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ÍALO QS jprlí nt mm preocupaba de que los abonados pudiesen hablar durante la representación. Claro, en Madrid los temas de conversación no abundan ni el i n g e n i o sobra, y los abonados, después de pasarrevista al tiempo y á la última -esübulo del teatro Españc! Un entreacto. Abou ado primero y abonado segundo, los dos de frac; el abonado primero más entrado en años, y acaso en rentas, que el segundo. ¡Gracias á Dios, ya están aquí los nuestros! Segundo. -Sí, ya están los de usted. Primero. -S los suyos y los del verdadero abono. Segundo. -Hombre, sí, también los míos. ¿Qué he de decir yo sino alabanzas de María Guerrero y de Díaz de Slendoza? Fuera injusto y sandio no decirlas. Pero yo he procurado curarme de la afición eminentemente española q u e consiste en echarlo todo á plaza partida. Para la derecha, las ovaciones; para la izquierda, los vituperios. No, no, amigo mío; seamos en materia de arte más solidarios que los propios solidarios de Cataluña, y sin pasiones de abono ni distingos personales, hagamos idéntica justicia á los de una y otra mitad del redondel, ó mejor aún, suprimamos la valla que lo divide. Primero. SAecí; y o entiendo de cosas taurinas; pero digo y sostengo que este teatro es de Fernando y de María, ¡de ellos! Segundo. -B, r eso estamos conlormes. A fuerza de talento, de laboriosidad y de entusiasmo han sabido crearse esos dos eminentes actores un teatro completamente suyo, una prolongación de su hotel particular, de su domicilio privado. Aquí todo les pertenece, todo refleja su vida, su personalidad. Aun los mismos concejales, siendo el edificio municipal, vienen como de prestado. Escenario, sala, compañía, depenáencia, abono, hasta el eco es suyo, y cualesquiera otros actores que trabajen en ese escenario y ante ese abono, estarán en las tablas como en visita. Conformes de toda, conformidad; pero el que los dueños de la casa sean muy de gusto nuestro no es razón para que tratemos inconsideradamente á los visitantes de confianza que hacen los honores del teatro durante la ausencia de aquéllos y nos dicen con la sonrisa en los labios: Ahora vendrán Fernando y María. Ellos tienen también casa propia, y son muy señores, pero muy señores, en su casa... y en la ajena. tontería amorosa d la marquesa de Tal, se dedicaban á hablar mal de la obra como si la hubiesen oído. Total, que Thuillier no se ha enterado todavía de que lo peor que se le puede decir á un público elegante es: Hable usted de lo que quiera porque lo toma á ofensa personal. Y lo maravilloso de Fernando y de María es que hacen arte verdadero, á pesar del público que les oye, si bien saben disimularlo arrojando á los ojos de los espectadores el mueblista, el atrezzista, el modisto y el encargado de la luz eléctrica para que los deslumhren ó los cieguen. Público deslumhrado, es público sometido. Primero. ¿De modo que les regatea usted... Segundo. ¡Yo qué he de regatearles! Ees admiro mucho más que ustedes, porque les admiro por lo que de ellos llega al público y por lo que no suele llegar. En mí tienen un verdadero, un incondicional devoto; pero también admiro muchísimo á la Pino y á Thuillier, y sé que cuando estos dos excelsos actores trabajen en su propia casa y disciplinen y afinen su Primero. -No lo niego; mas la verdad es que esos compañía para el engarce de las obras, cosa que no visitantes de confianza, como usted dice, no han pro- se consigue en media temporada, habrá en Madrid curado distraernos mu: ho durante la ausencia de los dos teatros de verdad: el Español... Primero. -Y el traducido. dueños. ¡Mire usted que salimos á estás alturas con Segundo. -No, señor, los dos Españoles. (Suenan los El aini o Fritz, Los dulces de la boda. Militares y paisanos y otras, novedades por el estilo! Ya se las aplau- timbres) Primero. -Bien; el acto va á empezar. De suerte que dimos á Mario hace no sé cuántos lustros. Sgcrundo. -Cierto; pero los dueños de la casa van á La esposa del vengador. ¿Y luego? Segundo. -Un drama que no se sabe de quién es, resucitar, y acaso hagan bien. La esposa del vengador, que ya se lá aplaudieron ustedes á Calvo ó á Vico pero que ha gustado mucho en Méjico. Primero. ¿Y no se sabe de quién es? ¡Qué novedahace no- sé. cuántos quinquenios. Amigo mío, justicia des nos reservan siempre Fernando y María! ¿Eo ve seca para todos. Primero. ¡Cari y. La esposa del vengador! ¿Sabe usted usted? ¡Así es una delicia! Segtmdo. -Claro, una obra en colaboración con Noque me alegro muchísimo de ello? Yo tengo una vaga idea... ¿Está en verso, no? ¡Cómo lo dirán Fernando vejarque, éxito seguro. Primero. ¿Y han traído algo de París? y María; qué decorado, qué trajes, qué propiedad esSegundo. un niño de Bernstein que se llama cénica! Ya estoy ansioso de aplaudirla. ¿Es de Tamayo, verdad, y podrán verla las niñas? i Ahí tiene usted; Sansón. Primero. ¡Qué asombro, un niño de Bernstein que novedades como ésta es lo que necesita el abono! Secundo. i, sí. Fernando les conoce á ustedes, nos se llama Sansón, vestido seguramente por Dalila! conoce á todos como se conoce á sí mismo, y nos da Vamos, vamos adentro. A mí que no me digan, el no sólo las obras que necesitamos, sino como las ne- abono... ¡Caramba, Fernando y María en escena! ¡Qué cesitamos. Thuillier se desorientó algo en la. visita trabajadores! ¡Hasta salen en la escena primera del por su falta de trato íntimo con el abono, y sólo se acto segundo! Perdóneme usted que pase delante. JOSÉ DE ROURE