Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
para buscar ocupación decorosa, y comenzó á pasar con frecuen- Lia p or la calle Real, fijando con insistencia la mirada de sus ojos africanos en las rejas de Asunción, una de las mejores proporciones de la localidad, por ser huérfana, poseedora de un caudal abundante, amén del palmito, que era el encanto de los mozos y el reconcomio de las mozas comarcanas. Y por absurdo que parezca, ello es que Asunción, con su hermosura, y sus patacones, y su buena crianza, que casi la igualaba á las señoritas de la cabeza del partido, vio con buenosojos los paseos de Sarampión, y deseosa de verle más de cerca, no tuvo inconveniente en asomar el rostro saladísimo á los hierros de su reja. Tal vez influyera en esta determinación, que asombró á todos, la fama de perdulario que acompañaba al émulo de Picaporte, constituyendo ante la femenil imaginación de la muchacha, más que un estigma bochornoso, una aureola heroica; con esto y con atribuir al amor inspirado por ella el cambio radical experimentado en la conducta de él, no hubo necesidad de más para que, después de los consabidos preliminares, terminara en la iglesia el breve idilio, entrando el afortunado mozo en posesión de la casa de la calle Real, de su dueña y de los demás bienes anejos á la misma, merced al cual acontecimiento- dejó de existir ÍSai ampión, substituyéndole Petronilo, y más tarde, andando los años, tio Petronilo, quien con su barriga de patriarca y su cara de hombre de bien; no rememoraba á aquel su aüer ego, fenecido por dicha suya y de todos. Porque bueno es advertir que después de la coyunda, ni por casualidad dejó Petronilo que asomase la oreja su borrascoso pasado; buen marido, buen padre, excelente administrador, sólo conservaba de su espíritu bullicioso de antaño la sana alegría que rebosaba su cuerpo irradiando á su alrededor; y si algo le quedaba de sus hábitos de matonería que le hicieron temible, supo aprovecharlo para constituirse en cacique del villorrio, gran muñidor electorero, mimado por los pájaros gordos de la política, y por ende influyente. en grado sumo. Tal vez él mismo, en sus horas de arqueo espiritual, dudase si los recuerdos de sus mocedades eran ciertos ó soñados, cuando hete aquí que aquel día, al entrar PascUalo, su aperador, á rendirle cuentas de la partida de aceite vendida en el cortijo, apresuróse á soltarle de sopetón la sensacional nueva: ¿Sabusté quién ha venío, nostramo? Picaporle, que güerve de Meliya... Tío Petronilo quedó un momento silencioso; la sorpresa le hizo enmudecer; á impulsos de la noticia inopinada, revolviendo el caldero del pasado, salieron á la superficie pasiones olvidadas, enconos dormidos; y recordó que había jurado vengarse del que tan malamente le hiriera; y recordó también que Pir caparle había hecho juramento análogo con respecto de él, no por la importancia del tajo que recibió en la lucha, sino porque éste le atravesó laxara, marcándole para toda su vida, lo cual para un matón de oficio constituye la ofensa más abominable... Pero tío Petronilo supo dominarse, y antes de que Pascualo se apercibiera de aquél remolino de su alma, respondió al aperador sonriendo: ¿Conque ha v cAo Picaporte? Pos malegro de que güerva sano... II Antes de salir á la calle, y por lo que pudiera trqnar, tío Petronilo se echó al bolsillo la faca, aquella misma que en fecha memorable le sirviera para marcar el rostro de Picaporte. Eralé preciso abandonar su casa para recoger el recibo de la contribución, cuyo plazo expiraba aquel día; mas aunque esta causano existiese, él no habría dejado de salir, para evitar qiie nadie pudiera creer que abrigaba temores en su espíritu, aiín influido por los barateros prejuicios de antaño. Con aire altanero atravesó las calles hasta llegar al Ayuntamiento, donde pagó sus débitos, y tras una breve charla con el recaudador, que también le diú la flamante noticia, volvió á la calle, ó por mejor decir, á la plaza, donde tenía su asiendo el edificio consistorial. En el momento de trasponer los umbrales, el corazón le dio un vuelco: recostado en la fuente pública, con gesto feroz que entenebrecía más el rojo costurón del chirlo que en la famosa lucha recibiera, estaba Picaporte, cruzado de brazos, mirando de hito en hito á su afortunado rival, quien, sin saber qué conducta seguir, quedó un momento indeciso, dando margen á que el presidiario, á quien uo dolían prendas, avanzase resueltamente á su encuentro. ¿No me conose, Sarampnón? -dijo el de la faz atarazada. -Yo no soy Sarampión; soy tío Petronilo- -respondió con afectada calma el cacique rural. -Es lo mesmo. ¿No me conose? -Pa conoserte siempre, te hise una ceñaliya, que á la vista está. ¡Pos de esa ceñaliya tenemo que habla mucho! -mugió el matón, respirando por la herida. -Pos hablemo cuando tú qu. iera. -Ahora mesmo. -Pos ahora mesmo. ¿Te paese detrá der simenterio? -Me paese. -Ayí níe marcaste la otra ves. -Y ayí te gorveré á m a r c á ¡Sime dejo! ¿Yevas herramienta? M i faca... Xa de entonse, -Y yo la mía. Estamo igvtale. -Pos vamos. -Vamos. Picaporte, más ágil ó más impaciente, echó delante; seguíale tío Petronilo, moviendo con trabajo su pesado abdomen de hombre pacífico. Conforme andaba, repetía una de las últimas, frases de su rival: Estamo iguale. En un principio encontróla muy puesta en razón, por referirse á su próximo combate cuerpo acuerpo y faca á faca; pero en fuerza de mascullar las dos palabrejas, dejó de ver su significado recto, y el sentido figurado de las mismas se le apareció ante los ojos. ¡Iguales! ¡Qué habían, dc; estarlo! Eso sería allá, cuando riñeron años antes; pero las cosas eran ya muy otras: Picaporte era un presidiario; tío Petronilo, una persona decente; aquél, un pobretón; éste, hacendado; el uno, sin familia; el otro, con hijos y esposa... ¡Oye, tú. Picaporte! -gritó tío Petronilo á su contrincante, que le había tomado bastante ventaja. ¿Sabes lo que te digo? Que no pué ser eso de que riñamo. ¿Cómo que no? -Como que no. ¿Y por qué? -Porque no reñiríamo con arma iguale; 3 0 soy mu cabayero y no quió ye vate ventaja. ¡Pos no me la yeve! N o pueo evítalo. ¿Qué arma ties tú? -Mi faca; ya lo he dicho. -Pos yo, adema de la mía, tengo... esto: un papeliyo. ¿Y qué? -Que estepapeliyo e er resibo de la contribusión; si tú ties otro iguá, reñiremo; si no, no. ¡Mira, mira, eso son pamplina! ¡Qué han de ser! Es que no quió reñí con ventaja. ¡Es que ties niieo! -Eso creerá tú, pero no e verdá; prueba de eyo que cuando me presente otro papeliyo iguá que éste, no dejaré de pelea contigo. ¡Blancón! ¡Bragasa! ¡Cobarde! -No te hago caso; di lo que quiera. -Y con lá mayor tranquilidad, tío Petronilo dejó que Pica joi te vomitase toda clase de injurias, mientras él, dirigiéndose al jefe del puesto de la Guardia civil, hízole que sus subordinados detuviesen y aplicaran una regular felpa al recién venido presidiario como reo de amenazas á la panzuda y respetable persona del cacique rural, que en otro tiempo no tenía inconveniente en ser llamado AUGUSTO M A R T J N K Z OLMEDILLA D BUJÜS DE MSNDE 2 B. ÍJN C