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arfas madníenas a un amigo provinciano. C i has leído en tu rincón, amigo mío, los periódicos de la corte, estarás ya convencido de que Madrid se divierte ó procura divertirse durante este invierno. Hablo del Madrid que en las revistas de salones aparece con el sobrenombre de nuestra alta sociedad locución por la cual aprendemos que, lo mismo que el casco madrileño, la sociedad de Madrid tiene sus barrios altos y sus barrios bajos, y así lo representa muy bien el escudo heráldico de la villa, que ostenta arriba el consabido fruto y abajo el oso consabido. Efecto de esta topografía física y social de Madrid, yo creo, querido amigo, que sería un munícipe excelente aquel que laborara sobre los desniveles madrileños elevando el agua á los barrios, altos y bajando el pan á los barrios bajos, elevando también los sentimientos humanitarios de la alta sociedad y haciendo descender la educación y la cultura sobre la baja gente de los barrios populares; pero como tú por ausente y yo por falto de vocación no hemos de sentarnos en el Concejo, vale más que dejemos esta conversación, volviendo á coger el hilo de lo divertida que anda hogaño la alta sociedad de Madrid. Bailes, recepciones, banquetes, tés, noches de moda en los teatros... una serie inacabable de goces, y siempre para las mismas y los mismos. Me he tomado el trabajo de contarlas; el ejército militante femenino de la alta sociedad de Madrid se compone de dos docenas y media de marquesas, dieciséis condesas, ocho ó diez duquesas y como veinte señoras sin su título correspondiente. Podría hacerte la relación de coro; pero fuera sandio que contigo quisiera lucirme de memoria. Coge un periódico cualquiera, lee su revista de salones desde el párrafo que comienza Estabán... y así vivas más años que Matusalén y leas más revistas de salones que enmiendas va á tener el proyecto de Administración local, siempre que llegues al párrafo Estaban... ¡verás que estaban las mismas! ¿Recuerdas aquel graciosísimo desfile de guerreros en Iferoci romant? Pues salvo que los coristas qué salen, entran y vuelven á salir, y vuelven á entrar y tornan otra vez á meterse entre bastidores en esa opereta bufa son unos tagarotes ofensivos, y las marquesas, duquesas, condesas y señoras sin título de la alta sociedad de Madrid honran por sus encantos, sus gracias y sus indumentos á lo mejor de la especie, en los salones aristocráticos madrileños puedes presenciar el desfile de Iíeroci romaiti á. -poco que la imaginación te ayude. Mal elemento es la monotonía en el personal elenco, pensarás tú, para que la diversión prospere; gentes que están siempre reunidas, á la fuerza han de aburrirse unas con otras. Eso parece lo natural, y así lo acredita la experiencia de las navegaciones transatlánticas, durante las cuales los pasajeros se adoran los primeros días y se detestan al término del viaje; pero en este buque de la alta sociedad de Madrid, surto en el Manzanares, ocurre, por fortuna, lo contrario, y de tal modo gozan de verse juntos los pasajeros, que si en un mismo día no se hallan, por lo menos, tres ó cuatro veces en tres ó cuatro sitios distintos, paseo, té, teatro, baile, ya le increpan al faltón, diciéndole: Pero marquesa, ¿dónde se ha metido usted? ¡Una hora sin vernos! No hay sociedad mejor avenida ni más reglamentada que esta alta sociedad nuestra; hasta tiene sus jefes ó guiones para los abonos de los teatros; y donde se abona, y á la noche ó turno que se abona, el capitán ó la capitana, se abona inmediatamente la cohorte entera. Esto tiene algo de saborete provinciano que encanta, y como yo sé que vosotros en vuestros rincones murmuráis del vivir aristocrático madrileño, juzgándole algo contaminado por el desenfreno fastuoso de la gran existencia europea, te digo que no, te digo que este mundo cronicado por los revisteros de salones tiene la misma honesta obsesión de tu apartijo y el mismo celoso convivir de palomar privado que el mundo de las de Gómez, aunque, naturalmente, con más escotes y mejores vestidos, porque Madrid, ¡qué caramba! todavía no es Cuenca. Y vaya, no quiero que me creas únicamente por mi palabra honrada; ya que antes te invité como mal amigo á que leyeras las crónicas de sociedad desde el párrafo Estaban... ahora, reincidiendo en esa traición, te ruego leas desde el principio hasta el fin media docena de revistas de salones de media docena de revisteros y correspondientes aquéllas á media docena de fiestas celebradas en media docena de casas aristocráticas distintas. Si al leer la última revista no te parece que sigues leyendo la primera, dejo yo que me apedrees en vez de. abrazarme cuando te visite este verano. Sí, amigo mío; los mismos nombres, los mismos, adjetivos, idénticas frases hechas de proverbial elegancia y el muy bella y el charmeo que han aprendido en viernes estos fieles fotógrafos de la alta sociedad, que si sale parecida en los retratos, debe de aburrirse lindamente en sus diversiones. Y yo no dudo de la honradez artística de esps profesionales del periodismo mundano, pues conozco á varios de ellos, y siempre me han parecido integérrimas personas ca. paces de faltar al idioma antes que á su conciencia y, sus deberes. En fin, cuando el más ducho y perito de ellos ha tenido que resucitar, para amenizarnos las crónicas, á una marquesa antigua cuyas características son tener un libro de memorias, una cola muy larga y un mayordomo marfileño, figúrate qué abundante andará de novedades y de distracciones varias esa alta sociedad que tanto se divierte este invierno comiendo, bailando y jugando al brid e en diversos comedores y salones regiamenlc decorados. Envidiando una vez más la suerte de esos felicísimos y aristocráticos mórcales, pero mucho más la tuya de poder asar castañas en el rescoldo de tu ancha y señorial chimenea rústica, te abraza JOSÉ DE ROURE