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U N F O D E LA F A N T A S Í A RA en un bosque de una tierra encantada que tú, lectora, descubriste antes de los quince años sin más brújula que tu buena fe. Las verdes ramillas de los pinos silvestres se agitan con un susurro niisterioso; la eterna soledad está llena de murmullos y de confusos ecos traídos por el viento de la tierra y del cielo, de las hojas que mueren, del agua que se filtra entre las peñas, juntándolas con un verdín musgoso y cantando gota á gota sobre la taza de la fuente una alegre canción que dura por los siglos de los siglos. Hubo un tiempo en que las hadas iban á oír esa canción escondiéndose entre las ramas bajas. Llenaban de rumores locos y de chasquidos el silencio de la selva, y venían, lectora amada, todas las que tú sabes; las que vivieron en las montañas, las que fundaron su palacio de hielo en el corazón de los ventisqueros, las hadas ribereñas y las que nacieron á la orilla del mar, en playas vírgenes. ¡Hermoso espectáculo para mirarlo con ojos de candor entre los resquicios de la enramada! ¡Vestiduras flotantes como jirón de nube, rostros severos y graciosos y altivos, ojos azul de cielo ó verde mar, cabelleras de oro, cabelleras negras y rebeldes, cabelleras de hilos plateados nimbando rostros juveniles por siniestra coquetería de las hadas que quieren llevar sobre su frente los rayos de la luna... ¡Figúrate el canto de las hadas en plena libertad! ¡Figúi- ate el giro de sus danzas y el torbellino de sus flotantes gasas arrancando délos árboles una nube de hojas y de pétalos de rosa... El hada de la fuente e, t, a sola. De aquel bullicioso coro no quedaba más que una. ¡Uios sabe dónde habían aventado sus almas de mariposa! En vano esperó un año y otro año. La canción del agua que se filtra gota á gota y cae sobre la taza, desbordándose en un regatillo brincador, ¡sonaba tan triste para ella! Le parecía al oírlo que el tiempo medía sus horas con aquellas gotas transparentes como lágrimas de cristal. Pasó, pasó, pasó esto decía la canción del agua. Y pasaban las últimas horas de su vida. Para no sentirlo, el hada huía recorriendo el bosque y asomándose á las tierras que le circundan. ¿No quedará ninguna? se preguntaba. Estaré eternamente sola. Y miraba al horizonte, donde se confunden el mar y el cielo, y veía moverse sobre la tierra unas sombras que eran sus presentimientos. Como no volvían, llegó á convencerse de que estaba sola para siempre, y quiso tener el consuelo de encerrarse eñ su reino. Los ruiseñores, desde que el sol caía, trataban de poblar sus soledades con un poco de amor. Toda la grey alada iba á beber á ¡a fuente sonora. Conejos, topos y ardillas acudieron á rendirle su cómica pleitesía. Cuando la última hada empezaba á cantar, callaban todos, y su voz se extendía por el bosque resucitando las canciones viejas. Y entonces empezó una larga época en que la pobre hada tuvo que dedicarse á la filosofía. Como ella era el único vestigio de un mundo muerto, tenía tanto respeto hacia su propio ser, que el viento y la lluvia y la nieve llegaron á ser sus enemigos. ¡Cuántas veces la buena hada había oído hablar de esos gnomos misteriosos cuyo mayor placer está en encerrarse bajo la entraña de la tierra! Los odiaba con todo su corazón de hada volandera á la luz y al sal. Pero ahora debía confesar que nunca está mejor guardada una vida en peligro que en esas grutas del bosque, sin camino ni vereda, cuyo secreto se perdió hace siglos. Mis lectoras creerán que un hada no se aburre. ¡Error! La noche pasa; las tinieblas caen lentamente como losa de plomo. ¡Imposible soñar cuando no hay horizonte á la vista! ¡Imposible vivir en absoluta soledad! Llega una hora en que la pobre hada se olvida de sí misma. Quiere ver si el cielo sigue siendo tan azul y si las hojas de los árboles saludan con el mismo anhelo á los vientos primaverales. Ya está en plena luz y al aire libre. Sus ojos no la engañan. El bosque ha. desaparecido. Hay una amplia llanura cortada por dos líneas paralelas que parecen, á los rayos del sol, dos barras de plata, y que son los rieles de un camino de hierro. Aunque las hadas no han viajado nunca. en tren expreso, tienen la presciencia de todas las cosas, y saben para lo que sirven aquellos m; ástiles al lado de la vía y aquellas vías entre los mástiles. Por esas y por otras cosas, las hadas huyeron de los bosques y fueron pereciendo una á una. Ella, que es la última, sería feliz si pudiera acabar de un solo golpe con todos los ferrocarriles de la tierra. Pero el hada no está sola. Bajo una alameda que bordea la vía hay una casa pobre, que es, sin duda, la casa de algún peón caminero. A la sombra juegan un niño y una niña. Ella, inclinando su cabecita rubia, pone el oído al mástil del telégrafo, que está vibrante de confusos y metálicos rumores, y habla una lengua inteligible. El ha sembrado en un viejo regato toda una escuadra de barquichuelos de papel, y va siguiendo el ruiubo, como Gulliver en LiUiput. Les rondan geniecillos inquietos. Les amparan unos espíritus mágicos que vagan por el viento. Y la última hada ve con asombro que, aunque no los conozca, estos espíritus y estos geniecillos son también hijos de la Madre Fantasía. Con lo cual, si ella muere, no todo ha acabado sobre la haz de la tierra. Lujs BELLO DinUJO DE ESPÍ E