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inauguramos hoy esta sección de retratos de mujeres, donde los lectores de BLANCO Y N E G R O p o d r á n apreciar las cualidades de r e t r a t i s t a s de nuestros pintores y escultores, pres e n t a n d o á su contemplación unos cuantos de Villegas, que no h e m o s escogido entre los muchos del maestro, que h e m o s aceptado como se aceptan las cosas cuando la realidad las impone. En este caso esa realidad está encerrada e n l a c a r t e r a de fotografías d e l p i n tor, que no guarda otros trasuntos de retratos de m u j e r e s que éstos. En su estudio sí existen bellísimas imágenes de mujeres, muchas terminadas, varias en bosquejo. No será gráfica la presentación que de ellos hagamos á nuestros lectores, pero si verbal, pues vamos á conducirles al taller del simpático artista sevillano, donde haj- muchas cosas dignas de verse y admirarse. Era una de las pasadas tardes lluviosas. En la escalera, obscura y de dudosa pulcritud, me encontré con Julio Camba, que se quedó en el principal, en la redacción de El Mundo. Aunque subo de prisa las escaleras, como las que conducen á los estudios son largas, tuve espacio para recordar los tiempos en que, como discípulo de Plasencia, las recorría cotidianamente. Plasencia hizo del enorme estudio un verdadero templo del arte, donde congregaba á pintores, escultores, arquitectos, poetas y músicos. Todavía resuena en mis oídos la voz tonante, campanuda, con que Manuel del Palacio recitaba sus ferocísimas sá- tiras al final de inolvidables s e siones musicales, j los prolongados aplausos, tan monótonos y tenantes como las sátiras, que seguían á sus recitados. Siempre, al abrirse la p u e r t a de este taller artístico, donde después de Plasencia, que eu él murió, trabajaron Jiménez Aranda y Sorolla, me he visto sorprendido al aparecertras de! campanillazo de llamada otro rostro, otra figura que el rostro barbudo y la figura recia y h u e s u d a de mi maestro. Pero estoy ante el simpático V i l l e g a s á cuya p r e s e n c i a d e s vane ciéronse mis recuerdos. Villegas, ya lo sab é i s es pueblo, j ueblo sevillano, ha pasado más de treinta años en Roma, continúa uerteneciendo á la plebe andaluza; luas su admirativo amor á Italia y el largo hábito de hablar su dulcísimo idioma, han modificado con el meridionalismo á la italiana el nativo meridionalismo andaluz. Es un hombre benévolo, suave, sin apai iencias, grato, con ligerísima acentuación de italianismo en su porte vulgar, que se expresa en una especie de inconsistente y vagorosa fablilla, compuesta de romanismos y andalucismos, en la que salen igualmente malparadas las palabras de ambos idiomas. Tal es el gran pintor, así á primera vista. Desde la puerta misma comienzan los cuadros admirables, tan admirables, que ni siquiera me dejaron saludar á su autor. Sentí la viva necesidad de compartir tan gratas impresiones, de divulgarlas. ¿No se conocen ustedes? ¿Quiénes? -Eos periodistas, los redactores de El Mundo y de