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la cabeza cortada antes de atravesar la lengua con aguja de oro... A la verdad estamos harto saturados de este episodio histórico... ¿Verd ad ue ya por un oído nos entra y por otro nos sale? Iva sombra de C 7 íd ú! ra. ¿Quieres que les distraiga 3 0 refiriendo lo del áspid? Es posible que este relato... La sombra de Agripina. -A mí tampoco me falta qué narrar. Tengo una biografía de las más complicadas... La sombra de Octavio. -Amigos míos, nada contéis. ¡Si aquí todos nos conocemos! Y yo, que tanto y tan á fondo he conocido al género humano, os digo que es preciso estar siempre ensartando cosas nuevas, sean verdaderas ó falsas, para recrearle. ¿Sabéis el secreto de este corro y de estas proposiciones de hablar de lo que á cada uno le interesa ó le interesó? Que el inmenso aburrimiento, del cual hemos padecido en vida, nos sigue al beato recinto donde los dioses nos trajeron para honrarnos. Y si no, decidme, ilustres sombras, ¿os divertís mucho en estos prados? ¿Anheláis permanecer aquí siempre? Las sombras (á un tiempo) -JSTO, no, no. La sombra de Ociavio. -Sin embargo, ésta es la beatitud, y habéis sido bien desgraciadas allá en la tierra. La traición y la ferocidad os rodearon como manada de hienas carniceras en busca de víctimas. A ti, Orfeo, en premio de encantar y civilizar á tus contemporáneos, te hicieron picadillo y lanzaron al mar tu cabeza. A ti, divino Aquiles, cuando te ofrecías á la muerte por vengar los agravios de los atridps, un atrida te quitó á la mujer amada. A ti, Héctor, te arrastraron de los pies, entre polvo y sangre, por las culpas de Patís, que entretanto se solazaba con Elena. A ti, Sócrates, se te acusó de impiedad y de venalidad, y te hicieron beber de una salsa verde que te impulsó á sacrificar tin gallo á Esculapio porque te curaba de la vida. Tú, Cicerón, recordarás qn! e fué tu discípulo predilecto el que enseñó á la tropa que venía á sacrificarte el camino por donde acababas de huir. A ti, Marco Antonio, la reina de Egipto, por quien te perdías, te abandonó en la batalla. A ti, Agripina, fué tu hijo quien te envió los asesinos: habías sido criminal por él, por darle la diadema, y te lo pagó con el matricidio aquel Barba Je Cobre... Y tú, venerable Homero, ¿no mendigaste? Y tú, Safo, la del largo velo, todo chorreante de agua salobre, ¿no fué el ascua de dolor sobrehumano y de inquietud infiel lo que quisiste apagar al arrojarte del promontorio... Las sombras (á la vez) -No obstante, Con todo eso... En la actualidad... La sombra áe Octavio (con indulgencia) -Bien, no digáis más. La inconsecuencia de los deseos humanos es una de las cosas sencillas y naturales que los necios no comprenden. Se nos arguye lo que queríamos ayer para confundir y condenar nuestro querer de hoy, y es lo mismo que si nos arguyesen con nuestra figura y nuestra conformación del tiempo en que éramos muchachos, para persuadirnos de que uo somos viejos... Amigas soiribra. -que hayáis sido ó no amigas cuando andábamos por allá, -no os avergoncéis de obedecer la ley que á todos se nos impone, á grandes y á pequeños, á los ilustres y á los que pasan por la tierra como el aire por las frondas, sin dejar rastro... Los grandes y los pequeños... son antes que grandes y que pequeños, hombres y mujeres. Tienen más de común que de diverso... Y vosotros os aburrís, oh, sombras ínclitas, como si fueseis menos que hombres, camo si fueseis ostras del lago Lucrino, aquellas qtre tantas veces nos hicieron chuparnos los dedos, ya crudas, ya confitadas en miel. ¡Oh! ya sabéis que no fui glotón, pero he querido conocer todas las sensaciones sin ser esclavo de ninguna. La sombra de Cicerón. -Ya que tú tan morigerado, comprendes nuestro estado de alma... La sombra de Agripina. -Ya que te das cuenta de que aquí, donde dicen que estamos, en la gloria, no se pasa muy bien... La sombra de Marco Antonio a. c ¿ne nos has entendido, sácanos de aquí. Sagaz político fuiste; haz una negociación que nos redima. La sombra de Octavio desaparece, ocultándose detrás del boscaje. Pasada una hora regresa el augusto. Viene con ese aire, á la vez reservado y satisfecho que adoptan los diplomáticos cuando les sale bien una combinación enrevesada. Las sombras todas. ¿Has logrado que nos permitan volver á esa maldita tierra? La sombra de Octavio. -Sí, el sumo Jove me lo otorga, pero bajo condiciones que no sé si aceptaréis. Las sombras. -Vengan, vengan. La sombra de Octavio. -Recobraréis vuestros cuer- pos, aquellos picaros cuerpos con los que hicisteis mil travesuras; mas no recobraréis las condiciones y situaciones que disfrutabais; os veréis en otras muy inferiores. Tú, divino Orfeo, serás músico de murga. La sombra de Orfeo. ¡Qué horror! La sombra de Octa 7 no. -Tú, Aquiles, el de los pies veloces, serás cojitranco... Tú, Platón, serás estudiante dé filosofía en el Instituto... A ti, noble Sócrates, te encasillarán éntrelos de la mayoría... Cicerón, renacerás tartamudo; Marco Antonio, serás sargento de Infantería... ¡Y las pobres señoras Cleópatra, Agripina y Safo! Su porvenir es de lo más incierto y de lo más equívoco... Con decir que Safo será poetisa y hará versos á un geráneo, y se los publicará un semanario de su pueblo, que se publica cada dos meses... Las sombras permanecen confusas algunos instantes. Por fin recobran voz y movimiento, 3 murmuran: Si no hay remedio... Si Jove lo quiere... Y ¿cuándo salimos de aquí? La sombra de Octavio. ri ox 2 mismo... si gustáis. Las ilustres sombras se precipitan, se empujan, vuelan, desaparecen. Octavio se queda solo. Mueve la cabeza, sonríen sus delgados labios; se envuelve mejor en su clámide, y poco á poco se pierde entre los árboles, murmurando entre sí: Buen viaje... y divertirse. ¡A mí no me engaña segunda vez la histrionisa de la vida... ¡La conozco... EMILIA PARDO BAZAN DlBUjDá DE A É N D E 2 BJ m A.