valle del Nilo. Fecunda sus campos, habíanos del Rá. Tendido brilla á tu contacto el río. Sombría la palmera guarda tu luz. ¡Oh! Tú, Jáouhou, la hermosa, la divina, la amiga del egipcio: Dueña de la noche, escúchanos... Y leve primero, elevándose gradualmente después, la voz dulcemente femenina de las sacerdotisas fué acompañando á la de su I Chit, el gran sacerdote. y rodeándola d e s ú s escalas, la realzaba en un marco esplendente de arrulladora armonía. Brilló poderosa la luna al trasponer el último picacho, y su luz dio de lleno en el pórtico, iluminando primero su arquitrabe; después, los chapiteles campaniformes, y por último, la multitud délos sacerdotes, á la que arrancó mil destellos de cada presea, mil rayos de cada joya, y absorta la plebe, se prosternó temblando ante aquel aparato deslumbrador. Animábase el templo con aquellos mil fuegos; la luz de la luna se filtraba á través de las estrechas ventanas colocadas en lo alto de la sala, y un pueblo de bajorrelieves pareció despertar y subir por las columnas, colgarse de los chapiteles, llegar al techo y poblar el templo entero como una irrupción de escarabajos que subieran en la marcha continua de una emigración. Napit amaba á Esteh: por ella había marchado contra los etíopes y contra los persas; por ella había atravesado el mar; por ella había descuidado las tumbas de sus padres, y nunca amara un guerrei- o tanto á nin-